tag:blogger.com,1999:blog-70915058634602856272008-08-12T10:20:32.776-03:00DENTRO DEL PERRO.comLeonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comBlogger35125tag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-52708585002816635782008-07-29T14:25:00.002-03:002008-07-29T14:27:10.242-03:00The Truman Show<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp3.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SI9Swl8wKgI/AAAAAAAAAA0/ebmkVutClyI/s1600-h/marilyncapote.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp3.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SI9Swl8wKgI/AAAAAAAAAA0/ebmkVutClyI/s400/marilyncapote.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5228488687174560258" /></a><br /><br /><span class="dropcaps">P</span>ara retratar a una persona, ¿existe mejor manera que adentrarse en su círculo íntimo y conversar abiertamente con ella, como de amigo a amigo? Si una vez logrado esto se cuenta con la destreza periodística y literaria de Truman Capote, la calidad del perfil obtenido estará garantizada. Y esto es lo que pasa con Retratos: todos los perfiles del libro son de una calidad prácticamente inmejorable.<br /><span id="fullpost"><br />Capote, con su prosa directa, ágil y clara, desnuda a varias celebridades norteamericanas de los años cincuenta sin detenerse a pensar en sí debería o no publicar tal o cual confidencia obtenida durante las entrevistas con esos famosos personajes. <br /><br />Retratos está dividido en dos partes; en la primera se incluyen extensos perfiles de Marlon Brando, Cecil Beaton, Elizabeth Taylor, Marilyn Monroe y Tennessee Williams, personalidades con las que mantuvo contacto directo para poder llevar a cabo sus perfiles. En la segunda parte, llamada Observaciones, los retratos son radicalmente más breves, donde, en algunos casos, Capote ni siquiera estuvo personalmente con los retratados y sólo se limitó a expresar subjetivas connotaciones sobre ellos. Observaciones incluye perfiles de personalidades como Charlie Chaplin, Pablo Picasso, Coco Chanel, Louis Armstrong y Humphrey Bogart entre otros.<br /><br />Una frágil y tierna Marilyn Monroe (“una adorable criatura”), una culta y bella Elizabeth Taylor, un tristísimo Tennessee Williams y un alcohólico y ambicioso Richard Burton forman parte del universo de Retratos.<br /><br />Los perfiles están llenos de jugosas anécdotas y divertidas entrevistas que hablan de los personajes (y personas) y, ¿por qué no?, del mismísimo Capote.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-82067362340408675502008-06-25T15:13:00.002-03:002008-07-08T11:42:39.911-03:00La música, ella y el gato<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SGKMfbTj56I/AAAAAAAAAAs/3g0dsklk8jQ/s1600-h/Pierre%2BBONNARD-mujer%2Bcon%2Bgato.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SGKMfbTj56I/AAAAAAAAAAs/3g0dsklk8jQ/s400/Pierre%2BBONNARD-mujer%2Bcon%2Bgato.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5215885789982091170" /></a><br /><span class="dropcaps">N</span>i bien llegaba a sus oídos alguna canción de Nightwish, o escuchaba la dulce voz de Tarja, un terremoto de recuerdos y pensamientos tenían epicentro en su cabeza de inmediato. Y en todos aparecía ella, con su sonrisa, con su alegría. No se podía librar de esas imágenes por más que quisiera, aunque de todas formas no quería. <br /><span id="fullpost"><br />Esa sensación que recorría sus venas era indescriptible. Para un hombre frío como él, que le pasara esto era demasiado placentero. Le recordaba que todavía estaba vivo, que todavía sentía. Se preguntaba si a ella le pasaría lo mismo con cada canción de Nigthwish, pero se respondía automáticamente que no, que era una locura.<br /><br />Llegó a su casa a eso de las diez. El gato salió a saludarlo sin demasiada efusividad, más por interés que por otra cosa. Todas las noches lo mismo: llegar, alimentar al gato, bañarse, cenar, leer y dormir. Esa noche decidió variar; hacía mucho que no escuchaba a Nightwish. Dejó el libro en la misma página que cuando lo había agarrado y buscó su disco preferido. Play.<br /><br />Se dejó caer en la cama hacia atrás. Tapó sus ojos con su antebrazo derecho y se tomó la panza con la mano izquierda. Ella no tardó en invadir la oscuridad. Apareció con su sonrisa e iluminó su espectro y la sensación que nunca pudo describir se apoderó de todo su ser. Stop.<br /><br />Se levantó con los ojos humedecidos. Hacía mucho tiempo que esa humedad no hacía borrosa su realidad. El gato lo miraba con desconfianza desde el rincón de la habitación mientras él se dirigía al baño. Se lavó la cara, se miró al espejo y no le gustó lo vio. Volvió a la habitación. Tomó el libro y se acostó. Miró al gato que ni siquiera le prestaba la mísera atención de antes. Suspiró, apagó la luz del velador y se quedó con el libro en las manos, mirando hacia la ventana.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-28560244849046742982008-06-20T12:55:00.003-03:002008-06-20T13:05:40.008-03:00Los responsables del hambre<a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp0.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SFvVDsYNF2I/AAAAAAAAAAk/sWxn7ceSM4w/s1600-h/leche_dyn_1.jpg"><img style="display:block; margin:0px auto 10px; text-align:center;cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp0.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/SFvVDsYNF2I/AAAAAAAAAAk/sWxn7ceSM4w/s400/leche_dyn_1.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5213995253040486242" /></a><br /><span class="dropcaps">P</span>ocas imágenes indignan más que la de un camión derramando cientos de miles de litros de leche al costado de una ruta. Pero la indignación crece aún más cuando los responsables de ese derramamiento se jactan de ser el pueblo, o de trabajar para él.<br /><span id="fullpost"><br />Por un lado están los señores dueños de la tierra en Argentina, y por el otro el gobierno nacional. Ni unos ni otros hacen lo mejor para el pueblo, sino que tratan de demostrar quién es el más fuerte en esta contienda de poder.<br /><br />De parte de la Sociedad Rural Argentina (SRA) no se podía esperar otra cosa, ya que históricamente representó a la vieja oligarquía terrateniente y sus intereses. No se conforma con las estupendas ganancias logradas a costa del esfuerzo de todo el país.<br /><br />La SRA defiende a los 936 dueños de más de 35 millones de hectáreas, es decir, casi el total de la superficie cultivable (según el Censo Agropecuario 2002).<br /><br />Lo que llama un poco la atención es la postura de la Federación Agraria Argentina (FAA) quien, supuestamente, defiende los intereses de los pequeños y medianos productores. ¿No debería la FAA reclamar tierras, poner límites a la extensión de los latifundios, recuperar suelo extranjerizado? ¿No debería limitar la expansión de la sojización, que destruye la tierra, que deforesta, que erradica otros cultivos importantes? ¿Por qué no cuestiona el lugar que ocupan Cargill, Monsanto, Dreyfus, etcétera, empresas que se llevan la porción más grande de la torta del agro?<br /><br />Sin dudas el conflicto del campo está generando problemas de diversa índole en el país, como el desabastecimiento, el aumento de precios y demás, y sin embargo el gobierno, en vez de solucionar los problemas de raíz toma la bandera de las retenciones y la quiere plantar en un terreno que lo declare ganador indiscutido de la disputa.<br /><br />¿No debería el gobierno nacionalizar el comercio exterior de granos y carnes, promover créditos baratos y subsidios a los pequeños productores, reforestar las superficies devastadas por la sojización?<br /><br />Hoy, quienes hacen sonar sus cacerolas de primera marca y las bocinas de sus 4x4, y cortan las rutas con sus maquinarias de 300 mil dólares cada una, quieren hacer creer que el campo es uno sólo, que el campo es el pueblo, que el campo es el motor de la nación, y la verdad es que nada está más lejos de eso.<br /><br />El Movimiento de Campesinos de Santiago del Estero da un ejemplo más que claro: “Sólo por arrendar 300 hectáreas el propietario recibe un ingreso parásito (sin invertir ni arriesgar un solo peso) de 180.000 dólares o unos 570.000 pesos por ciclo sojero. Esa descomunal masa de dinero, imposible de obtener en cualquier otra actividad productiva -y ese es el diseño multinacional para paralizar nuestra reindustrialización- no se destina a mano de obra, ni inversiones productivas, a excepción de algunas cosechadoras o maquinarias importadas de altísimo costo y muchas veces renovadas innecesariamente, sólo por poseer la máquina ’0 km’.<br /><br />“Sí se invierte en varias camionetas 4x4 por familia (hasta 6-7 en algunas), en casas suntuarias, en edificios de renta y en gatos finos que ahora hacen su aparición en las localidades de la cuenca sojera, para beneplácito de los productores. Por el contrario, los capataces son echados, indemnizados y transformados en contratistas cuentapropistas con lo cual el terrateniente dispone de las labores sin arriesgar un solo peso, sin incluir costo social alguno y sin tener que poseer un parque de herramientas de alto costo y nivel de mantenimiento, que lo obligaría a tener mano de obra permanente.