Cuando me pidieron que construyera un robot sexual, los extraños ejecutivos de Axis fueron poco precisos: “queremos que se convierta en la compañía ideal del hombre”. ¿Qué hombre?, pregunté yo y todos ellos, al unísono, respondieron con carcajadas y unas cuantas palmaditas en mi omóplato izquierdo. Pero yo lo preguntaba en serio, y ahora voy a contar porqué.
¿Todos los hombres tienen el mismo gusto acaso? Como sabemos, hay quienes las prefieren rubias, morochas o negras. Están también quienes les gustan flacas, rellenitas o gordas. Pero no nos olvidemos de aquellos a quienes no le gustan las mujeres directamente: están los homosexuales, los zoofílicos y hasta los que se excitan penetrando un matambrito de cerdo tiernizado.
Entonces, ¿cómo podría yo, un simple ingeniero en robótica, construir al robot que tuviera que transformarse en la compañía ideal del hombre? No me quedó otra que basarme en mis gustos y en los de mi equipo de trabajo: Yasuhito Miyamoto, Koji Nakamura, Miro Tsuboi y Takashi Zaratrusta, hijo del presidente de Axis. Juntos emprendimos una ardua tarea que nos llevó catorce meses.
Los primeros dos meses fueron tranquilos. Prácticamente no hubo desacuerdos en la realización de los planos técnicos del robot. Sin embargo, la cosa se empezó a complicar a partir del tercer mes cuando Elisa 1.0 empezaba tomar forma. Mientras Yasuhito y Takashi se peleaban por el puesto de testeador de ciertas acciones motrices del robot, Miro perdió el 15 por ciento de su lengua al querer hacer un chiste con un prototipo de una vagina neumática.
A pesar de no poder hablar, Miro no quiso apartarse del proyecto. El puesto de testeador quedó en manos de Takashi, luego de que Yasuhito sufriera un horrendo accidente al quedar atrapado en la cinta transportadora que va a parar al soldador eléctrico. A pesar de la baja, continuamos trabajando en Elisa 1.0 sin descanso prácticamente.
Para el quinto mes ya teníamos el esqueleto del robot funcionando perfectamente. Las exhaustivas y prolongadas pruebas realizadas por Takashi rindieron sus frutos: bien valieron la penas las ojeras obtenidas, manifestó cuando le pregunté, preocupado al ver su desgastado aspecto. Según Koji, Takashi llegó a pasar hasta 14 horas seguidas probando el motorcito de la lengua de Elisa 1.0.
Por su parte, Koji, que en un principio se había encargado del aspecto emocional del robot, también realizó pruebas a la resistencia de las articulaciones de las manos. Sus ojeras, hacia el final del proyecto, adquirieron un color negruzco bastante llamativo. Yo, gracias a mi experiencia en el campo de la inteligencia artificial, me encargué del cerebro de Elisa 1.0 y puedo decir, sin falsa modestia, que logré un trabajo sorprendente.
Para el mes catorce teníamos todo listo: un robot sexual femenino que obedecía órdenes, no hacía cuestionamientos, cumplía todas las fantasías de su dueño con increíble ductilidad y además, como si esto fuera poco, era totalmente configurable en cuanto a su aspecto físico. También se le incorporaron funciones extra sexuales, es decir, Elisa 1.0 podía contar chistes, hacer las cosas de la casa sin quejarse, llevar una ordenada contabilidad casera y hasta podía guardar en su memoria la programación televisiva de todos los eventos deportivos del mes, entre otras cosas.
Un viernes por la tarde entregamos el producto terminado a los ejecutivos de Axis junto con un detallado manual de instrucciones. Nos dijeron que lo iban a probar durante el fin de semana y que el lunes tendríamos una respuesta para empezar la producción en serie. Mi equipo y yo, confiados por el trabajo realizado, nos fuimos a festejar a un conocido pub de Tokio.
El lunes temprano recibimos la visita de los ejecutivos, pero para nuestra sorpresa, la respuesta no fue la que esperábamos. No sólo no aprobaron el producto, sino que además nos adjuntaron una lista de todas las modificaciones que debíamos realizar para una nueva versión ya que Elisa 1.0, según propias palabras del presidente de Axis, “atentaba contra la especie humana”.
