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miércoles 25 de junio de 2008

La música, ella y el gato


Ni bien llegaba a sus oídos alguna canción de Nightwish, o escuchaba la dulce voz de Tarja, un terremoto de recuerdos y pensamientos tenían epicentro en su cabeza de inmediato. Y en todos aparecía ella, con su sonrisa, con su alegría. No se podía librar de esas imágenes por más que quisiera, aunque de todas formas no quería.

Esa sensación que recorría sus venas era indescriptible. Para un hombre frío como él, que le pasara esto era demasiado placentero. Le recordaba que todavía estaba vivo, que todavía sentía. Se preguntaba si a ella le pasaría lo mismo con cada canción de Nigthwish, pero se respondía automáticamente que no, que era una locura.

Llegó a su casa a eso de las diez. El gato salió a saludarlo sin demasiada efusividad, más por interés que por otra cosa. Todas las noches lo mismo: llegar, alimentar al gato, bañarse, cenar, leer y dormir. Esa noche decidió variar; hacía mucho que no escuchaba a Nightwish. Dejó el libro en la misma página que cuando lo había agarrado y buscó su disco preferido. Play.

Se dejó caer en la cama hacia atrás. Tapó sus ojos con su antebrazo derecho y se tomó la panza con la mano izquierda. Ella no tardó en invadir la oscuridad. Apareció con su sonrisa e iluminó su espectro y la sensación que nunca pudo describir se apoderó de todo su ser. Stop.

Se levantó con los ojos humedecidos. Hacía mucho tiempo que esa humedad no hacía borrosa su realidad. El gato lo miraba con desconfianza desde el rincón de la habitación mientras él se dirigía al baño. Se lavó la cara, se miró al espejo y no le gustó lo vio. Volvió a la habitación. Tomó el libro y se acostó. Miró al gato que ni siquiera le prestaba la mísera atención de antes. Suspiró, apagó la luz del velador y se quedó con el libro en las manos, mirando hacia la ventana.

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lunes 5 de mayo de 2008

La Chivichana

Ni bien aterricé en Cuba tuve la sensación de estar en otro mundo. Ni mejor ni peor. Otro. Era como haber viajado a través del tiempo. Y desde chico me atraía la idea de viajar a través del tiempo. La Habana me asombraba a cada paso. Me mantenía expectante, ansioso, alegre. Alegre como casi todos los cubanos y cubanas con los que me cruzaba a diario por los recovecos de la ciudad.

Las sensaciones iban mutando conforme me trasladaba por la isla, por los diferentes mundos que había dentro de ese otro mundo. Una cosa era estar en las bellísimas playas de los cayos del sur y chapotear en el Mar Caribe, y otra muy distinta era caminar por La Habana Vieja a la nochecita y tomarse un mojito en algún bar pintoresco.

Pero el mundo que más me impactó fue el de las afueras de las ciudades, lejos de los centros turísticos. El mundo de los guajiros, unos simpáticos campesinos, llenos de vida y de anécdotas de diferente verosimilitud. Las cuentan con tanta gracia y con tanta transparencia que es imposible determinar cuáles se ajustan a la verdad y cuáles no.

Todos y cada uno de los guajiros con los que me cruzaba, al enterarse de mi argentinidad, me hablaban del Che, de Maradona, de Fangio. Y otros se interesaban por el camino político de la nación que me vio nacer. Sabían de lo que hablaban. Muestra de ello es que citaban apellidos y fechas como si hubieran viajado junto a nosotros en la montaña rusa nacional por bastante tiempo.

No podía apartar mi atención de ellos por nada del mundo. Me interesaba lo que me contaban, me interesaba lo que hacían, lo que cantaban, todo. Hubiera necesitado un buen sopapo para salirme de ese mundo, pero no hubiera tardado más de un minuto en regresar a él nuevamente. Recuerdo esos días como de los más alegres de mi vida.

Juan, un guajiro de sonrisa despoblada, bigotes finos y amplio sombrero, me hablaba del periodo especial, de Fidel, de la Revolución y yo me sentía un chico al que su abuelo le está contando un cuento fantástico. Hubiera dado lo que sea por tener esa capacidad de atrapar la atención de, aunque más no sea, un argentino que ha vivido poco y nada en un aburrido barrio de Buenos Aires.

“¿Tuvo la ‘opoltunidad’ de viajar en camello?”, me preguntó. Sabía a qué se refería por camello: una especie de camión, cuyo acoplado es un vagón gigante con dos jorobas que se usa en La Habana para trasladar a la gente. Como los colectivos de Buenos Aires, pero diferente. Le respondí que no, pero que los conocía. “Esa es una buena experiencia para los turistas”, afirmó al conocer mi respuesta, y agregó: “Pero, todavía mejor, es viajar en chivichana”.

No sabía lo que era una chivichana. Jamás había oído esa palabra siquiera. Le pedí que por favor me contara de qué se trataba. “No amigo, la tiene que ‘vel’ usted mismo, con sus propios ojos, y ‘montala’ ”, me respondió, arrastrando mucho la letra ele de la última palabra. Estaba intrigado. No sabía bien que era, pero quería viajar en chivichana. Además la palabra me resultaba simpática. No podía ser tan malo.

La casa de Juan era bastante humilde: techo de chapa, paredes que acusaban el paso del tiempo y una precaria puerta de madera. Sobre el lateral de lo que nosotros llamaríamos ‘rancho’, decenas de cachivaches luchaban por alcanzar la cima de la montaña que ellos mismos formaban. En la entrada, el perro Fulgencio III descansaba como era su costumbre. Por ahí lo vi volver a Juan, con algo bastante grande en sus manos.

“Esta es la chivichana mi amigo”, me dijo sonriente. Era una especie de patineta de madera con cuatro ruedas metálicas. Tenía una parte para apoyar la cola, y otras dos, movibles, para apoyar los pies. Como si se tratara de un karting, pero ‘a la cubana’. No pude resistir la tentación de montar ese llamativo vehículo.