<br /><br />“A eso se suma que la mayoría no paga impuestos o lo hace por actividad ganadera y no agrícola, con tasas irrisorias de impuesto inmobiliario, y que las multinacionales exportadoras pagan impuestos en función de declaración jurada, se comprenderá que la sojización deja muy poca riqueza real, valor agregado productivo en la sociedad argentina.<br /><br />“A su vez, los trabajadores rurales son echados sin indemnización y contratados en negro cuando se los necesita, muy poco tiempo por cierto. El hecho que las dos terceras partes de los trabajadores vinculados a la sojización trabajen en negro, tiene que ver a su vez con las necesidades un negocio que evade impuestos o se realiza mayoritariamente en negro. De allí la necesidad casi imperiosa para la economía nacional, de apropiarse de esa renta suntuaria e ilegítima en beneficio de la nación”.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-6337244118146610292008-05-30T17:56:00.004-03:002008-05-30T18:03:23.381-03:00Indomable<span class="dropcaps">D</span>ueño de un humor mordaz, ácido e irónico, Roberto Pettinato impuso un estilo en la televisión argentina. Sus cabellos pasaron por los más diversos colores y hasta llegó a usar un casco que simulaba el peinado de Gokú, un dibujo animado japonés. Afirma que se lava el pelo con el champú de su perra. “Fue el único champú que me dejaron libre. Tampoco creo que se caiga. Mi perra lo tiene entero”, se defiende.<br /><span id="fullpost"><br />Es un coleccionista muy particular: posee más de 150 trajes, uno más extravagante que el otro, que suele vestir en cada aparición pública. “(Mauricio) Macri siempre me elogiaba los trajes”, dice cuando alguien le pregunta por ellos. También colecciona zapatos, figuritas, discos, revistas y objetos extraños. “Lo más raro que tengo es una cabeza de jíbaro”, sostiene orgulloso.<br /><br />Pettinato es una persona inquieta que necesita estar haciendo cosas todo el tiempo. Duerme no más de cinco horas por día y necesita de cinco almohadas para hacerlo placenteramente. A lo largo de su vida encaró decenas de proyectos en diferentes áreas, desde la música (fue saxofonista de la legendaria banda de rock Sumo) hasta la televisión (ganó el Martin Fierro 2006 por la mejor conducción masculina), pasando por la literatura, la edición de una revista, la escritura de columnas de humor y hasta la conducción de programas de radio.<br /><br />Posó desnudo para la tapa de uno de sus discos y fue objeto de burlas en el país y en México. “Era Photoshop”, dice con una sonrisa de oreja a oreja cuando le recuerdan el tema.<br /><br />Sostuvo fuertes peleas con Luis Majul, Mario Pergolini y Marcelo Tinelli, entre otros personajes del medio, y en cada una de esas peleas mantuvo la chispa y el buen humor, salvo cuando se agredió a su familia. “Te destruyo si te metes en mi intimidad, con mis hijos o en el útero de mi esposa”, amenazó públicamente al conductor de Caiga Quien Caiga.<br /><br />Trató siempre de cuidar su vida privada, pero igual no pudo evitar que trascendiera la escandalosa separación de su segunda esposa, quien lo denunció por violencia familiar y adulterio. Superado éste trago amargo de su vida, se casó nuevamente. La elegida fue la artista plástica Karina El Azem, después de tan sólo siete meses de noviazgo. Al casamiento por civil fueron invitadas ocho personas, entre las cuales no se encontraban sus hijos.<br /><br />Roberto Pettinato, quien no hace mucho pasó la barrera de los cincuenta, no cree en la reencarnación. “No creo en el cielo vendido por los católicos, ¡pero es mejor que tener que volver a la Tierra!”, manifestó en uno de los últimos reportajes que dio.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-55036927604126934152008-05-05T10:54:00.001-03:002008-05-05T10:56:05.782-03:00La Chivichana<span class="dropcaps">N</span>i bien aterricé en Cuba tuve la sensación de estar en otro mundo. Ni mejor ni peor. Otro. Era como haber viajado a través del tiempo. Y desde chico me atraía la idea de viajar a través del tiempo. La Habana me asombraba a cada paso. Me mantenía expectante, ansioso, alegre. Alegre como casi todos los cubanos y cubanas con los que me cruzaba a diario por los recovecos de la ciudad.<br /><span id="fullpost"><br />Las sensaciones iban mutando conforme me trasladaba por la isla, por los diferentes mundos que había dentro de ese otro mundo. Una cosa era estar en las bellísimas playas de los cayos del sur y chapotear en el Mar Caribe, y otra muy distinta era caminar por La Habana Vieja a la nochecita y tomarse un mojito en algún bar pintoresco.<br /><br />Pero el mundo que más me impactó fue el de las afueras de las ciudades, lejos de los centros turísticos. El mundo de los guajiros, unos simpáticos campesinos, llenos de vida y de anécdotas de diferente verosimilitud. Las cuentan con tanta gracia y con tanta transparencia que es imposible determinar cuáles se ajustan a la verdad y cuáles no.<br /><br />Todos y cada uno de los guajiros con los que me cruzaba, al enterarse de mi argentinidad, me hablaban del Che, de Maradona, de Fangio. Y otros se interesaban por el camino político de la nación que me vio nacer. Sabían de lo que hablaban. Muestra de ello es que citaban apellidos y fechas como si hubieran viajado junto a nosotros en la montaña rusa nacional por bastante tiempo.<br /><br />No podía apartar mi atención de ellos por nada del mundo. Me interesaba lo que me contaban, me interesaba lo que hacían, lo que cantaban, todo. Hubiera necesitado un buen sopapo para salirme de ese mundo, pero no hubiera tardado más de un minuto en regresar a él nuevamente. Recuerdo esos días como de los más alegres de mi vida.<br /><br />Juan, un guajiro de sonrisa despoblada, bigotes finos y amplio sombrero, me hablaba del periodo especial, de Fidel, de la Revolución y yo me sentía un chico al que su abuelo le está contando un cuento fantástico. Hubiera dado lo que sea por tener esa capacidad de atrapar la atención de, aunque más no sea, un argentino que ha vivido poco y nada en un aburrido barrio de Buenos Aires.<br /><br />“¿Tuvo la ‘opoltunidad’ de viajar en camello?”, me preguntó. Sabía a qué se refería por camello: una especie de camión, cuyo acoplado es un vagón gigante con dos jorobas que se usa en La Habana para trasladar a la gente. Como los colectivos de Buenos Aires, pero diferente. Le respondí que no, pero que los conocía. “Esa es una buena experiencia para los turistas”, afirmó al conocer mi respuesta, y agregó: “Pero, todavía mejor, es viajar en chivichana”.<br /><br />No sabía lo que era una chivichana. Jamás había oído esa palabra siquiera. Le pedí que por favor me contara de qué se trataba. “No amigo, la tiene que ‘vel’ usted mismo, con sus propios ojos, y ‘montala’ ”, me respondió, arrastrando mucho la letra ele de la última palabra. Estaba intrigado. No sabía bien que era, pero quería viajar en chivichana. Además la palabra me resultaba simpática. No podía ser tan malo.<br /><br />La casa de Juan era bastante humilde: techo de chapa, paredes que acusaban el paso del tiempo y una precaria puerta de madera. Sobre el lateral de lo que nosotros llamaríamos ‘rancho’, decenas de cachivaches luchaban por alcanzar la cima de la montaña que ellos mismos formaban. En la entrada, el perro Fulgencio III descansaba como era su costumbre. Por ahí lo vi volver a Juan, con algo bastante grande en sus manos.<br /><br />“Esta es la chivichana mi amigo”, me dijo sonriente. Era una especie de patineta de madera con cuatro ruedas metálicas. Tenía una parte para apoyar la cola, y otras dos, movibles, para apoyar los pies. Como si se tratara de un karting, pero ‘a la cubana’. No pude resistir la tentación de montar ese llamativo vehículo.<br /><br />Para llegar hasta la casa de Juan tuve que subir a través de calles asfaltadas y zigzagueantes. Para bajar, nada mejor que la chivichana, pensé. Y efectivamente para eso la usaba Juan cuando tenía que ir hasta abajo por algún motivo. Ya sea para trasladar los frutos de la tierra que él mismo trabajaba, o para ir a buscar algo tan simple como el pan de cada día.<br /><br />Me fui hasta la calle. La pendiente lucía peligrosa pero atrapante. Juan me dio algunas indicaciones que no escuché por mi estado de excitación. Puse la chivichana en el suelo, apoye mi cola, luego mis pies y finalmente me largué cuesta abajo. Ni bien empecé a tomar velocidad pude escuchar el grito jubiloso de Juan. La sensación era maravillosa. El viento hacía flamear mi pelo. Desgraciadamente no supe doblar y vi la curva alejarse de mi trayectoria cuando de repente salí despedido, producto de la frenada automática de mi chivichana al transitar el espeso pastizal.