Indignado me apersoné en la oficina del mismísimo Kei Zaratrusta, ubicada en el último piso del rascacielos Yamamoto y le exigí explicaciones. Me contestó: “Elisa iba a ser un éxito de ventas. Pero yo, que me considero un hombre de Dios, no puedo permitir la extinción de la especie humana. ¿Para qué querría un hombre a una mujer si pudiera disponer de una Elisa así tal cual usted la concibió? Se acabaría el coito procreador para siempre estimado colega”.
Así habló Zaratrusta, y con un movimiento de brazo me invitó a salir por donde había entrado. Bajé los 236 pisos por el ascensor hasta mi oficina totalmente anonadado. Todavía quedaban hombres con principios, pensé y me fui a tomar un vermú con la Yamila.
viernes 4 de abril de 2008
Elisa 1.0 Robot Sexual
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martes 1 de abril de 2008
Central Anti Mutantes
Al contrario de lo que cualquier hijo de doña Rosa podría pensar, durante todo este tiempo seguí investigando el tema de los mutantes. ¿Qué fue lo que pasó entonces para que cesaran los informes? Aparentemente, debido a la polvareda que se levantó con mis revelaciones, los mutantes decidieron llamarse al silencio y, sobre todo, al ostracismo.
No me quedó otra que afinar la mirada y buscarlos por todos los recovecos posibles. Sabemos que los mutantes se confunden con gran habilidad entre los humanos comunes y corrientes, pero algún paso en falso debían dar y para mi contento, lo dieron. Uno de ellos, claramente de segunda generación, se hacía el distraído mientras rociaba con un líquido a un par de turistas.
Identificar a ciertos turistas se torna una tarea demasiado fácil muchas veces. A los atacados por el mutante en cuestión, sólo les faltaba un cartel en la frente que dijera “soy turista”: sombrero como de cowboy, súper cámara colgada al cuello, bermudas beige, y zapatos con medias hasta por debajo de la rodilla. Su esposa (se notaba claramente que era su esposa) tenía un sombrero del tamaño de una pizza neoyorquina, blusa blanca, las mismas bermudas que su marido y unas sandalias, también con medias hasta la rodilla.
Pude observar toda la acción. Los turistas caminaban en dirección norte-sur tomados de la mano. En dirección sur-norte venía este mutante de segunda generación. También vestía bermudas, pero en vez de zapatos usaba unas zapatillas carnavalescas y medias, también hasta las rodillas. Acá debo hacer una salvedad: extrañamente, tanto los mutantes como los turistas no tienen buen gusto para vestir sus miembros inferiores.
La cuestión es que éste mutante, al ver a la pareja de turistas, decidió modificar su actual rumbo sur-norte para ponerse detrás de los coquetos turistas y caminar a pocos metros de ellos. Acto seguido, de uno de los bolsillos de su horripilante bermuda sacó un frasquito como de plasticola y apuntando a la espalda de quien podría ser uno de los dueños de nuestra Patagonia, lo roció con un líquido amarillo, manchándolo en el acto.
El turista, al percibir la acción del agresor, se dio vuelta y mirándolo fijamente a los ojos, le estampó una trompada seca, pasando el mutante a ocupar una posición paralela al piso. Mientras éste sufría lo que se podría describir como un ataque de epilepsia, el turista y su esposa observaron rápidamente a su alrededor y posteriormente siguieron su rumbo, sólo que a una velocidad mayor.
Pude constatar que se le había apagado la tele al mutante: permaneció en el piso por espacio de varios minutos hasta que finalmente se pudo incorporar y hasta pudo recuperar un diente dorado que se le había caído del maxilar superior producto del impacto. Buscó infructuosamente la botellita de plasticola alrededor suyo pero no la encontró; el turista se la había llevado como recuerdo de su encuentro cercano del cuarto tipo.
