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viernes 30 de mayo de 2008

Indomable

Dueño de un humor mordaz, ácido e irónico, Roberto Pettinato impuso un estilo en la televisión argentina. Sus cabellos pasaron por los más diversos colores y hasta llegó a usar un casco que simulaba el peinado de Gokú, un dibujo animado japonés. Afirma que se lava el pelo con el champú de su perra. “Fue el único champú que me dejaron libre. Tampoco creo que se caiga. Mi perra lo tiene entero”, se defiende.

Es un coleccionista muy particular: posee más de 150 trajes, uno más extravagante que el otro, que suele vestir en cada aparición pública. “(Mauricio) Macri siempre me elogiaba los trajes”, dice cuando alguien le pregunta por ellos. También colecciona zapatos, figuritas, discos, revistas y objetos extraños. “Lo más raro que tengo es una cabeza de jíbaro”, sostiene orgulloso.

Pettinato es una persona inquieta que necesita estar haciendo cosas todo el tiempo. Duerme no más de cinco horas por día y necesita de cinco almohadas para hacerlo placenteramente. A lo largo de su vida encaró decenas de proyectos en diferentes áreas, desde la música (fue saxofonista de la legendaria banda de rock Sumo) hasta la televisión (ganó el Martin Fierro 2006 por la mejor conducción masculina), pasando por la literatura, la edición de una revista, la escritura de columnas de humor y hasta la conducción de programas de radio.

Posó desnudo para la tapa de uno de sus discos y fue objeto de burlas en el país y en México. “Era Photoshop”, dice con una sonrisa de oreja a oreja cuando le recuerdan el tema.

Sostuvo fuertes peleas con Luis Majul, Mario Pergolini y Marcelo Tinelli, entre otros personajes del medio, y en cada una de esas peleas mantuvo la chispa y el buen humor, salvo cuando se agredió a su familia. “Te destruyo si te metes en mi intimidad, con mis hijos o en el útero de mi esposa”, amenazó públicamente al conductor de Caiga Quien Caiga.

Trató siempre de cuidar su vida privada, pero igual no pudo evitar que trascendiera la escandalosa separación de su segunda esposa, quien lo denunció por violencia familiar y adulterio. Superado éste trago amargo de su vida, se casó nuevamente. La elegida fue la artista plástica Karina El Azem, después de tan sólo siete meses de noviazgo. Al casamiento por civil fueron invitadas ocho personas, entre las cuales no se encontraban sus hijos.

Roberto Pettinato, quien no hace mucho pasó la barrera de los cincuenta, no cree en la reencarnación. “No creo en el cielo vendido por los católicos, ¡pero es mejor que tener que volver a la Tierra!”, manifestó en uno de los últimos reportajes que dio.

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miércoles 23 de abril de 2008

La bestia pop

Marta Minujín no se pone colorada al auto proclamarse una adelantada para la época, una pionera o una arciana (habitante del planeta llamado Arte). Ni siquiera le tiembla la voz cuando se compara con Mozart o Bach. “Soy absolutamente genial”, dispara como para que no queden dudas sobre cómo se considera a sí misma ésta artista que ya lleva toda una vida dedicada a escandalizar con sus realizaciones, ya sea para bien o para mal.

Su cabellera varía siempre entre el blanco platinado y el rubio, pero sus ojos casi siempre están ocultos bajo los cristales de los más excéntricos anteojos. “Los uso como maquillaje, si no quiero que me reconozcan, me los saco”, asegura y tiene razón. Sin ellos no es Marta Minujín, por más que su mirada sea tan poco convencional como ella misma.

Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero había algo que no la conformaba a pesar de obtener excelentes calificaciones. “Me sacaba diez, diez, diez, ganaba premios, pero lo que me interesaba era ser de vanguardia”, afirma. Se casó a los 16 años por amor y todavía sigue casada con la misma persona: el economista Juan Carlos Gómez Sabarini. “Viaja por el mundo, hace contratos, es muy inteligente. Le encanta mi locura”, dice cuando se le pregunta por él.