<br /><br />Quejándome del dolor, pero sonriente, vi venir a Juan corriendo hacia mí, entre preocupado y divertido. Al llegar nos reímos juntos por largo rato. A pesar de las lastimaduras en mis manos y rodillas, estaba contento: había viajado en chivichana y no conocía a muchos que pudieran decir lo mismo.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-35522997901041702672008-04-23T11:06:00.001-03:002008-05-03T11:14:23.747-03:00La bestia pop<span class="dropcaps">M</span>arta Minujín no se pone colorada al auto proclamarse una adelantada para la época, una pionera o una arciana (habitante del planeta llamado Arte). Ni siquiera le tiembla la voz cuando se compara con Mozart o Bach. “Soy absolutamente genial”, dispara como para que no queden dudas sobre cómo se considera a sí misma ésta artista que ya lleva toda una vida dedicada a escandalizar con sus realizaciones, ya sea para bien o para mal.<br /><span id="fullpost"><br />Su cabellera varía siempre entre el blanco platinado y el rubio, pero sus ojos casi siempre están ocultos bajo los cristales de los más excéntricos anteojos. “Los uso como maquillaje, si no quiero que me reconozcan, me los saco”, asegura y tiene razón. Sin ellos no es Marta Minujín, por más que su mirada sea tan poco convencional como ella misma.<br /><br />Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero había algo que no la conformaba a pesar de obtener excelentes calificaciones. “Me sacaba diez, diez, diez, ganaba premios, pero lo que me interesaba era ser de vanguardia”, afirma. Se casó a los 16 años por amor y todavía sigue casada con la misma persona: el economista Juan Carlos Gómez Sabarini. “Viaja por el mundo, hace contratos, es muy inteligente. Le encanta mi locura”, dice cuando se le pregunta por él.<br /><br />Una clara muestra de la locura que tanto le gusta a su esposo Juan Carlos puede ser la vez que le pagó la deuda externa a Andy Warhol, pero no precisamente con verdes billetes. “Se lo propuse en el ’85. Fui a su casa de la calle 34, llevé choclos (para mí el maíz es el oro latinoamericano), hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos. Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga”, cuenta.<br /><br />Fua considerada por muchos como la Andy Warhol argentina, pero a Marta Minujín le gusta aclarar: “Fuimos idénticos, pero nunca nos copiamos. Como él, vivo dentro del arte y creo en el arte para todos y en su diversidad. Eso es lo que nos identificaba: el mismo espíritu, el pop, que sigue vivo”.<br /><br />Quizás arte sea la palabra que más veces haya pronunciado en su vida, no sólo porque es su leit motiv, sino además porque la suele repetir tres veces seguidas cada vez que la necesita. Cómo en febrero de 2004, cuando fue detenida en el aeropuerto internacional de Ezeiza por posesión de tres sobrecitos con cocaína. “Arte, arte, arte”, decía una y otra vez ante el acoso de los periodistas.<br /><br />Su detención no fue sólo una anécdota en su vida. “Me hizo muy bien, porque dejé totalmente todo, todo. Fue maravilloso, seee. Porque era una dependencia absurda, horrible, que te corta todo. Estaba perdiendo el tiempo. Ahora no tomo alcohol, no tomo drogas, no tomo nada. Hoy, como cuando empecé, mi único vicio es el arte”, afirma y busca cambiar rápido de tema, a uno más alegre, más Minujín.<br /><br />Pensó en suicidarse en vivo en directo por televisión, pero luego abandonó la idea. Como también abandonó la idea de fundar Minujínlandia. “Sería como Disneylandia, pero todo de arte, una maravilla. Que me pongan cien millones de dólares y obreros capacitados y haría cosas maravillosas. Arte divertido”, afirma, pero no tiene el dinero suficiente, porque el que gana lo vuelve a invertir en la realización de sus próximas obras. De hecho vive prácticamente del canje. “Al restaurante le doy una escultura mía que vale 5 mil dólares y tengo cuenta abierta; a la tintorería, le doy una cabecita de 500 pesos; al taxi le pinto el vidrio”, relata divertida e hiperquinética, como cada vez que cuenta sus anécdotas.<br /><br />Precursora del los happenings (obras de arte interactivas, con mucha participación del público) en sudamérica, llamó la atención del circuito con sus creaciones: el obelisco de pan dulce, el Carlos Gardel de fuego, la Venus de queso, y la obra que impactó hasta el mismísimo rey del pop-art: el Partenón de libros, realizado con ejemplares prohibidos durante la última dictadura que vivió el país que la vio nacer hace 65 años.<br /><br />Son muchos los calificativos que caben en la personalidad de Marta Minujín. Adelantada, pionera y genia son sólo algunos.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-41641240188474880662008-04-04T12:25:00.000-03:002008-04-04T12:26:39.924-03:00Elisa 1.0 Robot Sexual<span class="dropcaps">C</span>uando me pidieron que construyera un robot sexual, los extraños ejecutivos de Axis fueron poco precisos: “queremos que se convierta en la compañía ideal del hombre”. ¿Qué hombre?, pregunté yo y todos ellos, al unísono, respondieron con carcajadas y unas cuantas palmaditas en mi omóplato izquierdo. Pero yo lo preguntaba en serio, y ahora voy a contar porqué.<br /><span id="fullpost"><br />¿Todos los hombres tienen el mismo gusto acaso? Como sabemos, hay quienes las prefieren rubias, morochas o negras. Están también quienes les gustan flacas, rellenitas o gordas. Pero no nos olvidemos de aquellos a quienes no le gustan las mujeres directamente: están los homosexuales, los zoofílicos y hasta los que se excitan penetrando un matambrito de cerdo tiernizado.<br /><br />Entonces, ¿cómo podría yo, un simple ingeniero en robótica, construir al robot que tuviera que transformarse en la compañía ideal del hombre? No me quedó otra que basarme en mis gustos y en los de mi equipo de trabajo: Yasuhito Miyamoto, Koji Nakamura, Miro Tsuboi y Takashi Zaratrusta, hijo del presidente de Axis. Juntos emprendimos una ardua tarea que nos llevó catorce meses.<br /><br />Los primeros dos meses fueron tranquilos. Prácticamente no hubo desacuerdos en la realización de los planos técnicos del robot. Sin embargo, la cosa se empezó a complicar a partir del tercer mes cuando Elisa 1.0 empezaba tomar forma. Mientras Yasuhito y Takashi se peleaban por el puesto de testeador de ciertas acciones motrices del robot, Miro perdió el 15 por ciento de su lengua al querer hacer un chiste con un prototipo de una vagina neumática.<br /><br />A pesar de no poder hablar, Miro no quiso apartarse del proyecto. El puesto de testeador quedó en manos de Takashi, luego de que Yasuhito sufriera un horrendo accidente al quedar atrapado en la cinta transportadora que va a parar al soldador eléctrico. A pesar de la baja, continuamos trabajando en Elisa 1.0 sin descanso prácticamente.<br /><br />Para el quinto mes ya teníamos el esqueleto del robot funcionando perfectamente. Las exhaustivas y prolongadas pruebas realizadas por Takashi rindieron sus frutos: bien valieron la penas las ojeras obtenidas, manifestó cuando le pregunté, preocupado al ver su desgastado aspecto. Según Koji, Takashi llegó a pasar hasta 14 horas seguidas probando el motorcito de la lengua de Elisa 1.0.<br /><br />Por su parte, Koji, que en un principio se había encargado del aspecto emocional del robot, también realizó pruebas a la resistencia de las articulaciones de las manos. Sus ojeras, hacia el final del proyecto, adquirieron un color negruzco bastante llamativo. Yo, gracias a mi experiencia en el campo de la inteligencia artificial, me encargué del cerebro de Elisa 1.0 y puedo decir, sin falsa modestia, que logré un trabajo sorprendente.<br /><br />Para el mes catorce teníamos todo listo: un robot sexual femenino que obedecía órdenes, no hacía cuestionamientos, cumplía todas las fantasías de su dueño con increíble ductilidad y además, como si esto fuera poco, era totalmente configurable en cuanto a su aspecto físico. También se le incorporaron funciones extra sexuales, es decir, Elisa 1.0 podía contar chistes, hacer las cosas de la casa sin quejarse, llevar una ordenada contabilidad casera y hasta podía guardar en su memoria la programación televisiva de todos los eventos deportivos del mes, entre otras cosas.<br /><br />Un viernes por la tarde entregamos el producto terminado a los ejecutivos de Axis junto con un detallado manual de instrucciones. Nos dijeron que lo iban a probar durante el fin de semana y que el lunes tendríamos una respuesta para empezar la producción en serie. Mi equipo y yo, confiados por el trabajo realizado, nos fuimos a festejar a un conocido pub de Tokio.<br /><br />El lunes temprano recibimos la visita de los ejecutivos, pero para nuestra sorpresa, la respuesta no fue la que esperábamos. No sólo no aprobaron el producto, sino que además nos adjuntaron una lista de todas las modificaciones que debíamos realizar para una nueva versión ya que Elisa 1.0, según propias palabras del presidente de Axis, “atentaba contra la especie humana”.