Luego me detuve a pensar. ¿Y si el turista no era un turista realmente? ¿Y si era miembro de alguna central de inteligencia anti mutantes? Su obvia y ridícula vestimenta certificaba de alguna manera esta teoría. ¿Y si los mutantes, en vez de estar ocultos estaban siendo exterminados? Me quedé patitieso y meditabundo. Quizás tuviera que empezar una segunda investigación.
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miércoles 13 de febrero de 2008
Elisa 2.0, robot sexual
Controversia por la llegada de robots sexuales (Infobae. 13.02.2008) Algunos científicos aseguran que en poco menos de 50 años los humanoides aumentarán el placer entre las sábanas y evitarán el contagio de enfermedades. Ya se comercializa la primera muñeca.
Nunca tuve suerte con las mujeres. Tampoco llegué a comprenderlas jamás. Cuando salieron los robots sexuales con inteligencia artificial pensé que mis problemas se habían terminado pero no. Al parecer, recién comenzaban.
Me había comprado el modelo más caro. Afortunadamente, mi puesto en la petrolera más famosa del país me permitía darme gustos por 20 mil dólares sin tener que pensar si al otro día tendría para comer. Hice el pedido por internet y no pasaron más de 6 horas hasta que golpearon mi puerta con el paquete. De lo único que me podía quejar, hasta ese entonces, era de la falta de privacidad: el empleado de Fedex no paró de sonreír en ningún momento y hasta llegó a guiñarme un ojo antes de despedirse sin llevarse propina por su falta de profesionalismo.
Ni bien cerré la puerta y constaté que el empleado de Fedex no estuviera espiando por la ventana, me dispuse a abrir la gran caja marrón de casi dos metros de altura; tenía dos carteles pegados en la parte frontal: uno decía “FRÁGIL” y el otro “ROBOT SEXUAL”. Luego de romper el cartón y quitarle los plásticos pude ver a la que sería mi compañera de placer de ahí en más. Una inmensa alegría invadió mi corazón y sucios pensamientos tomaron posesión de mi imaginación.
Su nombre era Elisa 2.0. Boca generosa, silueta perfecta, grandes pechos siliconados, trasero firme y robusto. Era sencillamente perfecta. Ansioso agarré el manual cuyo tamaño era semejante a una guía telefónica y busqué la sección “Primeros pasos”, pero mi incapacidad para leer japonés me llevó a comunicarme con el servicio de atención telefónica a clientes. Luego de deambular por el menú de opciones durante media hora, un simpático mexicano me atendió y me indicó que lo primero que tenía que hacer era cargar la batería del robot 48 horas aproximadamente, por lo que mis más bajos instintos tuvieron que esperar dos días más para verse satisfechos. Para no desesperarme, decidí dejar enchufado el robot e irme a pasar el fin de semana a un hotel de la costa.
Al volver, y cumplidas las 48 horas de carga, la desenchufé y la encendí. Esperé a ver si su inteligencia artificial detectaba mi evidente estado de excitación, pero luego de estar dos horas parado supuse que debía accionar algún botón. Me llamó la atención lo salido que estaba su clítoris, por lo que inferí que quizás debía excitarla yo primero, como a toda mujer, pero cuando lo presioné un poco, su vagina se desprendió y cayó al piso. Según el servicio de atención telefónica a clientes, no se trataba del clítoris, sino de un botón expulsor que servía para cambiar la vagina a los tres meses de uso.
Se me había pasado un poco la euforia inicial, pero los 20 mil dólares invertidos bien merecían otro intento. Le volví a colocar la vagina y opté por acariciar sus pechos. En ese momento, Elisa 2.0 emitió una especie de gemido metálico, digno de películas japonesas de terror, que al principio me provocó estupor pero, conforme avanzamos en nuestra relación, pude asimilarlo como su más fiel expresión de placer. Continué besando su cuello que aún olía a plástico nuevo y al mismo tiempo tomé sus enormes glúteos con mis manos y los apreté. Al parecer no le gustó, o debí accionar algún botón oculto, porque su rodilla se incrustó en mis genitales y no me pude levantar por espacio de veinte minutos.