Para llegar hasta la casa de Juan tuve que subir a través de calles asfaltadas y zigzagueantes. Para bajar, nada mejor que la chivichana, pensé. Y efectivamente para eso la usaba Juan cuando tenía que ir hasta abajo por algún motivo. Ya sea para trasladar los frutos de la tierra que él mismo trabajaba, o para ir a buscar algo tan simple como el pan de cada día.

Me fui hasta la calle. La pendiente lucía peligrosa pero atrapante. Juan me dio algunas indicaciones que no escuché por mi estado de excitación. Puse la chivichana en el suelo, apoye mi cola, luego mis pies y finalmente me largué cuesta abajo. Ni bien empecé a tomar velocidad pude escuchar el grito jubiloso de Juan. La sensación era maravillosa. El viento hacía flamear mi pelo. Desgraciadamente no supe doblar y vi la curva alejarse de mi trayectoria cuando de repente salí despedido, producto de la frenada automática de mi chivichana al transitar el espeso pastizal.

Quejándome del dolor, pero sonriente, vi venir a Juan corriendo hacia mí, entre preocupado y divertido. Al llegar nos reímos juntos por largo rato. A pesar de las lastimaduras en mis manos y rodillas, estaba contento: había viajado en chivichana y no conocía a muchos que pudieran decir lo mismo.

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viernes 4 de abril de 2008

Elisa 1.0 Robot Sexual

Cuando me pidieron que construyera un robot sexual, los extraños ejecutivos de Axis fueron poco precisos: “queremos que se convierta en la compañía ideal del hombre”. ¿Qué hombre?, pregunté yo y todos ellos, al unísono, respondieron con carcajadas y unas cuantas palmaditas en mi omóplato izquierdo. Pero yo lo preguntaba en serio, y ahora voy a contar porqué.

¿Todos los hombres tienen el mismo gusto acaso? Como sabemos, hay quienes las prefieren rubias, morochas o negras. Están también quienes les gustan flacas, rellenitas o gordas. Pero no nos olvidemos de aquellos a quienes no le gustan las mujeres directamente: están los homosexuales, los zoofílicos y hasta los que se excitan penetrando un matambrito de cerdo tiernizado.

Entonces, ¿cómo podría yo, un simple ingeniero en robótica, construir al robot que tuviera que transformarse en la compañía ideal del hombre? No me quedó otra que basarme en mis gustos y en los de mi equipo de trabajo: Yasuhito Miyamoto, Koji Nakamura, Miro Tsuboi y Takashi Zaratrusta, hijo del presidente de Axis. Juntos emprendimos una ardua tarea que nos llevó catorce meses.

Los primeros dos meses fueron tranquilos. Prácticamente no hubo desacuerdos en la realización de los planos técnicos del robot. Sin embargo, la cosa se empezó a complicar a partir del tercer mes cuando Elisa 1.0 empezaba tomar forma. Mientras Yasuhito y Takashi se peleaban por el puesto de testeador de ciertas acciones motrices del robot, Miro perdió el 15 por ciento de su lengua al querer hacer un chiste con un prototipo de una vagina neumática.

A pesar de no poder hablar, Miro no quiso apartarse del proyecto. El puesto de testeador quedó en manos de Takashi, luego de que Yasuhito sufriera un horrendo accidente al quedar atrapado en la cinta transportadora que va a parar al soldador eléctrico. A pesar de la baja, continuamos trabajando en Elisa 1.0 sin descanso prácticamente.

Para el quinto mes ya teníamos el esqueleto del robot funcionando perfectamente. Las exhaustivas y prolongadas pruebas realizadas por Takashi rindieron sus frutos: bien valieron la penas las ojeras obtenidas, manifestó cuando le pregunté, preocupado al ver su desgastado aspecto. Según Koji, Takashi llegó a pasar hasta 14 horas seguidas probando el motorcito de la lengua de Elisa 1.0.

Por su parte, Koji, que en un principio se había encargado del aspecto emocional del robot, también realizó pruebas a la resistencia de las articulaciones de las manos. Sus ojeras, hacia el final del proyecto, adquirieron un color negruzco bastante llamativo. Yo, gracias a mi experiencia en el campo de la inteligencia artificial, me encargué del cerebro de Elisa 1.0 y puedo decir, sin falsa modestia, que logré un trabajo sorprendente.

Para el mes catorce teníamos todo listo: un robot sexual femenino que obedecía órdenes, no hacía cuestionamientos, cumplía todas las fantasías de su dueño con increíble ductilidad y además, como si esto fuera poco, era totalmente configurable en cuanto a su aspecto físico. También se le incorporaron funciones extra sexuales, es decir, Elisa 1.0 podía contar chistes, hacer las cosas de la casa sin quejarse, llevar una ordenada contabilidad casera y hasta podía guardar en su memoria la programación televisiva de todos los eventos deportivos del mes, entre otras cosas.

Un viernes por la tarde entregamos el producto terminado a los ejecutivos de Axis junto con un detallado manual de instrucciones. Nos dijeron que lo iban a probar durante el fin de semana y que el lunes tendríamos una respuesta para empezar la producción en serie. Mi equipo y yo, confiados por el trabajo realizado, nos fuimos a festejar a un conocido pub de Tokio.

El lunes temprano recibimos la visita de los ejecutivos, pero para nuestra sorpresa, la respuesta no fue la que esperábamos. No sólo no aprobaron el producto, sino que además nos adjuntaron una lista de todas las modificaciones que debíamos realizar para una nueva versión ya que Elisa 1.0, según propias palabras del presidente de Axis, “atentaba contra la especie humana”.