<br /><br />Indignado me apersoné en la oficina del mismísimo Kei Zaratrusta, ubicada en el último piso del rascacielos Yamamoto y le exigí explicaciones. Me contestó: “Elisa iba a ser un éxito de ventas. Pero yo, que me considero un hombre de Dios, no puedo permitir la extinción de la especie humana. ¿Para qué querría un hombre a una mujer si pudiera disponer de una Elisa así tal cual usted la concibió? Se acabaría el coito procreador para siempre estimado colega”.<br /><br />Así habló Zaratrusta, y con un movimiento de brazo me invitó a salir por donde había entrado. Bajé los 236 pisos por el ascensor hasta mi oficina totalmente anonadado. Todavía quedaban hombres con principios, pensé y me fui a tomar un vermú con la Yamila.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-79806798579654709132008-04-01T11:52:00.002-03:002008-04-01T11:53:58.498-03:00Central Anti Mutantes<span class="dropcaps">A</span>l contrario de lo que cualquier hijo de doña Rosa podría pensar, durante todo este tiempo seguí investigando el tema de los mutantes. ¿Qué fue lo que pasó entonces para que cesaran los informes? Aparentemente, debido a la polvareda que se levantó con mis revelaciones, los mutantes decidieron llamarse al silencio y, sobre todo, al ostracismo.<br /><span id="fullpost"><br />No me quedó otra que afinar la mirada y buscarlos por todos los recovecos posibles. Sabemos que los mutantes se confunden con gran habilidad entre los humanos comunes y corrientes, pero algún paso en falso debían dar y para mi contento, lo dieron. Uno de ellos, claramente de segunda generación, se hacía el distraído mientras rociaba con un líquido a un par de turistas.<br /><br />Identificar a ciertos turistas se torna una tarea demasiado fácil muchas veces. A los atacados por el mutante en cuestión, sólo les faltaba un cartel en la frente que dijera “soy turista”: sombrero como de cowboy, súper cámara colgada al cuello, bermudas beige, y zapatos con medias hasta por debajo de la rodilla. Su esposa (se notaba claramente que era su esposa) tenía un sombrero del tamaño de una pizza neoyorquina, blusa blanca, las mismas bermudas que su marido y unas sandalias, también con medias hasta la rodilla.<br /><br />Pude observar toda la acción. Los turistas caminaban en dirección norte-sur tomados de la mano. En dirección sur-norte venía este mutante de segunda generación. También vestía bermudas, pero en vez de zapatos usaba unas zapatillas carnavalescas y medias, también hasta las rodillas. Acá debo hacer una salvedad: extrañamente, tanto los mutantes como los turistas no tienen buen gusto para vestir sus miembros inferiores.<br /><br />La cuestión es que éste mutante, al ver a la pareja de turistas, decidió modificar su actual rumbo sur-norte para ponerse detrás de los coquetos turistas y caminar a pocos metros de ellos. Acto seguido, de uno de los bolsillos de su horripilante bermuda sacó un frasquito como de plasticola y apuntando a la espalda de quien podría ser uno de los dueños de nuestra Patagonia, lo roció con un líquido amarillo, manchándolo en el acto.<br /><br />El turista, al percibir la acción del agresor, se dio vuelta y mirándolo fijamente a los ojos, le estampó una trompada seca, pasando el mutante a ocupar una posición paralela al piso. Mientras éste sufría lo que se podría describir como un ataque de epilepsia, el turista y su esposa observaron rápidamente a su alrededor y posteriormente siguieron su rumbo, sólo que a una velocidad mayor.<br /><br />Pude constatar que se le había apagado la tele al mutante: permaneció en el piso por espacio de varios minutos hasta que finalmente se pudo incorporar y hasta pudo recuperar un diente dorado que se le había caído del maxilar superior producto del impacto. Buscó infructuosamente la botellita de plasticola alrededor suyo pero no la encontró; el turista se la había llevado como recuerdo de su encuentro cercano del cuarto tipo.<br /><br />Luego me detuve a pensar. ¿Y si el turista no era un turista realmente? ¿Y si era miembro de alguna central de inteligencia anti mutantes? Su obvia y ridícula vestimenta certificaba de alguna manera esta teoría. ¿Y si los mutantes, en vez de estar ocultos estaban siendo exterminados? Me quedé patitieso y meditabundo. Quizás tuviera que empezar una segunda investigación.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-84209474692525476972008-03-28T17:31:00.003-03:002008-03-28T17:35:06.875-03:00Suciedad Rural<span class="dropcaps">H</span>ace 150 años aproximadamente, un visionario se dio cuenta de que había que organizar un poco las cosas en el generoso suelo argentino. Atrás habían quedado los verdaderos dueños de ese suelo: esos indios ignorantes. Los soldados comandados por el General Rock arrasaron con todo y luego, viendo que sólo se trataba de tierra, decidieron venderla porque no sabían que hacer con ella, más que caminar por encima.<br /><span id="fullpost"><br />El visionario Martín de Oz, Ancho Rena y muchos de sus amigos compraron esas tierras: sus objetivos no expresaban solamente la defensa de sus propios intereses. Muy por el contrario, eran la manifestación de las imperiosas necesidades nacionales de lograr el desarrollo de una economía estancada, en un territorio lleno de recursos naturales.<br /><br />Manos a la obra! gritaron a los cuatro vientos y comenzaron a velar por el patrimonio agropecuario del país, fomentanto su desarrollo tanto en sus riquezas naturales, como en las incorporadas por el esfuerzo de sus pobladores.<br /><br />Pero no todo podía ser perfecto. En cada historia hay un villano, o peor, varios. Algunos pobladores estaban disconformes con el lujoso trato que le propinaban estos visionarios y querían más de lo que merecían. Estos villanos comenzaron a organizar disturbios. Otros directamente no querían trabajar. Asi no se puede evolucionar, pensaron quienes intentaban forjar los cimientos rurales de la nación.<br /><br />Afortunadamente, estos patriotas no claudicaron en su lucha, y llamaron a sus amigos con botas, quienes rápidamente pusieron orden cada vez que alguien interfería en la pelea diaria por llevar el país a los mismos niveles del viejo mundo.<br /><br />Y es así que hoy en día, la nación disfruta de los logros que estos visionaron lograron para el pueblo todo. Una economía agropecuaria pujante, llena de beneficios para la nación y su gente y, sobre todo, organizada y distributiva.<br /><br />Ahora, miles levantan las cacerolas donde suelen cocinar los frutos del campo argentino, en señal de apoyo a los queridos vanguardistas que lograron que nuestro país produzca comida para 300 millones de personas.<br /><br />Que nadie intente tirar basura en nuestro campo ni en sus fundadores, porque el pueblo saldrá a limpiar la suciedad rural.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-39158376043574619932008-03-14T17:50:00.001-02:002008-03-14T17:51:43.018-02:00El perro familiar<span class="dropcaps">H</span>abía sido una pesada jornada laboral para los zafreros de Bella Vista. El sol, burlándose del invierno, había cocinado el cañaveral como nunca. Gutiérrez, el patrón, necesitaba cumplir con una zafra extraordinaria ese día, por lo que los humildes “cañeros” tuvieron que trabajar catorce horas seguidas. Machete en mano, cortaron cañas hora tras hora sin siquiera chistar: todavía estaba fresca la noticia de que el perro familiar se había devorado a dos de sus compañeros.<br /><span id="fullpost"><br />Antonio, uno de los más antiguos trabajadores del ingenio, llegó a su casa más cansado que de costumbre. Fue a dejar la bicicleta en el fondo, abriéndose paso entre las gallinas que correteaban de aquí para allá cacareando como si fuese el fin del mundo. Entró a la cocina por la puerta de atrás y Florencia lo estaba esperando con una humeante sopa picada no muy colorida, pan casero y un vaso de vino tinto. No hacía mucho que se había puesto de noche.<br /><br />Si hubiera habido en Bella Vista una votación para saber quién era la persona más querida del pueblo, Antonio habría ganado cómodamente. Su afable expresión, su manera de decir las cosas, su gran corazón y su habilidad para organizar fiestas populares conquistaron hasta el más antipático de los habitantes. Pero ese día Antonio tenía rabia: dos de sus amigos ya no estaban. Entonces, esa misma noche decidió continuar la lucha de Ovidio Puebla y Mario Pandolfi.<br /><br />“¿Qué te pasa?”, le preguntó Florencia un tanto preocupada al ver el rostro de su esposo. “Anoche desaparecieron el negro y Pandolfi. Andan diciendo que se los comió el perro familiar. Están todos asustados”, respondió Antonio con desazón. Florencia le tenía terror al perro familiar. De chica su padre le contaba historias aterradoras de ese gran perro blanco de ojos rojos, que arrastraba pesadas cadenas y se comía a los trabajadores más rebeldes.<br /><br />Doña Justina, una anciana sabia del pueblo de Bella Vista, sostenía que sólo había dos formas de matar al perro familiar: una era con un cuchillo de plata con la empuñadura en cruz; la otra era juntar 200 hombres, ni uno más ni uno menos, y atacarlo a puño limpio. Contando a los dos últimos trabajadores, el perro familiar se había despachado a 23; juntar 200 valientes se hacía una tarea bastante dificultosa en la mente de cualquiera de los “cañeros”.