Una vez recuperado decidí insistir. Llevé a Elisa 2.0 hasta la cama y la acosté. Al hacerlo, pude divisar una palanquita de tres posiciones que tenía en la nuca. Incauto, la moví al número dos y comenzó una odisea. Elisa 2.0 se levantó, me pegó un sopapo y me tiró a la cama. Acto seguido me arrancó las ropas y me dejó como Dios me trajo al mundo, sólo que con mucha más grasa, muchos más pelos y menos expresión angelical. Luego se me sentó encima y sin dejar de abofetearme, me cabalgó a una velocidad que no creí robóticamente posible. Lejos de excitarme por la euforia de Elisa 2.0, dediqué arduos minutos a tratar de volver la palanquita a su anterior posición.
Mientras ella me colocaba su codo en la boca, al tiempo que decía cosas ininteligibles, aproveché para manotear la palanquita y cambiarla a la posición número tres. Lo que vino fue dramáticamente peor. No voy a entrar en detalles para no dañar mí ya cuestionada honorabilidad, sólo diré que su vagina rebatible dio lugar a una especie de martillo neumático que me provocó serias heridas, no sólo físicas, sino también psicológicas. Luego de una hora de martirio, la batería se agotó y pude agarrar la sierra eléctrica y deshacerme de Elisa 2.0 para siempre.
Llamé nuevamente al servicio de atención telefónica a clientes y el mexicano, luego de escucharme durante varios minutos, me pasó con su supervisor, que a la vez me pasó con su supervisor, y éste, a la vez, me pasó con el gerente, también mexicano, que me pasó un número de teléfono con característica japonesa, para que elevara el reclamo a la casa central de la firma Axis, proveedora de los famosos robots sexuales de 20 mil dólares cada uno.
Anoté el número y posteriormente, también por internet, me inscribí en un curso acelerado de japonés. Estaba dispuesto a comprar un nuevo robot sexual, pero esta vez con la ventaja de poder leer el manual y así no equivocarme en mi relación con Elisa 3.0 o como quiera que se llame mi futura compañera. Al fin de cuentas, esto es más fácil y menos riesgoso que tratar de entender a una mujer de carne y hueso.
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viernes 1 de febrero de 2008
La furia contra la máquina
You’ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that; you´ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that shit”, sonaba en mis auriculares cuando de repente vi unos ojos que me miraban y más abajo, una boca que se movía sin emitir sonido alguno. Me detuve, me quité uno de los auriculares y con cara de semi-fastidio pregunté: “¿Lo qué?”. Esta vez, de manera audible, la boca me dijo: “¿No sabés dónde queda la calle Balcarce?”. Mi boca, después de masticar bronca, le dijo: “Si, seguí derecho dos cuadras más”. Insultando para mis adentros me volví a colocar el auricular y alcancé a escuchar un “gracias” muy lejano.
¿Qué sería del mundo sin la música? No me lo puedo imaginar sinceramente. ¿Sirve la música si nadie la escucha? Esa es una pregunta bastante pelotuda. ¿Hay música buena y música mala? En principio diría que no, que es una cuestión de gustos, pero luego, cuando a mis oídos llega la melosa voz de Luis Miguel, o los alaridos de Alejandro Sanz, o millones de otras melodías, digo si: hay buena música (la que escucho yo) y música mala (el resto).
El mundo, o lo que sea que vemos mientras caminamos por las calles, se percibe diferente si está musicalizado. Toma otro matiz, otro color. Es como una película a la que le ponemos nuestra propia música, la música que más nos gusta. Así, los bocinazos pasan a ser golpes de bombo de batería; las frenadas pasan a ser un rif de guitarra; las voces de los transeúntes pasan a ser la voz del cantante de nuestra banda favorita. En definitiva, el mundo se torna más agradable.
Ensimismado, seguí camino luego de aumentar un poco el volumen. En ese momento empezaba a sonar la furia de Rage Against The Machine. Promediando el tema (mejor dicho, el gran tema) se me acerca una señora de cara extraña, se me para al lado y empieza a gesticular. En este momento cabe aclarar algo: sólo hay una cosa que me molesta más que me interrumpan una canción, y es que me interrumpan una GRAN canción. En fin… puse pausa, y sin disimular mi mal humor, dije: “¿Lo qué?”. “Una monedita”, me contestó con una voz que se diferenciaba muy poco del silencio absoluto.