Indignado me apersoné en la oficina del mismísimo Kei Zaratrusta, ubicada en el último piso del rascacielos Yamamoto y le exigí explicaciones. Me contestó: “Elisa iba a ser un éxito de ventas. Pero yo, que me considero un hombre de Dios, no puedo permitir la extinción de la especie humana. ¿Para qué querría un hombre a una mujer si pudiera disponer de una Elisa así tal cual usted la concibió? Se acabaría el coito procreador para siempre estimado colega”.

Así habló Zaratrusta, y con un movimiento de brazo me invitó a salir por donde había entrado. Bajé los 236 pisos por el ascensor hasta mi oficina totalmente anonadado. Todavía quedaban hombres con principios, pensé y me fui a tomar un vermú con la Yamila.

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viernes 28 de marzo de 2008

Suciedad Rural

Hace 150 años aproximadamente, un visionario se dio cuenta de que había que organizar un poco las cosas en el generoso suelo argentino. Atrás habían quedado los verdaderos dueños de ese suelo: esos indios ignorantes. Los soldados comandados por el General Rock arrasaron con todo y luego, viendo que sólo se trataba de tierra, decidieron venderla porque no sabían que hacer con ella, más que caminar por encima.

El visionario Martín de Oz, Ancho Rena y muchos de sus amigos compraron esas tierras: sus objetivos no expresaban solamente la defensa de sus propios intereses. Muy por el contrario, eran la manifestación de las imperiosas necesidades nacionales de lograr el desarrollo de una economía estancada, en un territorio lleno de recursos naturales.

Manos a la obra! gritaron a los cuatro vientos y comenzaron a velar por el patrimonio agropecuario del país, fomentanto su desarrollo tanto en sus riquezas naturales, como en las incorporadas por el esfuerzo de sus pobladores.

Pero no todo podía ser perfecto. En cada historia hay un villano, o peor, varios. Algunos pobladores estaban disconformes con el lujoso trato que le propinaban estos visionarios y querían más de lo que merecían. Estos villanos comenzaron a organizar disturbios. Otros directamente no querían trabajar. Asi no se puede evolucionar, pensaron quienes intentaban forjar los cimientos rurales de la nación.

Afortunadamente, estos patriotas no claudicaron en su lucha, y llamaron a sus amigos con botas, quienes rápidamente pusieron orden cada vez que alguien interfería en la pelea diaria por llevar el país a los mismos niveles del viejo mundo.

Y es así que hoy en día, la nación disfruta de los logros que estos visionaron lograron para el pueblo todo. Una economía agropecuaria pujante, llena de beneficios para la nación y su gente y, sobre todo, organizada y distributiva.

Ahora, miles levantan las cacerolas donde suelen cocinar los frutos del campo argentino, en señal de apoyo a los queridos vanguardistas que lograron que nuestro país produzca comida para 300 millones de personas.

Que nadie intente tirar basura en nuestro campo ni en sus fundadores, porque el pueblo saldrá a limpiar la suciedad rural.

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viernes 14 de marzo de 2008

El perro familiar

Había sido una pesada jornada laboral para los zafreros de Bella Vista. El sol, burlándose del invierno, había cocinado el cañaveral como nunca. Gutiérrez, el patrón, necesitaba cumplir con una zafra extraordinaria ese día, por lo que los humildes “cañeros” tuvieron que trabajar catorce horas seguidas. Machete en mano, cortaron cañas hora tras hora sin siquiera chistar: todavía estaba fresca la noticia de que el perro familiar se había devorado a dos de sus compañeros.

Antonio, uno de los más antiguos trabajadores del ingenio, llegó a su casa más cansado que de costumbre. Fue a dejar la bicicleta en el fondo, abriéndose paso entre las gallinas que correteaban de aquí para allá cacareando como si fuese el fin del mundo. Entró a la cocina por la puerta de atrás y Florencia lo estaba esperando con una humeante sopa picada no muy colorida, pan casero y un vaso de vino tinto. No hacía mucho que se había puesto de noche.

Si hubiera habido en Bella Vista una votación para saber quién era la persona más querida del pueblo, Antonio habría ganado cómodamente. Su afable expresión, su manera de decir las cosas, su gran corazón y su habilidad para organizar fiestas populares conquistaron hasta el más antipático de los habitantes. Pero ese día Antonio tenía rabia: dos de sus amigos ya no estaban. Entonces, esa misma noche decidió continuar la lucha de Ovidio Puebla y Mario Pandolfi.

“¿Qué te pasa?”, le preguntó Florencia un tanto preocupada al ver el rostro de su esposo. “Anoche desaparecieron el negro y Pandolfi. Andan diciendo que se los comió el perro familiar. Están todos asustados”, respondió Antonio con desazón. Florencia le tenía terror al perro familiar. De chica su padre le contaba historias aterradoras de ese gran perro blanco de ojos rojos, que arrastraba pesadas cadenas y se comía a los trabajadores más rebeldes.

Doña Justina, una anciana sabia del pueblo de Bella Vista, sostenía que sólo había dos formas de matar al perro familiar: una era con un cuchillo de plata con la empuñadura en cruz; la otra era juntar 200 hombres, ni uno más ni uno menos, y atacarlo a puño limpio. Contando a los dos últimos trabajadores, el perro familiar se había despachado a 23; juntar 200 valientes se hacía una tarea bastante dificultosa en la mente de cualquiera de los “cañeros”.

A la mañana siguiente, bien temprano, Antonio esperó a Gutiérrez en la puerta del ingenio. Cuanto éste llegó, escoltado por dos gigantes, lo escrutó de arriba abajo y sin sacarse el cigarrillo de la boca le dijo: “¿Qué pasa Salvi?”. “Vengo a solicitar una mejora para los trabajadores de la zafra”, respondió Antonio. Gutiérrez sonrió sarcásticamente y detrás de él los gigantes hicieron lo mismo. “Pasá que lo discutimos”, dijo y le puso una mano en el hombro.

