
Pocas imágenes indignan más que la de un camión derramando cientos de miles de litros de leche al costado de una ruta. Pero la indignación crece aún más cuando los responsables de ese derramamiento se jactan de ser el pueblo, o de trabajar para él.
Por un lado están los señores dueños de la tierra en Argentina, y por el otro el gobierno nacional. Ni unos ni otros hacen lo mejor para el pueblo, sino que tratan de demostrar quién es el más fuerte en esta contienda de poder.
De parte de la Sociedad Rural Argentina (SRA) no se podía esperar otra cosa, ya que históricamente representó a la vieja oligarquía terrateniente y sus intereses. No se conforma con las estupendas ganancias logradas a costa del esfuerzo de todo el país.
La SRA defiende a los 936 dueños de más de 35 millones de hectáreas, es decir, casi el total de la superficie cultivable (según el Censo Agropecuario 2002).
Lo que llama un poco la atención es la postura de la Federación Agraria Argentina (FAA) quien, supuestamente, defiende los intereses de los pequeños y medianos productores. ¿No debería la FAA reclamar tierras, poner límites a la extensión de los latifundios, recuperar suelo extranjerizado? ¿No debería limitar la expansión de la sojización, que destruye la tierra, que deforesta, que erradica otros cultivos importantes? ¿Por qué no cuestiona el lugar que ocupan Cargill, Monsanto, Dreyfus, etcétera, empresas que se llevan la porción más grande de la torta del agro?
Sin dudas el conflicto del campo está generando problemas de diversa índole en el país, como el desabastecimiento, el aumento de precios y demás, y sin embargo el gobierno, en vez de solucionar los problemas de raíz toma la bandera de las retenciones y la quiere plantar en un terreno que lo declare ganador indiscutido de la disputa.
¿No debería el gobierno nacionalizar el comercio exterior de granos y carnes, promover créditos baratos y subsidios a los pequeños productores, reforestar las superficies devastadas por la sojización?
Hoy, quienes hacen sonar sus cacerolas de primera marca y las bocinas de sus 4x4, y cortan las rutas con sus maquinarias de 300 mil dólares cada una, quieren hacer creer que el campo es uno sólo, que el campo es el pueblo, que el campo es el motor de la nación, y la verdad es que nada está más lejos de eso.
El Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero da un ejemplo más que claro: “Sólo por arrendar 300 hectáreas el propietario recibe un ingreso parásito (sin invertir ni arriesgar un solo peso) de 180.000 dólares o unos 570.000 pesos por ciclo sojero. Esa descomunal masa de dinero, imposible de obtener en cualquier otra actividad productiva -y ese es el diseño multinacional para paralizar nuestra reindustrialización- no se destina a mano de obra, ni inversiones productivas, a excepción de algunas cosechadoras o maquinarias importadas de altísimo costo y muchas veces renovadas innecesariamente, sólo por poseer la máquina ’0 km’.
“Sí se invierte en varias camionetas 4x4 por familia (hasta 6-7 en algunas), en casas suntuarias, en edificios de renta y en gatos finos que ahora hacen su aparición en las localidades de la cuenca sojera, para beneplácito de los productores. Por el contrario, los capataces son echados, indemnizados y transformados en contratistas cuentapropistas con lo cual el terrateniente dispone de las labores sin arriesgar un solo peso, sin incluir costo social alguno y sin tener que poseer un parque de herramientas de alto costo y nivel de mantenimiento, que lo obligaría a tener mano de obra permanente.
“A eso se suma que la mayoría no paga impuestos o lo hace por actividad ganadera y no agrícola, con tasas irrisorias de impuesto inmobiliario, y que las multinacionales exportadoras pagan impuestos en función de declaración jurada, se comprenderá que la sojización deja muy poca riqueza real, valor agregado productivo en la sociedad argentina.