<br /><br />A la mañana siguiente, bien temprano, Antonio esperó a Gutiérrez en la puerta del ingenio. Cuanto éste llegó, escoltado por dos gigantes, lo escrutó de arriba abajo y sin sacarse el cigarrillo de la boca le dijo: “¿Qué pasa Salvi?”. “Vengo a solicitar una mejora para los trabajadores de la zafra”, respondió Antonio. Gutiérrez sonrió sarcásticamente y detrás de él los gigantes hicieron lo mismo. “Pasá que lo discutimos”, dijo y le puso una mano en el hombro.<br /><br />Antonio no volvió a trabajar, pero dos días después, con el agobiante sol como único testigo, exactamente 200 zafreros con los puños en alto, lograron apagar el ruido de las cadenas del perro familiar para siempre.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-77202212152093327552008-02-21T11:07:00.000-02:002008-02-21T11:08:38.670-02:00Fidel no renunció<span class="dropcaps">F</span>idel y sus amigos tenían una casa grande, repleta de pequeños adornos muy valiosos, lindos muebles y una música alegre siempre invadía todos los ambientes. La casa era tan bella que el vecino millonario, que ya tenía una mansión enorme, se la quiso comprar, pero Fidel con sus amigos dijeron que no. Cegado por la negativa, el vecino mandó a unos de sus empleados a usurpar la casa en disputa. El empleado y los soldados armados entraron en la casa, sacaron a todos los habitantes y se llevaron los adornos y los repartieron entre ellos.<br /><span id="fullpost"><br />El vecino millonario ya había estado comprando otras bellas casas en otros barrios, y también había usurpado alguna que otra por aquí y por allá. Fidel, que era un muchacho con pocas pulgas e intolerante a la injusticia, les dijo a sus amigos que tenían que recuperar su casa. Y así lo hicieron. Sacaron a patadas al empleado del vecino y recuperaron gran parte de los adornos. Les llevó un tiempo volver a dejar la casa como estaba antes de la usurpación.<br /><br />Al enterarse, el vecino se enardeció e invirtió grandes cantidades de tiempo y dinero para sacar a Fidel y sus amigos de esa casa. Tenía miles de casas, pero quería esa. No soportaba no tener lo que quería, ya que siempre se había salido con la suya. Entonces mandó matar a Fidel y a todos sus amigos, pero tampoco pudo. Cuando al fin estaba por desistir de la idea de apoderarse de la casa, vio como los antiguos dueños de las casas que había usurpado antes vieron con simpatía la hazaña de Fidel y sus amigos, entonces volvió a la carga: mandó cortar todas las calles hacia la casa que no podía obtener para que todos sus habitantes murieran de inanición.<br /><br />Esa época fue dura para Fidel y sus amigos, ya que las provisiones no llegaban y tenían hambre, pero aún así resistieron. Comiendo poco de lo poco que tenían aguantaron hasta que otro millonario, simpatizando con su causa, les dio una mano. Pero el vecino, al enterarse, comenzó a atacar al buen samaritano hasta que lo derrumbó. El hambre era tal que algunos amigos de Fidel desistieron y escaparon de la casa y fueron a parar a la mansión del vecino, donde comieron hasta reventar.<br /><br />El vecino nunca pudo obtener la casa de Fidel y sus amigos, porque estos nunca renunciaron a ella. Ni en los peores momentos.<br /><br />Hemos cuidado tanto la casa para que no nos la roben que hemos descuidado un poco su interior. La casa necesita refacciones -dijo Fidel- pero yo ya estoy viejo para andar subiéndome a escaleras. Se las dejo a ustedes, sus verdaderos dueños –agregó- pero nunca se la vendan al vecino que tanto mal nos ha hecho.<br /><br />El vecino en realidad no quería la casa; quería que Fidel y sus amigos renunciaran a tenerla, pero sobre todas las cosas, quería que Fidel renunciara a ser un ejemplo, ya que los otros dueños usurpados podrían imitarlo. Pero Fidel no renunció.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-78165592848419285092008-02-13T14:41:00.004-02:002008-02-13T15:48:04.234-02:00Elisa 2.0, robot sexual<span class="dropcaps">C</span><b>ontroversia por la llegada de robots sexuales</b> (Infobae. 13.02.2008) Algunos científicos aseguran que en poco menos de 50 años los humanoides aumentarán el placer entre las sábanas y evitarán el contagio de enfermedades. Ya se comercializa la primera muñeca.<br /><br />Nunca tuve suerte con las mujeres. Tampoco llegué a comprenderlas jamás. Cuando salieron los robots sexuales con inteligencia artificial pensé que mis problemas se habían terminado pero no. Al parecer, recién comenzaban.<br /><span id="fullpost"><br />Me había comprado el modelo más caro. Afortunadamente, mi puesto en la petrolera más famosa del país me permitía darme gustos por 20 mil dólares sin tener que pensar si al otro día tendría para comer. Hice el pedido por internet y no pasaron más de 6 horas hasta que golpearon mi puerta con el paquete. De lo único que me podía quejar, hasta ese entonces, era de la falta de privacidad: el empleado de Fedex no paró de sonreír en ningún momento y hasta llegó a guiñarme un ojo antes de despedirse sin llevarse propina por su falta de profesionalismo.<br /><br />Ni bien cerré la puerta y constaté que el empleado de Fedex no estuviera espiando por la ventana, me dispuse a abrir la gran caja marrón de casi dos metros de altura; tenía dos carteles pegados en la parte frontal: uno decía “FRÁGIL” y el otro “ROBOT SEXUAL”. Luego de romper el cartón y quitarle los plásticos pude ver a la que sería mi compañera de placer de ahí en más. Una inmensa alegría invadió mi corazón y sucios pensamientos tomaron posesión de mi imaginación.<br /><br />Su nombre era Elisa 2.0. Boca generosa, silueta perfecta, grandes pechos siliconados, trasero firme y robusto. Era sencillamente perfecta. Ansioso agarré el manual cuyo tamaño era semejante a una guía telefónica y busqué la sección “Primeros pasos”, pero mi incapacidad para leer japonés me llevó a comunicarme con el servicio de atención telefónica a clientes. Luego de deambular por el menú de opciones durante media hora, un simpático mexicano me atendió y me indicó que lo primero que tenía que hacer era cargar la batería del robot 48 horas aproximadamente, por lo que mis más bajos instintos tuvieron que esperar dos días más para verse satisfechos. Para no desesperarme, decidí dejar enchufado el robot e irme a pasar el fin de semana a un hotel de la costa.<br /><br />Al volver, y cumplidas las 48 horas de carga, la desenchufé y la encendí. Esperé a ver si su inteligencia artificial detectaba mi evidente estado de excitación, pero luego de estar dos horas parado supuse que debía accionar algún botón. Me llamó la atención lo salido que estaba su clítoris, por lo que inferí que quizás debía excitarla yo primero, como a toda mujer, pero cuando lo presioné un poco, su vagina se desprendió y cayó al piso. Según el servicio de atención telefónica a clientes, no se trataba del clítoris, sino de un botón expulsor que servía para cambiar la vagina a los tres meses de uso.<br /><br />Se me había pasado un poco la euforia inicial, pero los 20 mil dólares invertidos bien merecían otro intento. Le volví a colocar la vagina y opté por acariciar sus pechos. En ese momento, Elisa 2.0 emitió una especie de gemido metálico, digno de películas japonesas de terror, que al principio me provocó estupor pero, conforme avanzamos en nuestra relación, pude asimilarlo como su más fiel expresión de placer. Continué besando su cuello que aún olía a plástico nuevo y al mismo tiempo tomé sus enormes glúteos con mis manos y los apreté. Al parecer no le gustó, o debí accionar algún botón oculto, porque su rodilla se incrustó en mis genitales y no me pude levantar por espacio de veinte minutos.<br /><br />Una vez recuperado decidí insistir. Llevé a Elisa 2.0 hasta la cama y la acosté. Al hacerlo, pude divisar una palanquita de tres posiciones que tenía en la nuca. Incauto, la moví al número dos y comenzó una odisea. Elisa 2.0 se levantó, me pegó un sopapo y me tiró a la cama. Acto seguido me arrancó las ropas y me dejó como Dios me trajo al mundo, sólo que con mucha más grasa, muchos más pelos y menos expresión angelical. Luego se me sentó encima y sin dejar de abofetearme, me cabalgó a una velocidad que no creí robóticamente posible. Lejos de excitarme por la euforia de Elisa 2.0, dediqué arduos minutos a tratar de volver la palanquita a su anterior posición.<br /><br />Mientras ella me colocaba su codo en la boca, al tiempo que decía cosas ininteligibles, aproveché para manotear la palanquita y cambiarla a la posición número tres. Lo que vino fue dramáticamente peor. No voy a entrar en detalles para no dañar mí ya cuestionada honorabilidad, sólo diré que su vagina rebatible dio lugar a una especie de martillo neumático que me provocó serias heridas, no sólo físicas, sino también psicológicas. Luego de una hora de martirio, la batería se agotó y pude agarrar la sierra eléctrica y deshacerme de Elisa 2.0 para siempre.