Antonio no volvió a trabajar, pero dos días después, con el agobiante sol como único testigo, exactamente 200 zafreros con los puños en alto, lograron apagar el ruido de las cadenas del perro familiar para siempre.

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jueves 21 de febrero de 2008

Fidel no renunció

Fidel y sus amigos tenían una casa grande, repleta de pequeños adornos muy valiosos, lindos muebles y una música alegre siempre invadía todos los ambientes. La casa era tan bella que el vecino millonario, que ya tenía una mansión enorme, se la quiso comprar, pero Fidel con sus amigos dijeron que no. Cegado por la negativa, el vecino mandó a unos de sus empleados a usurpar la casa en disputa. El empleado y los soldados armados entraron en la casa, sacaron a todos los habitantes y se llevaron los adornos y los repartieron entre ellos.

El vecino millonario ya había estado comprando otras bellas casas en otros barrios, y también había usurpado alguna que otra por aquí y por allá. Fidel, que era un muchacho con pocas pulgas e intolerante a la injusticia, les dijo a sus amigos que tenían que recuperar su casa. Y así lo hicieron. Sacaron a patadas al empleado del vecino y recuperaron gran parte de los adornos. Les llevó un tiempo volver a dejar la casa como estaba antes de la usurpación.

Al enterarse, el vecino se enardeció e invirtió grandes cantidades de tiempo y dinero para sacar a Fidel y sus amigos de esa casa. Tenía miles de casas, pero quería esa. No soportaba no tener lo que quería, ya que siempre se había salido con la suya. Entonces mandó matar a Fidel y a todos sus amigos, pero tampoco pudo. Cuando al fin estaba por desistir de la idea de apoderarse de la casa, vio como los antiguos dueños de las casas que había usurpado antes vieron con simpatía la hazaña de Fidel y sus amigos, entonces volvió a la carga: mandó cortar todas las calles hacia la casa que no podía obtener para que todos sus habitantes murieran de inanición.

Esa época fue dura para Fidel y sus amigos, ya que las provisiones no llegaban y tenían hambre, pero aún así resistieron. Comiendo poco de lo poco que tenían aguantaron hasta que otro millonario, simpatizando con su causa, les dio una mano. Pero el vecino, al enterarse, comenzó a atacar al buen samaritano hasta que lo derrumbó. El hambre era tal que algunos amigos de Fidel desistieron y escaparon de la casa y fueron a parar a la mansión del vecino, donde comieron hasta reventar.

El vecino nunca pudo obtener la casa de Fidel y sus amigos, porque estos nunca renunciaron a ella. Ni en los peores momentos.

Hemos cuidado tanto la casa para que no nos la roben que hemos descuidado un poco su interior. La casa necesita refacciones -dijo Fidel- pero yo ya estoy viejo para andar subiéndome a escaleras. Se las dejo a ustedes, sus verdaderos dueños –agregó- pero nunca se la vendan al vecino que tanto mal nos ha hecho.

El vecino en realidad no quería la casa; quería que Fidel y sus amigos renunciaran a tenerla, pero sobre todas las cosas, quería que Fidel renunciara a ser un ejemplo, ya que los otros dueños usurpados podrían imitarlo. Pero Fidel no renunció.

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miércoles 13 de febrero de 2008

Elisa 2.0, robot sexual

Controversia por la llegada de robots sexuales (Infobae. 13.02.2008) Algunos científicos aseguran que en poco menos de 50 años los humanoides aumentarán el placer entre las sábanas y evitarán el contagio de enfermedades. Ya se comercializa la primera muñeca.

Nunca tuve suerte con las mujeres. Tampoco llegué a comprenderlas jamás. Cuando salieron los robots sexuales con inteligencia artificial pensé que mis problemas se habían terminado pero no. Al parecer, recién comenzaban.

Me había comprado el modelo más caro. Afortunadamente, mi puesto en la petrolera más famosa del país me permitía darme gustos por 20 mil dólares sin tener que pensar si al otro día tendría para comer. Hice el pedido por internet y no pasaron más de 6 horas hasta que golpearon mi puerta con el paquete. De lo único que me podía quejar, hasta ese entonces, era de la falta de privacidad: el empleado de Fedex no paró de sonreír en ningún momento y hasta llegó a guiñarme un ojo antes de despedirse sin llevarse propina por su falta de profesionalismo.

Ni bien cerré la puerta y constaté que el empleado de Fedex no estuviera espiando por la ventana, me dispuse a abrir la gran caja marrón de casi dos metros de altura; tenía dos carteles pegados en la parte frontal: uno decía “FRÁGIL” y el otro “ROBOT SEXUAL”. Luego de romper el cartón y quitarle los plásticos pude ver a la que sería mi compañera de placer de ahí en más. Una inmensa alegría invadió mi corazón y sucios pensamientos tomaron posesión de mi imaginación.

Su nombre era Elisa 2.0. Boca generosa, silueta perfecta, grandes pechos siliconados, trasero firme y robusto. Era sencillamente perfecta. Ansioso agarré el manual cuyo tamaño era semejante a una guía telefónica y busqué la sección “Primeros pasos”, pero mi incapacidad para leer japonés me llevó a comunicarme con el servicio de atención telefónica a clientes. Luego de deambular por el menú de opciones durante media hora, un simpático mexicano me atendió y me indicó que lo primero que tenía que hacer era cargar la batería del robot 48 horas aproximadamente, por lo que mis más bajos instintos tuvieron que esperar dos días más para verse satisfechos. Para no desesperarme, decidí dejar enchufado el robot e irme a pasar el fin de semana a un hotel de la costa.