No tenía monedita alguna, pero de haberla tenido tampoco se la hubiera dado por el sacrilegio que acababa de cometer esa señora de cara extraña y, como me pude dar cuenta después, de grotesca panza al viento.
Luego de negar con la cabeza, quité la pausa y puse a sonar la misma canción desde el principio. “Esta vez, hasta que no termine el tema, no me saco los auriculares ni pongo pausa”, me prometí. Ya estaba llegando a mi casa y la furia de Zach de la Rocha endulzaba mis oídos. La sensación era gloriosa y por demás placentera. No me importaba nada en ese momento. Ni el auto que doblaba, ni las dos señoras que miraban hacia donde yo estaba y hacia arriba simultáneamente, ni el portero de mi edificio que corría hacia mí moviendo los brazos. No me importaba nada.
El último grito de Zach fue la señal para que por fin pudiera quitarme los auriculares. En ese preciso momento, mientras despejaba mi oreja izquierda, una máquina de escribir cayó sobre mí y me aplastó la cabeza contra la vereda. Por los auriculares salpicados de sangre empezó a sonar la siguiente canción. La música, por más que nadie la escuche, sigue sonando.
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miércoles 31 de octubre de 2007
Mutantes generación cero
La niñez de Washington Rivas no fue para nada fácil en su Montevideo natal. Sin saber porqué, se la pasaba derramando líquidos en el piso de su casa con la consiguiente paliza por parte de su madre Isidora quien, haciendo uso de una fuerza similar a la de un jugador de rugby de Nueva Zelanda, le daba rotundos cachetazos en la nuca para que terminara con su manía de andar mojando el suelo.
Washington fue creciendo entre las dudas que le causaba su extraña conducta y los sopapos de su madre, los cuales le provocaron severos problemas, sobre todo en el habla: a los 16 años no podía completar una frase sin empaparse la remera de saliva.
Alterado por su situación y luego de que su madre se suicidara de nueve disparos en la cabeza, Washington ingresó a la universidad para estudiar genética. Sus profesores, a pesar de la impresión que le causaba un joven de protuberante labio inferior y remera mojada, le proveyeron la mejor educación en la materia y hasta juntaron fondos para enviarlo a Estados Unidos para que realizara un post-grado en la prestigiosa universidad de Harvard.
A los 27 años de edad, y producto de una tenaz dedicación, pocas horas de sueño y varias dosis de psicofármacos, estimulantes y bananitas Dolca, Washington completó la cursada con el puntaje más alto en 1958. A partir de entonces, dedicó su vida al estudio de lo que, en 1968, dio en llamar “La mutación de los seres humanos”.
El extenso estudio intentaba explicar las razones por las cuales algunos seres humanos tenían la tendencia de derramar líquidos en el suelo, llegando a una conclusión que desató una de las más grandes polémicas en el círculo científico mundial: los primeros mutantes nacieron en Uruguay aproximadamente en abril de 1931. ¿La explicación? Simple: producto del triunfo de la selección uruguaya de fútbol en el mundial del 30, los espermatozoides de los aficionados charrúas sufrieron modificaciones debido a la fusión entre la extrema algarabía, el mate tibio y el placer sexual. Este cóctel explosivo derivó en la alteración molecular de los fetos engendrados ó, como Washington Rivas solía llamarlo, la mutación.
Esta mutación, según Washington explicaba en su estudio, produjo algunos cambios considerables en el funcionamiento psico-motriz de los nuevos seres: primero, una obnubilación mental acompañada de un movimiento de hombro izquierdo hacia abajo; segundo, un bloqueo en la zona cerebral encargada del procesamiento lógico; y tercero, liberación de endorfinas al ver líquido derramado.
