tag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-4772562489335299232008-02-01T17:10:00.000-02:002008-02-01T17:20:47.480-02:002008-02-01T17:20:47.480-02:00La furia contra la máquina<span class="dropcaps">Y</span>ou’ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that; you´ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that shit”, sonaba en mis auriculares cuando de repente vi unos ojos que me miraban y más abajo, una boca que se movía sin emitir sonido alguno. Me detuve, me quité uno de los auriculares y con cara de semi-fastidio pregunté: “¿Lo qué?”. Esta vez, de manera audible, la boca me dijo: “¿No sabés dónde queda la calle Balcarce?”. Mi boca, después de masticar bronca, le dijo: “Si, seguí derecho dos cuadras más”. Insultando para mis adentros me volví a colocar el auricular y alcancé a escuchar un “gracias” muy lejano.<br /><span id="fullpost"><br />¿Qué sería del mundo sin la música? No me lo puedo imaginar sinceramente. ¿Sirve la música si nadie la escucha? Esa es una pregunta bastante pelotuda. ¿Hay música buena y música mala? En principio diría que no, que es una cuestión de gustos, pero luego, cuando a mis oídos llega la melosa voz de Luis Miguel, o los alaridos de Alejandro Sanz, o millones de otras melodías, digo si: hay buena música (la que escucho yo) y música mala (el resto).<br /><br />El mundo, o lo que sea que vemos mientras caminamos por las calles, se percibe diferente si está musicalizado. Toma otro matiz, otro color. Es como una película a la que le ponemos nuestra propia música, la música que más nos gusta. Así, los bocinazos pasan a ser golpes de bombo de batería; las frenadas pasan a ser un rif de guitarra; las voces de los transeúntes pasan a ser la voz del cantante de nuestra banda favorita. En definitiva, el mundo se torna más agradable.<br /><br />Ensimismado, seguí camino luego de aumentar un poco el volumen. En ese momento empezaba a sonar la furia de Rage Against The Machine. Promediando el tema (mejor dicho, el gran tema) se me acerca una señora de cara extraña, se me para al lado y empieza a gesticular. En este momento cabe aclarar algo: sólo hay una cosa que me molesta más que me interrumpan una canción, y es que me interrumpan una GRAN canción. En fin… puse pausa, y sin disimular mi mal humor, dije: “¿Lo qué?”. “Una monedita”, me contestó con una voz que se diferenciaba muy poco del silencio absoluto.<br /><br />No tenía monedita alguna, pero de haberla tenido tampoco se la hubiera dado por el sacrilegio que acababa de cometer esa señora de cara extraña y, como me pude dar cuenta después, de grotesca panza al viento.<br /><br />Luego de negar con la cabeza, quité la pausa y puse a sonar la misma canción desde el principio. “Esta vez, hasta que no termine el tema, no me saco los auriculares ni pongo pausa”, me prometí. Ya estaba llegando a mi casa y la furia de Zach de la Rocha endulzaba mis oídos. La sensación era gloriosa y por demás placentera. No me importaba nada en ese momento. Ni el auto que doblaba, ni las dos señoras que miraban hacia donde yo estaba y hacia arriba simultáneamente, ni el portero de mi edificio que corría hacia mí moviendo los brazos. No me importaba nada. <br /><br />El último grito de Zach fue la señal para que por fin pudiera quitarme los auriculares. En ese preciso momento, mientras despejaba mi oreja izquierda, una máquina de escribir cayó sobre mí y me aplastó la cabeza contra la vereda. Por los auriculares salpicados de sangre empezó a sonar la siguiente canción. La música, por más que nadie la escuche, sigue sonando.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.com2