Al volver, y cumplidas las 48 horas de carga, la desenchufé y la encendí. Esperé a ver si su inteligencia artificial detectaba mi evidente estado de excitación, pero luego de estar dos horas parado supuse que debía accionar algún botón. Me llamó la atención lo salido que estaba su clítoris, por lo que inferí que quizás debía excitarla yo primero, como a toda mujer, pero cuando lo presioné un poco, su vagina se desprendió y cayó al piso. Según el servicio de atención telefónica a clientes, no se trataba del clítoris, sino de un botón expulsor que servía para cambiar la vagina a los tres meses de uso.

Se me había pasado un poco la euforia inicial, pero los 20 mil dólares invertidos bien merecían otro intento. Le volví a colocar la vagina y opté por acariciar sus pechos. En ese momento, Elisa 2.0 emitió una especie de gemido metálico, digno de películas japonesas de terror, que al principio me provocó estupor pero, conforme avanzamos en nuestra relación, pude asimilarlo como su más fiel expresión de placer. Continué besando su cuello que aún olía a plástico nuevo y al mismo tiempo tomé sus enormes glúteos con mis manos y los apreté. Al parecer no le gustó, o debí accionar algún botón oculto, porque su rodilla se incrustó en mis genitales y no me pude levantar por espacio de veinte minutos.

Una vez recuperado decidí insistir. Llevé a Elisa 2.0 hasta la cama y la acosté. Al hacerlo, pude divisar una palanquita de tres posiciones que tenía en la nuca. Incauto, la moví al número dos y comenzó una odisea. Elisa 2.0 se levantó, me pegó un sopapo y me tiró a la cama. Acto seguido me arrancó las ropas y me dejó como Dios me trajo al mundo, sólo que con mucha más grasa, muchos más pelos y menos expresión angelical. Luego se me sentó encima y sin dejar de abofetearme, me cabalgó a una velocidad que no creí robóticamente posible. Lejos de excitarme por la euforia de Elisa 2.0, dediqué arduos minutos a tratar de volver la palanquita a su anterior posición.

Mientras ella me colocaba su codo en la boca, al tiempo que decía cosas ininteligibles, aproveché para manotear la palanquita y cambiarla a la posición número tres. Lo que vino fue dramáticamente peor. No voy a entrar en detalles para no dañar mí ya cuestionada honorabilidad, sólo diré que su vagina rebatible dio lugar a una especie de martillo neumático que me provocó serias heridas, no sólo físicas, sino también psicológicas. Luego de una hora de martirio, la batería se agotó y pude agarrar la sierra eléctrica y deshacerme de Elisa 2.0 para siempre.

Llamé nuevamente al servicio de atención telefónica a clientes y el mexicano, luego de escucharme durante varios minutos, me pasó con su supervisor, que a la vez me pasó con su supervisor, y éste, a la vez, me pasó con el gerente, también mexicano, que me pasó un número de teléfono con característica japonesa, para que elevara el reclamo a la casa central de la firma Axis, proveedora de los famosos robots sexuales de 20 mil dólares cada uno.

Anoté el número y posteriormente, también por internet, me inscribí en un curso acelerado de japonés. Estaba dispuesto a comprar un nuevo robot sexual, pero esta vez con la ventaja de poder leer el manual y así no equivocarme en mi relación con Elisa 3.0 o como quiera que se llame mi futura compañera. Al fin de cuentas, esto es más fácil y menos riesgoso que tratar de entender a una mujer de carne y hueso.

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viernes 1 de febrero de 2008

La furia contra la máquina

You’ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that; you´ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that shit”, sonaba en mis auriculares cuando de repente vi unos ojos que me miraban y más abajo, una boca que se movía sin emitir sonido alguno. Me detuve, me quité uno de los auriculares y con cara de semi-fastidio pregunté: “¿Lo qué?”. Esta vez, de manera audible, la boca me dijo: “¿No sabés dónde queda la calle Balcarce?”. Mi boca, después de masticar bronca, le dijo: “Si, seguí derecho dos cuadras más”. Insultando para mis adentros me volví a colocar el auricular y alcancé a escuchar un “gracias” muy lejano.

¿Qué sería del mundo sin la música? No me lo puedo imaginar sinceramente. ¿Sirve la música si nadie la escucha? Esa es una pregunta bastante pelotuda. ¿Hay música buena y música mala? En principio diría que no, que es una cuestión de gustos, pero luego, cuando a mis oídos llega la melosa voz de Luis Miguel, o los alaridos de Alejandro Sanz, o millones de otras melodías, digo si: hay buena música (la que escucho yo) y música mala (el resto).

El mundo, o lo que sea que vemos mientras caminamos por las calles, se percibe diferente si está musicalizado. Toma otro matiz, otro color. Es como una película a la que le ponemos nuestra propia música, la música que más nos gusta. Así, los bocinazos pasan a ser golpes de bombo de batería; las frenadas pasan a ser un rif de guitarra; las voces de los transeúntes pasan a ser la voz del cantante de nuestra banda favorita. En definitiva, el mundo se torna más agradable.

Ensimismado, seguí camino luego de aumentar un poco el volumen. En ese momento empezaba a sonar la furia de Rage Against The Machine. Promediando el tema (mejor dicho, el gran tema) se me acerca una señora de cara extraña, se me para al lado y empieza a gesticular. En este momento cabe aclarar algo: sólo hay una cosa que me molesta más que me interrumpan una canción, y es que me interrumpan una GRAN canción. En fin… puse pausa, y sin disimular mi mal humor, dije: “¿Lo qué?”. “Una monedita”, me contestó con una voz que se diferenciaba muy poco del silencio absoluto.

No tenía monedita alguna, pero de haberla tenido tampoco se la hubiera dado por el sacrilegio que acababa de cometer esa señora de cara extraña y, como me pude dar cuenta después, de grotesca panza al viento.