Comprobados estos datos, Washington Rivas descubrió por fin el mal que afectó su vida: era un mutante generación cero. Así lo describió en su libro “Mutante soy”, editado en 1975, donde dio a conocer su infancia montevideana a finales de los años treinta: “Siendo un niño uruguayo como cualquier otro, andaba con el termo bajo el brazo. De repente me asaltaba una laguna mental y, cuando recobraba la conciencia, veía como había derramado el agua caliente del termo y eso me producía un placer enorme, pero a los minutos venía mi madre y me pegaba un cachetazo en la nuca que hacía que mi cerebro rebotara dentro del cráneo por espacio de cinco minutos”, contaba en el capítulo uno de su auto-biografía.
El testimonio encajaba a la perfección con sus estudios: obnubilación mental (laguna) y movimiento de hombro izquierdo hacia abajo (derrame de agua del termo), bloqueo de la zona cerebral encargada del procesamiento lógico (no tener cerrado el termo) y liberación de endorfinas (placer al ver el líquido derramado). Años después, estos síntomas fueron comprobados en decenas de uruguayos nacidos en abril de 1931.
Washington Rivas falleció en 1988 en Buenos Aires debido a un paro organizado por la CGT de Ubaldini y no pudo terminar su investigación, pero dejó sentadas las bases sobre esta nueva especie para que otro, u otros, sigan su camino y puedan así arribar a la verdad; una verdad que, a lo largo de la historia, ha sufrido las más diversas formas de censura; primero de los sucesivos gobiernos uruguayos, luego de Enzo Rivas, único hijo de Washington y, finalmente, de todos aquellos descendientes de la llamada generación del 31.
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lunes 8 de octubre de 2007
Descargo y sospecha de infiltración mutante
Ladran Sancho, señal de que cabalgamos le dijo una vez el Quijote de la Mancha a su inseparable amigo. En la época que Cervantes escribía esas palabras los mutantes ni siquiera cabían en la imaginación de los más ilustres pensadores de entonces. Hoy, la investigación sobre ésta nueva raza avanza y comienzan a aparecer los ladridos: voces intentando ridiculizar a quienes buscamos la verdad y posibles mutantes infiltrados entre quienes queremos hacer saber a la población que los humanos no estamos solos.
El pasado fin de semana, este investigador se tomó un descanso en su ardua tarea y asistió al cumpleaños de Tin, su socio en esta lucha sin cuartel. El aniversario se llevó a cabo en un bar donde pululaban mesas de pool, billar y ping-pong, deporte en el cual éste servidor creía que se desempeñaba de manera aceptable.
Y digo “creía” por lo siguiente. El partido entre Martín Casanova y yo tenía como espectador a un octogenario señor de cabello blanco y anteojos cuyas lentes tenían el grosor de una tararira adulta. Al terminar el partido, el anciano inquirió por el ganador, o lo que le respondí que había sido yo. –Juguemos entonces- me dijo y se sacó los anteojos. Tengo que reconocer que, dejándome llevar por las apariencias, pensé que el partido iba a ser más fácil que levantar la tapa del inodoro.
La primera pelota que le tiré me la devolvió a 100 kilómetros/segundo por sobre la velocidad de la luz, haciéndome quedar como un perfecto imbécil. Luego de cuatro pelotas más, con sus correspondientes iguales devoluciones le tocó sacar. –Ahora lo cago- pensé, pero nuevamente estuve equivocado. Si bien su saque fue similar al que podría haber realizado mi sobrina de 4 años, el suyo venía con un efecto que impedía una correcta devolución y, en algunos casos, impedía la devolución directamente.
Cabe destacar que todos los puntos iban acompañados de un gestito del anciano: una guiñada de ojo a la platea femenina, un sonrisa socarrona al adversario o bien una displiscente postura como diciendo “mirá como te gozo en la próxima”. Afortunadamente no fui el único que sufrió ésta humillación, ya que Casanova también quiso comprobar su nivel con el octogenario campeón y no sólo fue humillado, sino que además quedaron registros fotográficos del suceso.
En fin, seguramente un simpatizante de la causa mutante quiso traer a luz éste episodio que nada tiene que hacer fuera del ámbito privado de los investigadores. Tampoco tiene relación con la investigación misma debido a que el anciano jamás derramó líquido en el suelo, por lo tanto, es evidente que no se trata de un mutante, ni siquiera de los míticos mutanes generación cero, de los cuales hablaremos en una próxima entrega.