Una clara muestra de la locura que tanto le gusta a su esposo Juan Carlos puede ser la vez que le pagó la deuda externa a Andy Warhol, pero no precisamente con verdes billetes. “Se lo propuse en el ’85. Fui a su casa de la calle 34, llevé choclos (para mí el maíz es el oro latinoamericano), hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos. Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga”, cuenta.

Fua considerada por muchos como la Andy Warhol argentina, pero a Marta Minujín le gusta aclarar: “Fuimos idénticos, pero nunca nos copiamos. Como él, vivo dentro del arte y creo en el arte para todos y en su diversidad. Eso es lo que nos identificaba: el mismo espíritu, el pop, que sigue vivo”.

Quizás arte sea la palabra que más veces haya pronunciado en su vida, no sólo porque es su leit motiv, sino además porque la suele repetir tres veces seguidas cada vez que la necesita. Cómo en febrero de 2004, cuando fue detenida en el aeropuerto internacional de Ezeiza por posesión de tres sobrecitos con cocaína. “Arte, arte, arte”, decía una y otra vez ante el acoso de los periodistas.

Su detención no fue sólo una anécdota en su vida. “Me hizo muy bien, porque dejé totalmente todo, todo. Fue maravilloso, seee. Porque era una dependencia absurda, horrible, que te corta todo. Estaba perdiendo el tiempo. Ahora no tomo alcohol, no tomo drogas, no tomo nada. Hoy, como cuando empecé, mi único vicio es el arte”, afirma y busca cambiar rápido de tema, a uno más alegre, más Minujín.

Pensó en suicidarse en vivo en directo por televisión, pero luego abandonó la idea. Como también abandonó la idea de fundar Minujínlandia. “Sería como Disneylandia, pero todo de arte, una maravilla. Que me pongan cien millones de dólares y obreros capacitados y haría cosas maravillosas. Arte divertido”, afirma, pero no tiene el dinero suficiente, porque el que gana lo vuelve a invertir en la realización de sus próximas obras. De hecho vive prácticamente del canje. “Al restaurante le doy una escultura mía que vale 5 mil dólares y tengo cuenta abierta; a la tintorería, le doy una cabecita de 500 pesos; al taxi le pinto el vidrio”, relata divertida e hiperquinética, como cada vez que cuenta sus anécdotas.

Precursora del los happenings (obras de arte interactivas, con mucha participación del público) en sudamérica, llamó la atención del circuito con sus creaciones: el obelisco de pan dulce, el Carlos Gardel de fuego, la Venus de queso, y la obra que impactó hasta el mismísimo rey del pop-art: el Partenón de libros, realizado con ejemplares prohibidos durante la última dictadura que vivió el país que la vio nacer hace 65 años.

Son muchos los calificativos que caben en la personalidad de Marta Minujín. Adelantada, pionera y genia son sólo algunos.

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sábado 3 de noviembre de 2007

El deportista de los puños

Soy muy sensible”, dice Jorge “Locomotora” Castro y su frase contrasta con su aspecto físico: cara cuadrada, tez oscura, nariz aplastada, vivaces ojos que revolea de un lado al otro y un cuerpo fornido típico de boxeador peso mediano.

Castro nació hace cuarenta años en Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz, lugar donde después de trabajar en el campo, se inició en el mundo del boxeo a los catorce. “Era muy peleador, me agarraba en la calle con cualquiera”, sostiene cuando se le pregunta sobre sus orígenes en el deporte de los puños, como a él le gusta llamarlo.

Con el cinturón de campeón del mundo en el recuerdo, “Locomotora” se retiró oficialmente a principios de 2007 luego de volver al ring tras un duro accidente automovilístico que lo tuvo 21 días en coma.