<br /><br />Llamé nuevamente al servicio de atención telefónica a clientes y el mexicano, luego de escucharme durante varios minutos, me pasó con su supervisor, que a la vez me pasó con su supervisor, y éste, a la vez, me pasó con el gerente, también mexicano, que me pasó un número de teléfono con característica japonesa, para que elevara el reclamo a la casa central de la firma Axis, proveedora de los famosos robots sexuales de 20 mil dólares cada uno.<br /><br />Anoté el número y posteriormente, también por internet, me inscribí en un curso acelerado de japonés. Estaba dispuesto a comprar un nuevo robot sexual, pero esta vez con la ventaja de poder leer el manual y así no equivocarme en mi relación con Elisa 3.0 o como quiera que se llame mi futura compañera. Al fin de cuentas, esto es más fácil y menos riesgoso que tratar de entender a una mujer de carne y hueso.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-4772562489335299232008-02-01T17:10:00.000-02:002008-02-01T17:20:47.480-02:00La furia contra la máquina<span class="dropcaps">Y</span>ou’ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that; you´ll want a single, say fuck that, fuck that, fuck that shit”, sonaba en mis auriculares cuando de repente vi unos ojos que me miraban y más abajo, una boca que se movía sin emitir sonido alguno. Me detuve, me quité uno de los auriculares y con cara de semi-fastidio pregunté: “¿Lo qué?”. Esta vez, de manera audible, la boca me dijo: “¿No sabés dónde queda la calle Balcarce?”. Mi boca, después de masticar bronca, le dijo: “Si, seguí derecho dos cuadras más”. Insultando para mis adentros me volví a colocar el auricular y alcancé a escuchar un “gracias” muy lejano.<br /><span id="fullpost"><br />¿Qué sería del mundo sin la música? No me lo puedo imaginar sinceramente. ¿Sirve la música si nadie la escucha? Esa es una pregunta bastante pelotuda. ¿Hay música buena y música mala? En principio diría que no, que es una cuestión de gustos, pero luego, cuando a mis oídos llega la melosa voz de Luis Miguel, o los alaridos de Alejandro Sanz, o millones de otras melodías, digo si: hay buena música (la que escucho yo) y música mala (el resto).<br /><br />El mundo, o lo que sea que vemos mientras caminamos por las calles, se percibe diferente si está musicalizado. Toma otro matiz, otro color. Es como una película a la que le ponemos nuestra propia música, la música que más nos gusta. Así, los bocinazos pasan a ser golpes de bombo de batería; las frenadas pasan a ser un rif de guitarra; las voces de los transeúntes pasan a ser la voz del cantante de nuestra banda favorita. En definitiva, el mundo se torna más agradable.<br /><br />Ensimismado, seguí camino luego de aumentar un poco el volumen. En ese momento empezaba a sonar la furia de Rage Against The Machine. Promediando el tema (mejor dicho, el gran tema) se me acerca una señora de cara extraña, se me para al lado y empieza a gesticular. En este momento cabe aclarar algo: sólo hay una cosa que me molesta más que me interrumpan una canción, y es que me interrumpan una GRAN canción. En fin… puse pausa, y sin disimular mi mal humor, dije: “¿Lo qué?”. “Una monedita”, me contestó con una voz que se diferenciaba muy poco del silencio absoluto.<br /><br />No tenía monedita alguna, pero de haberla tenido tampoco se la hubiera dado por el sacrilegio que acababa de cometer esa señora de cara extraña y, como me pude dar cuenta después, de grotesca panza al viento.<br /><br />Luego de negar con la cabeza, quité la pausa y puse a sonar la misma canción desde el principio. “Esta vez, hasta que no termine el tema, no me saco los auriculares ni pongo pausa”, me prometí. Ya estaba llegando a mi casa y la furia de Zach de la Rocha endulzaba mis oídos. La sensación era gloriosa y por demás placentera. No me importaba nada en ese momento. Ni el auto que doblaba, ni las dos señoras que miraban hacia donde yo estaba y hacia arriba simultáneamente, ni el portero de mi edificio que corría hacia mí moviendo los brazos. No me importaba nada. <br /><br />El último grito de Zach fue la señal para que por fin pudiera quitarme los auriculares. En ese preciso momento, mientras despejaba mi oreja izquierda, una máquina de escribir cayó sobre mí y me aplastó la cabeza contra la vereda. Por los auriculares salpicados de sangre empezó a sonar la siguiente canción. La música, por más que nadie la escuche, sigue sonando.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-4123369173233498732008-01-23T10:50:00.000-02:002008-01-23T10:53:27.257-02:00La cita<span class="dropcaps">M</span>iraba hacia los costados cada cinco segundos. Era como automático. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y miraba hacia la izquierda. Uno, dos, tres, cuatro, cinco y miraba hacia la derecha. Pero ella no llegaba. Un largo suspiro desnudó su impaciencia. Miró su reloj, se puso de pie y dejó un billete de 10 en la mesa. El gesto adusto de su rostro repelió al mozo que tenía intenciones de alcanzarle la bufanda que se había olvidado en la silla.<br /><span id="fullpost"><br />El viaje hasta su casa era largo y eso agitaba aún más su evidente malhumor. Pensó para sí que debía tranquilizarse, que seguro le había pasado algo y que por eso ella no había podido llegar a la cita. Inmediatamente después pensó que no, que no era la primera vez que lo dejaba plantado. “Apenas llego la llamo para decirle que esto no va más”, se dijo y caminó hacia la parada del 130. Se había tranquilizado un poco.<br /><br />Pagó el boleto y se sentó en el último asiento de a uno. Por una hendija de la ventanilla se colaba un soplo de aire frío que le erizaba la piel. Intentó cerrarla pero no pudo. Insultó a alguien (ó a nadie) y se cambió al último asiento de a dos. Cerró los ojos y se dispuso a dormitar aunque sea unos minutos; ese día se había levantado a las 6 de la mañana para poder salir más temprano del trabajo y acudir a tiempo a la cita con Mariela.<br /><br />Se despertó pocos minutos después. A su lado se había sentado una chica de singular belleza. Su rostro de perfil fue lo primero que vio al abrir sus ojos y eso le causó un agradable impacto. Una vez acomodado en el asiento comenzó a mirar, haciéndose el distraído, hacia el lado de su hermosa compañera. Todo le llamó la atención: sus ojos, su boca, su nariz, su tez, su pelo, pero sobre todo, su luz. “Disculpáme, ¿falta mucho para La Boca?”, le preguntó poniendo su mejor cara de ingenuo. “No sé, no soy de acá”, respondió ella con una sonrisa tímida y servil.<br /><br />Quería entablar una conversación con ella, pero no sabía cómo hacerlo. Estaba inquieto, se hacía sonar los dedos y miraba para todos lados mientras ella seguía mirando hacia adelante, como si él no existiera, llena de paz y tranquilidad. “¿Qué frío, no?”, le dijo sin mirarla. “Yo estoy bien así”, sostuvo ella.<br /><br />De repente se encontró solo en el colectivo. Pensó que se había quedado dormido y ya todos habían bajado, hasta su apática y hermosa compañera de asiento. Se bajó y llegó a su casa contrariado. Pensó en dejar el llamado para la mañana siguiente; estaba muy cansado y sólo quería dormir para soñar con la mujer del colectivo.<br /><br />Ya era de día cuando se despertó. Por suerte era sábado y no tenía que ir a trabajar. Después de ir al baño y tomar un café, agarró el teléfono y marcó el número de Mariela. Del otro lado sonó una voz quebrada. “¿Mariela?”, dijo él, pero del otro lado sólo escuchaba “¿hola?” cada dos segundos. “Mariela, ¿me escuchás?”, dijo alzando la voz, pero la respuesta era la misma.<br /><br />Decidió ir hasta la casa de Mariela. Por un lado, quería saber porqué lloraba y por el otro, decirle que ya no quería seguir estando con ella. Caminó por la avenida Patricios y llegó hasta la calle Defensa. Dobló y a la vuelta de la esquina una niña lo miraba detenidamente. La saludó, pero ella solo respondió con una sonrisa dulce, diáfana y calma. Un tanto extrañado siguió camino y al llegar a la puerta de la casa de Mariela, un hombre apoyado sobre una pared le llamó poderosamente la atención. Se parecía mucho al padre de Mariela, pero tenía algo diferente que no supo dilucidar en ese momento. El hombre le abrió la puerta de la casa con una sonrisa y lo invitó a pasar con un gesto elocuente.<br /><br />Llegó hasta la habitación de Mariela y pudo ver que dormía. Se sentó en el borde de la cama y la observó. Una extraña fuerza estrujó su corazón y sintió deseos de llorar. Intentó controlarse, pero al mirar sobre la mesita de luz encontró la explicación a ese dolor y a todas las personas llenas de paz que vio durante el último día: el Clarín, abierto en la página 42, relataba su trágica muerte el día anterior por la mañana mientras se dirigía al trabajo.<br /><br />Se secó las lágrimas, acarició el rostro de Mariela, besó sus labios y se acostó junto a ella.