“A su vez, los trabajadores rurales son echados sin indemnización y contratados en negro cuando se los necesita, muy poco tiempo por cierto. El hecho que las dos terceras partes de los trabajadores vinculados a la sojización trabajen en negro, tiene que ver a su vez con las necesidades un negocio que evade impuestos o se realiza mayoritariamente en negro. De allí la necesidad casi imperiosa para la economía nacional, de apropiarse de esa renta suntuaria e ilegítima en beneficio de la nación”.
viernes 20 de junio de 2008
Los responsables del hambre
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lunes 29 de octubre de 2007
Perón: “Soy el único candidato peronista”
La consigna era clara: elegir un personaje, real o ficticio, vivo o muerto y hacerle una entrevista situándolo en el contexto de la actualidad argentina. No soy peronista, pero elegí a Juan Domingo Perón. Quizás sea por que siempre me llamó la atención su figura y los sucesos que tuvieron lugar a su alrededor. En definitiva, esto es lo que diría Perón, según mi punto de vista, si hoy fuera candidato a presidente de los argentinos.
La humeante taza de té fue servida por un corpulento hombre de pelo brillante y aplastado. El escritorio fue ordenado por otro de similares características. Ambos se quedaron cerca de la puerta, con gestos adustos. Un minuto después apareció Juan Domingo Perón y, sonriente, me saludó cordialmente. Los dos hombres salieron y cerraron la puerta, pero no se escucharon pasos alejándose.
Perón vestía un impecable traje. Se sentó, dejó su teléfono celular sobre el escritorio y con la taza de té en la mano dijo: “Empecemos”. Y empezamos.
La primera pregunta fue la clásica: ¿Qué lo diferencia del resto de los candidatos a presidente? Rápido de reflejos y haciendo gala de su buen humor, sostuvo: “Soy el único candidato peronista”, largó una carcajada y agregó: “Hablando seriamente, tenemos un plan de gobierno avalado por mis gestiones anteriores, cosa que ninguno de mis oponentes tiene. Debido a la experiencia, muchos de los errores que cometimos anteriormente hoy están solucionados y puedo decir, fehacientemente, que contamos con una solución para cada área. No creo que otro candidato pueda decir lo mismo. Y somos los únicos que por convicción, proponemos un fuerte y creíble plan social, que incluye vivienda, salud y educación para todos los sectores de la nación”.
Casi sin proponérselo, el ex presidente comenzó a opinar sobre sus contrincantes en esta elección. Manifestó que Cristina “se cree Evita, pero le falta humildad” y que Lavagna “es un buen economista, pero que no tiene pasta para ser presidente”. No evitó referirse a Carrió: “Es una luchadora”, dijo, pero sostuvo que le preocupa su crucifijo y las ideas retrógradas que eso conlleva. Y también dejó una humorada para los rivales de toda la vida: “Como decía Roca, para que los radicales se hundan sólo hay que dejarlos gobernar”.
Con las favorables encuestas sobre el escritorio, Perón sostiene que: “Ser o no ser Presidente de la Nación es algo que en verdad no me quita el sueño. Lo que interesa no es tener el gobierno y gobernar, sino gobernar de acuerdo con lo que conviene al Pueblo y hacer lo que el Pueblo desea por caminos organizados, sin violencia y con la vista en el futuro, hermanados con todos los Pueblos del Mundo que luchan por la grandeza de sus naciones y la igualdad de sus pueblos”.
La taza ahora está vacía. El empleado engominado interrumpe en la sala con una tetera, como si hubiera sabido que “el General” quería más té y le sirve, silencioso, servil. Inmediatamente se me vinieron a la mente los sindicalistas, y le pregunté a Perón sobre ellos. “Los sindicatos son importantes, pero ahora hace falta sangre nueva y, sobre todo, honrada. Un sindicalista, por sentido común, no puede ser rico”, dijo.
Me quedaron miles de preguntas, pero el otro empleado abrió la puerta para avisar que se había acabado mi tiempo. Perón se levantó, me dio la mano y sin soltármela, me dijo: “Señor periodista, escriba también que a partir de éste, mi cuarto gobierno, una nueva Argentina, libre y socialista, enterrará el pasado y hará olvidar la miserable entrega de los militares, los radicales y los supuestos peronistas que gobernaron la patria durante el último tiempo”.