Dueño de una personalidad extravagante, pintó sus cabellos de los más diversos colores, solía subir al cuadrilátero con la camiseta de Boca Juniors y hasta llegó a participar de Gran Hermano, el famoso reality show, donde según él, se pudo observar al verdadero Jorge Castro. “Soy jodón, me gusta estar haciendo bromas todos los días”, afirma sobre su personalidad y va más allá: “Si estoy en mi casa haciendo un asado, a cualquiera le digo que venga a tomarse un vino o una cerveza”.

Alcanzó la gloria en Las Vegas y sufrió impensadas derrotas. Le ganó una dura pelea a la muerte y se retiró del deporte para pasar a la televisión y a los boliches. Tuvo una vida de altibajos que no dudaría en volver a elegir si naciera de nuevo.

“En el ring, quería matar al rival”, dice éste tipo sensible. Y hay motivos para creerle.

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miércoles 4 de julio de 2007

Allí tápase Menem esa patilla

No sé lo que es un dolor de cabeza. No sé donde está el hígado o la vesícula. Yo creo que todo obedece a no haber tenido auto”, decía el escritor Juan Filloy sobre sus caminatas y su salud de hierro, esa salud que le permitió llegar al año 2000 y convertirse en un “hombre de tres siglos”, tal como él quería.

Siempre con gestos adustos pero sin perder el humor, corrección al hablar y una presencia que dejaba percibir a simple vista su fama de hombre “chapado a la antigua”, Filloy no dejaba sin contestar ninguna pregunta por más que su respuesta fuera políticamente incorrecta. Frases como “en Norteamerica hay 20 millones de putos, hablando rápido y bien” salían de su boca así, sin el más mínimo eufemismo.

Este escritor argentino nació en la provincia de Córdoba el primero de agosto de 1894 y durante sus 106 años de vida, además de escribir 55 libros, fue boxeador, ayudó a fundar el club de fútbol Talleres y el Golf Club de Río Cuarto (deportes que nunca practicó), participó de la Reforma Universitaria de 1918, se recibió de abogado en la Universidad Nacional de Córdoba y más tarde ejerció como magistrado. De ésta época siempre recordaba cuando un senador del primer gobierno peronista quiso que interviniera en un juicio de determinada manera, a lo que él le respondió: "Está equivocado senador, esas cosas no rigen conmigo, y por ello he permanecido en la Justicia".

Dueño de una personalidad muy particular, tituló sus libros con palabras de siete letras “por comodidad y por algo cabalístico también” y al menos uno de ellos se corresponde con una letra diferente del alfabeto. Filloy contó una vez que Optimus Oloop, el meticuloso y ordenado personaje de su novela Op Oloop es un “un 80 por ciento él mismo”, lo que explica de alguna manera estas prácticas y también su aficción a la palindromía o frases capicúas.

Se cree que Juan Filloy escribió cerca de 8.000 palíndromos, muchos de ellos de gran magnitud intelectual como “allí tápase Menem esa patilla” ó “sólo di sol a los ídolos”. “Muy pocos saben que tengo el récord mundial de palindromía”, solía quejarse cuando se le mencionaba el tema.

Si bien Filloy fue casi ignorado por los críticos literarios y su evidente influencia sólo fue admitida por Julio Cortázar, lo cierto es que no le faltaron distinciones: recibió el Gran Premio de Honor de la Sociedad Argentina De Escritores (SADE), fue nombrado Miembro de la Academia Argentina de Letras y Doctor Honoris Causa por la Universidad Nacional de Río Cuarto, recibió el Premio Esteban Echeverría, Gente de Letras y el Premio Trayectoria del Fondo Nacional de las Artes entre otras.

Juan Filloy falleció el 15 de julio de 2000 mientras dormía la siesta. Quería llegar al siglo XXI “aunque sea gateando” solía decir, pero llegó caminando, como a él le gustaba y tras su paso dejó una vasta producción literaria, admirada incluso por el mismísimo Borges.

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