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-53847842594002778372007-12-24T09:53:00.000-03:002007-12-24T10:00:33.792-03:00Ahora la guerra es por el resarcimiento histórico moral y económico merecido<span class="dropcaps">M</span>ientras siguen las disputas entre ex conscriptos y oficiales y suboficiales de cuadro, la ley que pretende establecer las indemnizaciones para los veteranos todavía espera en el Congreso y genera desazón.<br /><span id="fullpost"><br />“Ambos se dañan a sí mismos: el que promete demasiado y el que espera demasiado”, solía decir el pensador alemán Gotthold Lessing. Pero en Argentina los que prometen pasan, y los que esperan siguen esperando. Con esta realidad sobre la mesa, los veteranos de Malvinas llevan ya 25 años aguardando la promesa del resarcimiento histórico moral y económico por haber luchado por la soberanía nacional.<br /><br />Patricio Mendiondo, director del sitio El Malvinense, explicó de qué se trata este resarcimiento: “Desde el año 82 hasta el 89, al ex conscripto que no era parte de las Fuerzas Armadas no se le dio atención alguna, ni de salud ni psicológica ni económica, por ello los sectores de veteranos vienen reclamando desde hace años una suma que oscila los 200 mil pesos”.<br /><br />A este reclamo monetario se sumaron luego los oficiales y suboficiales del Ejército, lo que fue considerado injusto por los ex conscriptos ya que ellos fueron los que sufrieron las peores consecuencias de la guerra: los suicidios, tema que quedó muy bien documentado por una nota con varios testimonios que ofreció la revista Rolling Stone en su número 25.<br /><br />Juan Carlos Ianuzzo, secretario administrativo de la Asociación Veteranos de Guerra de Malvinas, no quiso hablar de montos pero sostuvo: “El tema del resarcimiento histórico moral y económico se tiene que tratar sí o sí cuanto antes, aunque entiendo que se demore porque es algo bastante complejo”.<br /><br />Lo cierto es que el 23 de octubre de 1984 se promulgó la ley 23.109 que establecía quiénes eran considerados veteranos de guerra de la Nación (la distinción radicaba básicamente en la actuación o no bajo fuego enemigo) y por consiguiente, quiénes podían acceder a una serie de beneficios en áreas como salud, vivienda y trabajo. Esto derivó en que la cantidad de ex combatientes pasara de 12.000 a 25.000 en poco tiempo, tal como lo afirmó un informe del diario Clarín del 3 de enero de 2000.<br />Además, la ley 23.109 dio origen a una disputa entre los mismos veteranos (ver recuadro), aunque actualmente hay un nuevo proyecto de ley sobre el resarcimiento que pretende abarcar a todos, sin mayores distinciones.<br /><br /><span style="font-weight:bold;">Separando la paja del trigo</span><br /><br />La existencia de decenas de agrupaciones de veteranos de Malvinas demuestra que la unión no siempre hace la fuerza.<br /><br />Muchas de las divisiones de ex combatientes en grupos se deben a cuestiones geográficas, pero existe otra que va más allá de la mera ubicación de los agrupados: muchos ex conscriptos quieren diferenciarse de los oficiales y suboficiales del Ejército.<br /><br />Patricio Mendiondo sostuvo: “Los conscriptos fueron abandonados del 82 al 89 sin recibir un solo centavo o atención médica psicológica, y es por ello que deben de recibir distinto trato”, y agregó: “Muchos grupos de oficiales que cobran su retiro quieren los beneficios que sólo son para los ex combatientes y ahí viene el problema”.<br /><br />Una muestra más de esta postura es la carta que un centro de ex soldados correntinos (como se autoproclaman) le envió hace dos años al presidente Néstor Kirchner: en la misiva criticaban la pensión honorífica otorgada al personal de cuadro aduciendo que “muchos de ellos maltrataron, mal alimentaron, torturaron y hasta fueron responsables de las muertes de varios conscriptos".<br /><br />Un capítulo del libro 25 años Malvinas desde Mar del Plata escrito por alumnos de TEA empieza con una frase de un ex conscripto que habla por sí sola: “No somos iguales”.<br /><br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-5085276624113182022007-12-03T14:20:00.000-03:002007-12-03T14:28:18.771-03:00¿Vos creés que ese short es lindo?<span class="dropcaps">C</span>amino a la playa, la Yiyi lucía su short azul estampado con anclas rojas. Gi, su amiga, le preguntó: "¿Vos creés que ese short es lindo?", lo que provocó mi inmediata carcajada, ya que siempre había pensado que ese short era el más feo del mundo. Sin embargo, la Yiyi sostiene, aún hoy, que se trata de algo muy bello. La votación queda abierta: ¿Qué pensás de este short? Dejá tu comentario con tu voto.<br /><span id="fullpost"><br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/R1Q8IXueGkI/AAAAAAAAAAc/pRNlAy92hHg/s1600-R/shortdeanclas.jpg"><img style="cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/R1Q8IXueGkI/AAAAAAAAAAc/eHG56I6aQDI/s400/shortdeanclas.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5139799189242124866" /></a><br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-11289028973910584662007-11-08T13:22:00.000-03:002007-11-08T13:36:36.433-03:00Como Pancho por su casa<span class="dropcaps">C</span>asi todos tienen historias sobre sus mascotas, muchas son divertidas, otras rozan lo inverosímil y otras son simples relatos que, carentes de espectacularidades, sirven, aunque más no sea, para entablar conversaciones o pasar el tiempo mientras se espera en la cola de la veterinaria.<br /><span id="fullpost"><br />Yo tengo un perro marca perro que se llama Pancho. Tiene aproximadamente nueve años, cuarenta centímetros de altura y un solo testículo. El tiempo blanqueó su hocico pero no le quitó la tristeza de la mirada, aunque cuando hace mucho calor saca la lengua y parece que se estuviera riendo.<br /><br />Pancho tiene además otros nombres: Peteco, Pitulino, Vitilo, Vitilino, Vichilo y otros que no recuerdo en este momento. Supongo que esa es la explicación a su falta de obediencia cuando alguien lo llama, excepto que ese alguien tenga algo de comida para ofrecerle a cambio de su molestia.<br /><br />Siempre dije que Pancho, en su vida anterior, fue un rey o un multimillonario y que ahora está dispuesto a continuar con una vida similar a la que, según mi teoría, tenía. Prueba de ello es el hecho de que es el único perro que conozco que come pollo al horno (si, pollo al horno) todos los días.<br /><br />A Pancho no le gusta estar solo en la casa y se esfuerza por hacerselo saber a quien ose dejarlo sin compañía humana. Cuando alguien se prepara para abandonar la vivienda, cuenta con la inseparable presencia del can y su mirada de “¿me vas a dejar aquí solito? No podés ser tan hijo de puta”.<br /><br />Para ser un perro de departamento, Pancho es demasiado exigente. ¿Sabían ustedes que no caga a no ser que no sea en el cantero de un árbol que está ubicado a cuatro cuadras de la casa? Es llevarlo hasta ahí todos los días o contar con la presencia de su hediondo excremento en el lavadero.<br /><br />Pancho no dice “mamá” ni “papá” como la perra de una vecina que teníamos antes. Tampoco trae el diario, no hace el muertito ni da vueltitas. Nunca da la patita, no obedece a los llamados que se le hacen y, menos que menos, cuida la casa de los ladrones cuando no hay nadie.<br /><br />Pero como lo quiero al hijo de puta.<br /><br /><a onblur="try {parent.deselectBloggerImageGracefully();} catch(e) {}" href="http://bp1.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/RzM62xFtrDI/AAAAAAAAAAU/Y0dtxiNl4Pw/s1600-h/Pancho.jpg"><img style="cursor:pointer; cursor:hand;" src="http://bp1.blogger.com/_z1BLgx6ha6s/RzM62xFtrDI/AAAAAAAAAAU/Y0dtxiNl4Pw/s400/Pancho.jpg" border="0" alt=""id="BLOGGER_PHOTO_ID_5130509113069775922" /></a><br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-5766181286908761422007-11-03T12:14:00.000-03:002007-11-03T12:33:04.975-03:00El deportista de los puños<span class="dropcaps">S</span>oy muy sensible”, dice Jorge “Locomotora” Castro y su frase contrasta con su aspecto físico: cara cuadrada, tez oscura, nariz aplastada, vivaces ojos que revolea de un lado al otro y un cuerpo fornido típico de boxeador peso mediano.<br /><span id="fullpost"><br />Castro nació hace cuarenta años en Caleta Olivia, provincia de Santa Cruz, lugar donde después de trabajar en el campo, se inició en el mundo del boxeo a los catorce. “Era muy peleador, me agarraba en la calle con cualquiera”, sostiene cuando se le pregunta sobre sus orígenes en el deporte de los puños, como a él le gusta llamarlo.<br /><br />Con el cinturón de campeón del mundo en el recuerdo, “Locomotora” se retiró oficialmente a principios de 2007 luego de volver al ring tras un duro accidente automovilístico que lo tuvo 21 días en coma.<br /><br />Dueño de una personalidad extravagante, pintó sus cabellos de los más diversos colores, solía subir al cuadrilátero con la camiseta de Boca Juniors y hasta llegó a participar de Gran Hermano, el famoso reality show, donde según él, se pudo observar al verdadero Jorge Castro. “Soy jodón, me gusta estar haciendo bromas todos los días”, afirma sobre su personalidad y va más allá: “Si estoy en mi casa haciendo un asado, a cualquiera le digo que venga a tomarse un vino o una cerveza”.