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sábado 21 de julio de 2007
Más que un simple partido de fútbol
La mirada fija en el televisor, sin pestañear; una rascada de barba cada vez que el equipo jugó para atrás; una agarrada de cabeza cuando el equipo casi convirtió un golazo; una puteada cuando el árbitro cobró cualquier cosa; un grito desaforado que desorbitó sus ojos cuando el equipo hizo el gol del triunfo. Así vivió Javier el último partido de la selección argentina de fútbol.
Sus globos oculares se lubricaron por primera vez desde el comienzo del partido recién en el entretiempo, momento que aprovechó para comentar jugadas con el resto de los comensales y para comer algo del vacío con papas fritas que se estuvo enfriando mientras Messi, Riquelme y compañía transpiraban la camiseta.
“Primero soy bostero, después argentino”, dice orgulloso y agrega: “Así me pongo cuando juega la selección, imagináte como me pongo cuando juega Boca”. Y no cuesta imaginarlo. Será porque cada vez que un jugador con pasado riverplatense toca la pelota es “un muerto y un pecho frío”, y cada vez que lo hace uno con historia boquense es “un jugadorazo”.
Javier suspende casi cualquier actividad cuando hay un partido que le importa. A la hora de demostrar sus emociones no se guarda nada. Le encanta el fútbol, le encanta Boca Juniors, le encanta la selección y lo demuestra en cada partido oficial, en cada amistoso, y sobre todo, en cada final. “Miro hasta los partidos de los amargos de River y también me hago malasangre”, aclara, como si hiciera falta aclaración alguna.
Mucha gente no entiende como alguien puede ponerse así con un partido de fútbol. Otros no comprenden como alguien va a la cancha el día del cumpleaños su madre. Algunos no pueden creer que “22 locos corriendo detrás de una pelota” hagan parar al país. El resto, como Javier, lo llama pasión.
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miércoles 18 de julio de 2007
¿Qué sabemos los que sabemos?
Esperando para comprar mi comida en un local de Mc Donalds observé como un chico repetía una y otra vez: “¿me compra algo para comer?” a la gente que estaba en la cola, y la respuesta era siempre la misma: un movimiento de cabeza hacia ambos lados y cara de disgusto. Nadie se dignó siquiera a decirle “no”, “no puedo”, “no tengo plata” o cualquier otra cosa. Parecía que el chico estaba acostumbrado, ya que casi ni esperaba la respuesta de la gente, sino que de inmediato encaraba a la siguiente persona de la fila con la misma pregunta.
Cuando llegó hasta mí y me preguntó, le contesté que si y se sorprendió por dos segundos. “Quiero una cajita feliz”, dijo apenas repuesto de la sorpresa. “No, mejor quiero aquel”, agregó segundos más tarde mientras señalaba la foto de una hamburguesa doble con queso.
Hice el pedido a la cajera y al instante apareció otro chico, algunos años más grande que el primero, que también me pidió una hamburguesa, pero le respondí que no podía comprarle a ambos, y éste aceptó la negativa sin insistir. El más chico, solidarizándose con su compañero de vida, me preguntó: “¿No le compra un helado a mi amigo?”, a lo que le volví a manifestar mi respuesta anterior.
No pasó más de un minuto cuando uno de los empleados le puso en una bandeja su hamburguesa doble con queso, sus papas fritas y su vaso de Coca Cola. Con torpeza agarró todo y se retiró a comer con su amigo en la vereda del local.
Ese chico seguramente no sabe lo que es tener a alguien que le compre una cajita “feliz”. Seguramente no sabe lo que es tener para comer todos los días. Seguramente no sabe lo que es tener la posibilidad de ir a la escuela. Pero ese chico sabe algo que muchísimos de nosotros no sabemos. Ese chico sabe compartir.
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viernes 29 de junio de 2007
Los “Pedritos” argentinos
Pedro tiene 12 años y le gusta mucho jugar al fútbol. Le gusta tanto que lo hace en cualquier momento, en cualquier lugar. Con una tapita de gaseosa, con un bollito de papel, con cualquier cosa. Sus zapatillas están muy gastadas, quizás de tanto “jueguito”, y quiere unas nuevas, pero no cualquier par, quiere unas azules que vio el otro día en la calle Florida.