Aclarado ésto, paso al tema de la supuesta infiltración en el seno de nuestro entorno: el miércoles próximo pasado tuvieron lugar algunos acontecimientos que nos hicieron sospechar sobre la condición 100% humana de uno de los que semana a semana comparten con nosotros amistosos partidos de fútbol.
Esta persona (por ahora la llamaremos así), en medio del cotejo, pateó una de las redes laterales que separan una cancha de la otra, y debido a una ley física que no posee excepción, salió rebotado hacia arriba y devuelto al piso con una virulencia similar a la mordida de un tiranosaurio rex, acto en el cual se sacó de lugar una de sus falanges. Haciendo uso de una capacidad poco humana, se la acomodó como quien toca el timbre en el colectivo cuando el corpulento chofer está desquiciado por un embotellamiento en el microcentro a las seis de la tarde, segundos después de haber discutido con una señora de aguda voz porque la máquina le tragó una moneda de cinco centavos.
Estos sucesos por si solos no hubieran sido concluyentes para la fina mirada especializada en mutantes, pero faltaba algo más. Mientras el sospechoso esperaba al costado del campo de juego, combatía la leve hinchazón de su dedo con hielo, como cualquier humano promedio. Pero debido a otra ley física que no merece mayor análisis, el hielo comenzó a derretirse y el suelo se empezó a mojar. Y ya sabemos de que hablamos cuando sucede eso.
Vamos a seguir investigando éste y otros casos de posibles mutantes, como el que nos llegó hace poco desde Villa La Angostura, donde uno de los sospechados derramó una botella entera de 7up sobre una persona y luego, cuando le pidieron tres docenas de empanadas, sólo entregó 25 unidades. Por último, a quienes están intentando romper los cimientos de nuestra lucha les digo: no les tenemos miedo.
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sábado 29 de septiembre de 2007
El fenómeno mutante
En una cátedra de Semiología de la Universidad de Buenos Aires, un profesor contó delante de su clase la teoría que asegura que existen mutantes entre nosotros. No conforme con las caras de asombro de los alumnos y con el silencio sepulcral que provocó con tal afirmación, agregó que además éstos ya van por la tercera generación. Ante la estentórea carcajada de Tin, uno de los oyentes, una sombra oscureció el rostro del profesor quien con una voz más grave dijo: “no te rías, esto es algo bien serio”.
Luego de los episodios vividos por este servidor un par de semanas atrás (ver Posible actividad mutante) ese profesor pasó de ser considerado un orate a convertirse en la eminencia argentina sobre esta nueva raza que convive diariamente con todos nosotros: los mutantes de tercera generación.
Hasta ahora es poco lo que se sabe de ellos debido a que están muy bien mimetizados con los humanos comunes y corrientes. Sin embargo, el especialista, Tin y éste humilde servidor, luego de diversas observaciones, llegaron a la siguiente conclusión: existen dos rasgos característicos que distinguen a un mutante. Primero, cada una determinada cantidad de tiempo, proceden de la manera más absurda e ilógica ante situaciones de simple resolución (ver nuevamente el caso detallado en Posible actividad mutante); y segundo, siempre derraman un líquido en el suelo.
Tomemos por caso la siguiente anécdota verídica de Tin, uno de los estudiosos de este nuevo fenómeno. Sucedió un par de años atrás en la puerta de una canchita de fútbol. Tin y unos amigos estaban conversando cuando de repente se aproxima un hombre en una moto y les pide fuego para prender su cigarrillo. Casualmente los presentes no tenían encendedor debido a que ninguno de ellos fumaba. Ante la negativa, el hombre le saca la tapa al tanque de la moto, la inclina hacia uno de los lados y vierte el combustible en el piso. Sin que nadie vea de dónde, el hombre saca una pala e inexplicablemente empieza a golpear la nafta.
Este claro accionar mutante provocó el asombro de Tin y del resto de los testigos, quienes en ese momento sólo atribuyeron lo que sus ojos habían visto a un simple homo sapiens bajo los efectos de un alucinógeno o psicotrópico de venta libre, pero sin saberlo, estaban en presencia de un mutante de primera o segunda generación.