Luego de negar con la cabeza, quité la pausa y puse a sonar la misma canción desde el principio. “Esta vez, hasta que no termine el tema, no me saco los auriculares ni pongo pausa”, me prometí. Ya estaba llegando a mi casa y la furia de Zach de la Rocha endulzaba mis oídos. La sensación era gloriosa y por demás placentera. No me importaba nada en ese momento. Ni el auto que doblaba, ni las dos señoras que miraban hacia donde yo estaba y hacia arriba simultáneamente, ni el portero de mi edificio que corría hacia mí moviendo los brazos. No me importaba nada.

El último grito de Zach fue la señal para que por fin pudiera quitarme los auriculares. En ese preciso momento, mientras despejaba mi oreja izquierda, una máquina de escribir cayó sobre mí y me aplastó la cabeza contra la vereda. Por los auriculares salpicados de sangre empezó a sonar la siguiente canción. La música, por más que nadie la escuche, sigue sonando.

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miércoles 23 de enero de 2008

La cita

Miraba hacia los costados cada cinco segundos. Era como automático. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y miraba hacia la izquierda. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y miraba hacia la derecha. Pero ella no llegaba. Un largo suspiro desnudó su impaciencia. Miró su reloj, se puso de pie y dejó un billete de 10 en la mesa. El gesto adusto de su rostro repelió al mozo que tenía intenciones de alcanzarle la bufanda que se había olvidado en la silla.

El viaje hasta su casa era largo y eso agitaba aún más su evidente malhumor. Pensó para sí que debía tranquilizarse, que seguro le había pasado algo y que por eso ella no había podido llegar a la cita. Inmediatamente después pensó que no, que no era la primera vez que lo dejaba plantado. “Apenas llego la llamo para decirle que esto no va más”, se dijo y caminó hacia la parada del 130. Se había tranquilizado un poco.

Pagó el boleto y se sentó en el último asiento de a uno. Por una hendija de la ventanilla se colaba un soplo de aire frío que le erizaba la piel. Intentó cerrarla pero no pudo. Insultó a alguien (ó a nadie) y se cambió al último asiento de a dos. Cerró los ojos y se dispuso a dormitar aunque sea unos minutos; ese día se había levantado a las 6 de la mañana para poder salir más temprano del trabajo y acudir a tiempo a la cita con Mariela.

Se despertó pocos minutos después. A su lado se había sentado una chica de singular belleza. Su rostro de perfil fue lo primero que vio al abrir sus ojos y eso le causó un agradable impacto. Una vez acomodado en el asiento comenzó a mirar, haciéndose el distraído, hacia el lado de su hermosa compañera. Todo le llamó la atención: sus ojos, su boca, su nariz, su tez, su pelo, pero sobre todo, su luz. “Disculpáme, ¿falta mucho para La Boca?”, le preguntó poniendo su mejor cara de ingenuo. “No sé, no soy de acá”, respondió ella con una sonrisa tímida y servil.

Quería entablar una conversación con ella, pero no sabía cómo hacerlo. Estaba inquieto, se hacía sonar los dedos y miraba para todos lados mientras ella seguía mirando hacia adelante, como si él no existiera, llena de paz y tranquilidad. “¿Qué frío, no?”, le dijo sin mirarla. “Yo estoy bien así”, sostuvo ella.

De repente se encontró solo en el colectivo. Pensó que se había quedado dormido y ya todos habían bajado, hasta su apática y hermosa compañera de asiento. Se bajó y llegó a su casa contrariado. Pensó en dejar el llamado para la mañana siguiente; estaba muy cansado y sólo quería dormir para soñar con la mujer del colectivo.

Ya era de día cuando se despertó. Por suerte era sábado y no tenía que ir a trabajar. Después de ir al baño y tomar un café, agarró el teléfono y marcó el número de Mariela. Del otro lado sonó una voz quebrada. “¿Mariela?”, dijo él, pero del otro lado sólo escuchaba “¿hola?” cada dos segundos. “Mariela, ¿me escuchás?”, dijo alzando la voz, pero la respuesta era la misma.

Decidió ir hasta la casa de Mariela. Por un lado, quería saber porqué lloraba y por el otro, decirle que ya no quería seguir estando con ella. Caminó por la avenida Patricios y llegó hasta la calle Defensa. Dobló y a la vuelta de la esquina una niña lo miraba detenidamente. La saludó, pero ella solo respondió con una sonrisa dulce, diáfana y calma. Un tanto extrañado siguió camino y al llegar a la puerta de la casa de Mariela, un hombre apoyado sobre una pared le llamó poderosamente la atención. Se parecía mucho al padre de Mariela, pero tenía algo diferente que no supo dilucidar en ese momento. El hombre le abrió la puerta de la casa con una sonrisa y lo invitó a pasar con un gesto elocuente.

Llegó hasta la habitación de Mariela y pudo ver que dormía. Se sentó en el borde de la cama y la observó. Una extraña fuerza estrujó su corazón y sintió deseos de llorar. Intentó controlarse, pero al mirar sobre la mesita de luz encontró la explicación a ese dolor y a todas las personas llenas de paz que vio durante el último día: el Clarín, abierto en la página 42, relataba su trágica muerte el día anterior por la mañana mientras se dirigía al trabajo.

Se secó las lágrimas, acarició el rostro de Mariela, besó sus labios y se acostó junto a ella.

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viernes 19 de octubre de 2007

Los sueños

Ella, sin pretenderlo, aparecía en sus sueños todas las noches. Al principio eran sólo imágenes pasajeras, intermitentes y breves, muy breves. Algunas semanas después, sus apariciones tomaron forma de secuencias de imágenes, como pequeñas películas que la mostraban sonriéndose o bailando. El tiempo fue perfeccionado esos sueños hasta convertirlos prácticamente en una realidad paralela, en una película de su vida donde ella era la figura principal.