Pedro es uno de los tantos chicos que viven en las calles de la ciudad de Buenos Aires. Es uno de los tantos chicos que hacen malabares (y no sólo con pelotas de colores) para comer, para dormir sin sentir frío, para comprarse unas zapatillas azules nuevas.
Pedro hace dos años que se fue de su casa. No quiere contar el porqué de su decisión, pero imaginarlo no resulta demasiado difícil. Todavía encuentra motivos para reírse, ya sea gastándole bromas a otros “Pedritos” y salir corriendo ó contándole chistes a cualquier persona que se atreva a conversar con él.
Pedro ofrece su show de malabares a cientos de desinteresados espectadores por día en la esquina de Avenida Ingeniero Huergo y Humberto I, y cada moneda que gana la ahorra para comprarse unas zapatillas azules que vió en una vidriera y que le gustaron mucho.
Pedro no quiere robar porque le da miedo. Casi todos los “Pedritos” que conoce roban, algunos para comprar comida, otros para comprar pegamento, otros para llevarle dinero a sus padres, otros para tener algo con que defenderse de alguien. Pedro prefiere hacer su espectáculo, evitar las miradas despectivas de los conductores de los “autos lindos” y ahorrar moneda por moneda.
Hay países donde los “Pedritos” no tienen que irse de sus casas. Hay países donde los “Pedritos” no tienen que hacer malabares para sobrevivir. Hay países donde los “Pedritos” tienen zapatillas azules nuevas cuando las otras se gastaron o se rompieron. Hay países donde los “Pedritos” pueden estudiar para tener un futuro. Hay países donde los “Pedritos” comen todos los días y juegan al fútbol con pelotas.
Pedro no tuvo la suerte de nacer en alguno de esos países. Pedro nació en Argentina. Y en Argentina, los que se tienen que ocupar de los “Pedritos” no lo hacen. En Argentina, la gente mira para otro lado teniendo un espectáculo de malabares a través de la ventanilla de su “auto lindo”.
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Prohibido ingresar con gorilas
En pleno barrio de San Telmo se alza El General, un restaurante bar cultural donde todas las noches se juntan a cenar y discutir sobre política los “compañeros peronistas” porteños y también algún que otro turista curioso llamado por lo pintoresco del lugar, ambientado en los años cincuenta.
Antes de entrar, un cartel advierte sobre la posibilidad de que un comensal pueda toparse con algún ángel: con uno que se llama Juan Domingo quizás, o con otro que se llama Eva. Todo es posible.
Mesas, sillas y cubiertos de la época decoran el amplio salón dividido ¿casualmente? en dos: izquierda y derecha. Al fondo se encuentra un sector exclusivo: mesa larga y en cuya cabecera hay un gran cuadro de Juan Domingo Perón. Según el mozo, ahí se suelen sentar los sindicalistas.
Las paredes estás cubiertas por fotos, cuadros y afiches que llaman la atención con leyendas como “Otorgamiento de créditos al exterior en el año 1948”, donde además se mencionan algunos países europeos a los cuales Argentina les prestaba dinero en aquella lejana época.
La ironía sobre el peronismo dice presente en el menú y su “parrilla al parquet”, en alusión al material que, según los anti-peronistas, usaban los “cabecitas” para hacer asados. Además, se aclara que como “los niños son los únicos privilegiados”, El General los invitará con helados: una excelente noticia para los peronistas del futuro.
Los que estén atentos pueden llegar a escuchar de fondo la famosa Marcha Peronista de Hugo Del Carril, y si se saben la letra, pueden ponerse de pie y entonarla juntos a otros “compañeros”, como suele ocurrir en algunas particulares noches festivas.
Cenar en el restaurante El General es diferente. Muchas cosas pueden pasar: desde presenciar acaloradas discusiones sobre si el actual presidente Néstor Kirchner es peronista o no, hasta toparse con Carlos Saúl Menem o Eduardo Duhalde. Queda a criterio del comensal si desea o no helado gratis para su hijo.
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