Cabe mencionar el desenlace y una interrogación posterior: jamás logró hacer fuego con su método, pero si aún lo hubiera logrado, ¿Cómo iba a prender su cigarrillo? ¿Se iba a acercar con el pucho en la boca a la llama generada? Un pensamiento que está lejos de nuestra comprensión por una sencilla razón: no somos mutantes.
Este informe, que continuará próximamente con nuevos y sorprendentes casos, no pretende sembrar el pánico en la población sino por el contrario, intenta hacer saber al hombre común que existe una nueva raza que evoluciona constantemente y que por el momento, sólo por el momento, no es peligrosa.
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lunes 24 de septiembre de 2007
Posible actividad mutante
Pocas veces en mi vida viví algo igual a lo del sábado pasado. De hecho todavía no lo puedo asimilar y sigo abatido por la sorpresa, buscando una explicación que no roce lo paranormal. He aquí la historia.
Como todos los sábados fui a jugar al fútbol a una canchita de Quilmes. Más que canchita es un complejo de tres canchas y un bar. Nosotros jugamos en la primera, que es de césped sintético.
Para aquellos que no lo saben, el césped sintético es un tanto peligroso debido a que cuando uno se cae en él tiende a rasparse. Su peligrosidad aumenta como genital de caballo a punto de orinar cuando el césped está mojado, razón por la cual los dueños de los complejos deportivos con canchas de césped sintético evitan el uso del vital elemento en sus superficies para no tener el honor de abonar astronómicas sumas por indemnizaciones de cristianos lesionados por resbalones dentro de los límites de su propiedad.
El caso más conocido quizás sea el de Ramiro “vitamina” González, un fornido defensor quien intentando salvar un córner se resbaló con un escupitajo del referí y dejó el 85% de su piel cerca del área. Luego de un publicitado juicio, González se quedó con el predio más uno de los riñones de Ricardito, el hijo del dueño del predio.
La cuestión es que el sábado pasado, la canchita que iba a ser testigo de nuestros goles y gambetas lucía en uno de sus laterales un balde con agua recolectada de una gotera que había en el techo. Como el día anterior había llovido bastante podríamos decir que el balde estaba medio lleno (si somos optimistas) o medio vacio (si somos pesimistas).
Alarmado por la presencia del peligroso líquido, le dije a mi amigo Tin que apenas lográramos entrar en la cancha deberíamos quitar el balde a fin de evitar un posible derrame en la superficie de juego. Tin asintió y cuando el dueño vino a abrir la puerta, se dirigió a él con la inquietud.
José, ¿podemos sacar el balde por las dudas? Mirá si lo chocamos y mojamos toda la cancha – preguntó Tin, a lo que el dueño respondió: Si, claro. Acto seguido José, el dueño del lugar, agarró el balde con agua y sin mediar palabra ni gesto alguno, hizo algo que provocó en Tin y en mi una sorpresa sólo comparable a la que produciría el anuncio del descubrimiento de la máquina para viajar en el tiempo: lo vació en la cancha.
Mientras José, balde vacio en mano, se retiraba contento, cruzamos miradas incrédulas con Tin. Estuvimos shockeados por algunos segundos hasta que decidimos dejar de pensar en lo que habíamos visto y ponernos a jugar al fútbol, que al fin y al cabo, era lo que habíamos ido a hacer.
Luego del partido, y ya de regreso a nuestros hogares, intentamos analizar lo sucedido. Surgieron varias teorías, desde la poco probable “José no entendió lo que Tin le dijo” hasta la factible “José es un mutante de tercera generación (1)”.
A lo último, dejando toda teoría de lado, nos quedó una pregunta sin responder: ¿Por qué poner un balde debajo de una gotera si después se va a vaciar el balde en el mismo lugar donde estaba dicha gotera?
Quizás la pregunta no se pueda responder desde la lógica, o simplemente la pregunta no tenga respuesta, o peor aún, quizás sólo pueda ser respondida por un mutante de tercera generación.
(1) Teoría que explicaremos proximamente en un nuevo post.
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