Así, mientras algunas veces se encontraban en una playa del Caribe o quizás en la intimidad de una habitación de un hotel de Praga, comenzó a aplacar la angustia y el dolor que le procuraba su verdadera vida. Una vida que no le deseaba ni a su peor enemigo. Una vida que lo llevó al fondo de un oscuro pozo por demasiado tiempo, sin una luz, sin una esperanza. Pero un día se cruzó ella, con su belleza, su alegría y sus propios miedos.

Por primera vez sintió que él, un sucio cobarde como se llamaba a sí mismo en sus peores momentos, podía cuidar a alguien. Sintió que si dejaba de ser uno solo todo podía mejorar: de a dos todo tenía que ser más fácil. Ella, con su alegría de vivir, lo ayudaría a salir de su oscuro pozo y él, con todo el amor que acumuló por años, la ayudaría con sus miedos, la protegería. Pero la ponzoñosa vida, una vez más, le clavó su aguijón lleno de desilusión: ella, rebelde, no quería que la protegieran, no quería que la amaran.

No tuvo más remedio que llevársela a su mundo onírico. Era eso o perecer en el oscuro pozo y se tuvo la piedad suficiente (que algunos llaman lástima) como para querer sobrevivir, aunque el precio fuera vivir en un mundo hermoso pero irreal o la locura misma. Con el tesón de los que no tienen nada que perder, se propuso encontrar la manera de controlar sus sueños para poder estar con ella todo lo que quisiera.

Y al principio eran imágenes, luego secuencias y finalmente una realidad tan tangible que muchas veces se encontró con dificultades para distinguir una cosa de otra: una noche, estando abrazado a ella, sintiendo su suave respiración sobre su pecho, soñó que, inmóvil, yacía en el piso de su antigua casa. Creyó despertarse, pero ya no la abrazaba, sino que ambos bailaban alegres en la azotea de un edificio.

De pronto creyó soñar que hacían el amor sobre una gran cama blanca pero al despertar se encontró en los brazos de un perfecto desconocido. Al rato estaba con ella, saboreando sus ricos labios y su dulce cuello. Después se vio acostado en una camilla, conectado a mil cables, sintiendo un intenso dolor en su cabeza que lo llevó a soñar para olvidarse de esa incordiosa sensación. Y soñó, o creyó soñar, que ella, con lágrimas en sus ojos tristes, le pedía perdón.

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viernes 31 de agosto de 2007

El asalto

Juan observaba como un robusto hombre armado se acercaba a su víctima, un hombre pulcro y bien vestido de unos cincuenta y cinco años. Veía como, sigilosamente, el atacante emprendía su cobarde acto mientras el hombre contemplaba el río desde la costanera. Juan no atinó a hacer nada excepto observar. Quizás por miedo. Quizás por que no le importaba. Quizás por las dos cosas.

Miró su Rólex de oro, regalo de su querido padre, que marcaba las once en punto de la noche. En ese preciso momento el hombre era encañonado y su expresión de calma de hombre mirando el río desapareció. Ahora había miedo e impotencia en sus ojos. El robusto ladrón, pistola en mano, exigió sin decir una palabra las pertenencias de su víctima. El pulcro caballero sólo levantó sus manos.

Juan, sin otra intervención que la de su mirada, sintió como su corazón pugnaba por salir apresurado de su cárcel de huesos. Mientras, el delincuente hurgaba con violencia los bolsillos de su presa y, aparentemente, no encontraba nada que pareciera calmar su morbosa ansiedad.

Juan observó como el robusto hombre golpeó al pulcro caballero con la culata de su revólver calibre 32 y se estremeció. El pánico se apoderó de su cuerpo y comenzó a temblar. La víctima tomó su cabeza con ambas manos, como queriendo mitigar su dolor, pero sólo logró que se pintaran de rojo. El fornido asaltante estaba ido, y Juan, asustado.

La costanera seguía desierta y el viento hacía cobrar vida a la espesa hojarasca que decoraba el piso. La luz intermitente del farol le impedía a Juan observar con detalle todo lo que ocurría. Pudo ver, durante uno de los destellos, que el pulcro caballero estaba arrodillado.

-¿Porqué no intervenir?- pensó Juan. Pero algo en su interior le decía que no. Una poderosa y convincente voz lo llamaba a quedarse donde estaba. A no accionar. Las consecuencias de desobedecer esa voz podían ser letales, y Juan lo sabía, lo sentía. Y se quedó inmóvil, asustado, con la mirada en esas dos personas que luchaban por dos motivos bien diferentes.

El ladrón ayudó a su víctima a incorporarse y le susurró algo al oído. Juan pudo escucharlo claramente. –Me lo das o te mato- fueron las palabras. La respuesta fue en un tono aún más bajo. –Matáme- le dijo con cierta resignación y valentía. Entonces, al mismo tiempo, un segundo de penumbra y un disparo. El cuerpo del pulcro caballero se derrumbó sobre la hojarasca.

Un cimbronazo sacudió todo el ser de Juan. Sus ojos se abrieron hasta alcanzar su máxima amplitud y se iluminaron con la luz del farol. Arrodillado como cada vez que su alma no podía con la realidad, observó como el delincuente se alejaba corriendo y desaparecía en las tinieblas de la noche sin luna, dejando atrás el cuerpo de un hombre sin destino.

Juan se incorporó y se dirigió al pie del farol que seguía iluminando intermitentemente el cuerpo sin vida del pulcro caballero, pero al llegar, y luego de una nueva penumbra, sólo había una hojarasca mansa. No comprendió que sucedía, pensó que quizás todo había sido un sueño, una alucinación. Recién entonces pudo calmarse.

Miró sus perfectas uñas y frotó sus limpias manos. Sopló dentro de ellas para calentarlas un poco y, antes de guardarlas en sus bolsillos, miró su Rólex, regalo de su querido padre, que marcaba las diez y cincuenta y nueve. Calmo, se puso a mirar el río. Entonces escuchó unos pasos que se acercaban.

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viernes 3 de agosto de 2007

Tres horas y un llamado

Pasaron dos horas desde que se había sentado a esperar el llamado. Sesenta minutos de incertidumbre y sesenta minutos de desesperación. Se levantó y encendió un cigarrillo. En ese preciso instante quebró tres años de abstinencia al tabaco, pero ni pensó en ello cuando dio la primera pitada.

La poca calma que había logrado obtener se fue consumiendo conforme el cigarrillo se iba transformando en cenizas. Levantó el tubo para constatar que tenía tono. Y tenía.

Se sentó nuevamente y trató de pensar en otra cosa. Un recuerdo feliz quizás ayudara, pero su mente solo tenía lugar para el llamado inminente. Comenzó a mover los pies a un ritmo cada vez más furioso. Prendió otro cigarrillo y sus pies se tranquilizaron un poco.

Las colillas fueron poblando el gran cenicero de bronce con forma de mosca hasta llegar a veinte. Al costado, abollada, estaba la caja blanca y roja de Marlboro y un poco más allá, el encendedor verde se reflejaba en el portarretratos.

Cincuenta y nueve incordiosos minutos más pasaron. El teléfono seguía teniendo tono y él, cada vez menos paciencia. Una pistola gris de oscuro pasado pasó a ocupar el lugar del particular cenicero.

El reloj de pared marcó las doce en punto. Sonó un disparo y al segundo, el teléfono inundó el silencio de la pequeña habitación de dos puertas y una ventana con su chirriante sonido.

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domingo 22 de julio de 2007

El enigma de sus ojos

Su nombre fue el primero que memorizó. Sus ojos, esquivos al principio, le resultaron enigmáticos y al mismo tiempo, dulces como el almíbar. Su figura lo provocaba con cada movimiento. Su sonrisa se había impregnado en todos sus pensamientos, en todos sus sueños. Y su voz lo terminó de conquistar.

No había pasado un mes desde que la vio por primera vez y ya quería de ella más de lo que había querido de ninguna otra. Conquistarla, sabía, iba a ser una tarea poco más que complicada. Ella transmitía seguridad en cada paso, en cada exhalación. Tener a cualquier hombre a sus pies era cuestión de un simple sonar de sus dedos. Su belleza, por momentos descomunal, era la perdición de cada uno de los hombres en cuyo espectro visual aparecía.

Ella se acercaba haciendo uso de su natural y seductor contoneo. Era la oportunidad propicia para hablarle.Tenía que atraverse, pero el demonio de la timidez lo azotó, como lo azotaba desde que tenía uso de razón. Miró directamente a los ojos de ella y anheló saber, una vez más, que había detrás de esas hermosas gemas, llenas de brillo y de misterio.

Su corazón intentaba escaparse del tórax cuando amagó a hablar, pero el nudo que tenía en la garganta estaba demasiado tenso. Excepto ella, nadie alrededor pareció darse cuenta de su infortunio. Con una mueca en la comisura de sus labios se acercó a él, tomó su cara con sus cálidas manos y lo besó. Sus ojos se cerraron.

Transcurrieron tres segundos, ó diez, ó quizás sesenta. El nunca lo supo. Lo que sí supo, un segundo antes de morir, fue lo que escondían esos hermosos ojos de color otoño.

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viernes 29 de junio de 2007

La camisa

Cuando Carlos escuchó que su interrogador le dijo a un subordinado: “Este no quiere cantar, le vamos a tener que poner la camisa de los condenados” sintió que un frio unsoportable le recorría la espalda. Por primera vez en su vida sintió miedo. Miedo del verdadero. Ese miedo que nubla los pensamientos, ese miedo que hace más difícil poder respirar, ese miedo que acelera las pulsaciones del corazón hasta creer que va a explotar.

“¿Cómo llegué hasta aquí?”, pensó una vez que se resignó a aceptar su destino. O el destino que su torturador había elegido para él. No encontró una respuesta, sabía que nunca había caminado ni siquiera cerca del otro lado de la línea que divide lo que está bien de lo que está mal. Sabía que nunca había expresado sus ideas políticas a otra persona que no fuera María, su esposa. Tenía que ser un error, pero ya no importaba. Sabía que iba a morir.

Comenzó a pensar en María. Pensó en su negro y largo cabello lacio, pensó en sus ojos achinados. Recordó su generosa boca y la deseó. Lloró. Lloró al pensar que ella pudiera estar en otra sucia y oscura celda, con otro sucio y oscuro torturador. El pánico se apoderó de su cuerpo y lo hizo arrodillar. Le hizo preferir la muerte a seguir pensando en el destino de María, su hermosa esposa.

La voz de su torturador lo despertó sobresaltado: “Levantáte hijo de puta”, dijo. Comenzó a temblar de miedo, nuevamente. Sintió como alguien lo levantaba tomándolo desde atrás. La venda negra que tenía en sus ojos se corrió, pero nada pudo ver: sus ojos estaban desacostumbrados, no habían visto nada por treinta días. “Vos, ponele la camisa de los condenados y lleválo al paredón a éste zurdo de mierda”, dijo el torturador.

Alguien le dio una camisa y una orden: “Ponéte esto”. Tembloroso obedeció. Al intentar calzar su brazo izquierdo, se le escapó por una agujero de la prenda. Lo mismo que le sucedía con la camisa que llevaba puesta el dia que lo detuvieron en el ingenio donde trabajaba. Intentó nuevamente y pudo ponérsela, pero la etiqueta del cuello le picaba, igual que la camisa que llevaba puesta el dia que lo detuvieron en el ingenio donde trabajaba. “Esta no es la camisa de los condenados, esta es mi camisa”, pensó y dejó de sentir miedo.

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