<br /><br />Alcanzó la gloria en Las Vegas y sufrió impensadas derrotas. Le ganó una dura pelea a la muerte y se retiró del deporte para pasar a la televisión y a los boliches. Tuvo una vida de altibajos que no dudaría en volver a elegir si naciera de nuevo.<br /><br />“En el ring, quería matar al rival”, dice éste tipo sensible. Y hay motivos para creerle.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-59886717222803182812007-10-31T10:10:00.000-03:002007-10-31T10:11:50.570-03:00Mutantes generación cero<span class="dropcaps">L</span>a niñez de Washington Rivas no fue para nada fácil en su Montevideo natal. Sin saber porqué, se la pasaba derramando líquidos en el piso de su casa con la consiguiente paliza por parte de su madre Isidora quien, haciendo uso de una fuerza similar a la de un jugador de rugby de Nueva Zelanda, le daba rotundos cachetazos en la nuca para que terminara con su manía de andar mojando el suelo.<br /><span id="fullpost"><br />Washington fue creciendo entre las dudas que le causaba su extraña conducta y los sopapos de su madre, los cuales le provocaron severos problemas, sobre todo en el habla: a los 16 años no podía completar una frase sin empaparse la remera de saliva.<br /><br />Alterado por su situación y luego de que su madre se suicidara de nueve disparos en la cabeza, Washington ingresó a la universidad para estudiar genética. Sus profesores, a pesar de la impresión que le causaba un joven de protuberante labio inferior y remera mojada, le proveyeron la mejor educación en la materia y hasta juntaron fondos para enviarlo a Estados Unidos para que realizara un post-grado en la prestigiosa universidad de Harvard.<br /><br />A los 27 años de edad, y producto de una tenaz dedicación, pocas horas de sueño y varias dosis de psicofármacos, estimulantes y bananitas Dolca, Washington completó la cursada con el puntaje más alto en 1958. A partir de entonces, dedicó su vida al estudio de lo que, en 1968, dio en llamar “La mutación de los seres humanos”.<br /><br />El extenso estudio intentaba explicar las razones por las cuales algunos seres humanos tenían la tendencia de derramar líquidos en el suelo, llegando a una conclusión que desató una de las más grandes polémicas en el círculo científico mundial: los primeros mutantes nacieron en Uruguay aproximadamente en abril de 1931. ¿La explicación? Simple: producto del triunfo de la selección uruguaya de fútbol en el mundial del 30, los espermatozoides de los aficionados charrúas sufrieron modificaciones debido a la fusión entre la extrema algarabía, el mate tibio y el placer sexual. Este cóctel explosivo derivó en la alteración molecular de los fetos engendrados ó, como Washington Rivas solía llamarlo, la mutación.<br /><br />Esta mutación, según Washington explicaba en su estudio, produjo algunos cambios considerables en el funcionamiento psico-motriz de los nuevos seres: primero, una obnubilación mental acompañada de un movimiento de hombro izquierdo hacia abajo; segundo, un bloqueo en la zona cerebral encargada del procesamiento lógico; y tercero, liberación de endorfinas al ver líquido derramado.<br /><br />Comprobados estos datos, Washington Rivas descubrió por fin el mal que afectó su vida: era un mutante generación cero. Así lo describió en su libro “Mutante soy”, editado en 1975, donde dio a conocer su infancia montevideana a finales de los años treinta: “Siendo un niño uruguayo como cualquier otro, andaba con el termo bajo el brazo. De repente me asaltaba una laguna mental y, cuando recobraba la conciencia, veía como había derramado el agua caliente del termo y eso me producía un placer enorme, pero a los minutos venía mi madre y me pegaba un cachetazo en la nuca que hacía que mi cerebro rebotara dentro del cráneo por espacio de cinco minutos”, contaba en el capítulo uno de su auto-biografía.<br /><br />El testimonio encajaba a la perfección con sus estudios: obnubilación mental (laguna) y movimiento de hombro izquierdo hacia abajo (derrame de agua del termo), bloqueo de la zona cerebral encargada del procesamiento lógico (no tener cerrado el termo) y liberación de endorfinas (placer al ver el líquido derramado). Años después, estos síntomas fueron comprobados en decenas de uruguayos nacidos en abril de 1931.<br /><br />Washington Rivas falleció en 1988 en Buenos Aires debido a un paro organizado por la CGT de Ubaldini y no pudo terminar su investigación, pero dejó sentadas las bases sobre esta nueva especie para que otro, u otros, sigan su camino y puedan así arribar a la verdad; una verdad que, a lo largo de la historia, ha sufrido las más diversas formas de censura; primero de los sucesivos gobiernos uruguayos, luego de Enzo Rivas, único hijo de Washington y, finalmente, de todos aquellos descendientes de la llamada generación del 31.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-61766285174388754442007-10-29T15:33:00.000-03:002007-10-29T15:37:25.814-03:00Perón: “Soy el único candidato peronista”<span class="dropcaps">L</span>a consigna era clara: elegir un personaje, real o ficticio, vivo o muerto y hacerle una entrevista situándolo en el contexto de la actualidad argentina. No soy peronista, pero elegí a Juan Domingo Perón. Quizás sea por que siempre me llamó la atención su figura y los sucesos que tuvieron lugar a su alrededor. En definitiva, esto es lo que diría Perón, según mi punto de vista, si hoy fuera candidato a presidente de los argentinos.<br /><span id="fullpost"><br />La humeante taza de té fue servida por un corpulento hombre de pelo brillante y aplastado. El escritorio fue ordenado por otro de similares características. Ambos se quedaron cerca de la puerta, con gestos adustos. Un minuto después apareció Juan Domingo Perón y, sonriente, me saludó cordialmente. Los dos hombres salieron y cerraron la puerta, pero no se escucharon pasos alejándose.<br /><br />Perón vestía un impecable traje. Se sentó, dejó su teléfono celular sobre el escritorio y con la taza de té en la mano dijo: “Empecemos”. Y empezamos.<br />La primera pregunta fue la clásica: ¿Qué lo diferencia del resto de los candidatos a presidente? Rápido de reflejos y haciendo gala de su buen humor, sostuvo: “Soy el único candidato peronista”, largó una carcajada y agregó: “Hablando seriamente, tenemos un plan de gobierno avalado por mis gestiones anteriores, cosa que ninguno de mis oponentes tiene. Debido a la experiencia, muchos de los errores que cometimos anteriormente hoy están solucionados y puedo decir, fehacientemente, que contamos con una solución para cada área. No creo que otro candidato pueda decir lo mismo. Y somos los únicos que por convicción, proponemos un fuerte y creíble plan social, que incluye vivienda, salud y educación para todos los sectores de la nación”.<br /><br />Casi sin proponérselo, el ex presidente comenzó a opinar sobre sus contrincantes en esta elección. Manifestó que Cristina “se cree Evita, pero le falta humildad” y que Lavagna “es un buen economista, pero que no tiene pasta para ser presidente”. No evitó referirse a Carrió: “Es una luchadora”, dijo, pero sostuvo que le preocupa su crucifijo y las ideas retrógradas que eso conlleva. Y también dejó una humorada para los rivales de toda la vida: “Como decía Roca, para que los radicales se hundan sólo hay que dejarlos gobernar”.<br /><br />Con las favorables encuestas sobre el escritorio, Perón sostiene que: “Ser o no ser Presidente de la Nación es algo que en verdad no me quita el sueño. Lo que interesa no es tener el gobierno y gobernar, sino gobernar de acuerdo con lo que conviene al Pueblo y hacer lo que el Pueblo desea por caminos organizados, sin violencia y con la vista en el futuro, hermanados con todos los Pueblos del Mundo que luchan por la grandeza de sus naciones y la igualdad de sus pueblos”.<br /><br />La taza ahora está vacía. El empleado engominado interrumpe en la sala con una tetera, como si hubiera sabido que “el General” quería más té y le sirve, silencioso, servil. Inmediatamente se me vinieron a la mente los sindicalistas, y le pregunté a Perón sobre ellos. “Los sindicatos son importantes, pero ahora hace falta sangre nueva y, sobre todo, honrada. Un sindicalista, por sentido común, no puede ser rico”, dijo.<br /><br />Me quedaron miles de preguntas, pero el otro empleado abrió la puerta para avisar que se había acabado mi tiempo. Perón se levantó, me dio la mano y sin soltármela, me dijo: “Señor periodista, escriba también que a partir de éste, mi cuarto gobierno, una nueva Argentina, libre y socialista, enterrará el pasado y hará olvidar la miserable entrega de los militares, los radicales y los supuestos peronistas que gobernaron la patria durante el último tiempo”.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-48189066076353913172007-10-19T21:14:00.000-03:002007-10-19T21:58:37.790-03:00Los sueños<span class="dropcaps">E</span>lla, sin pretenderlo, aparecía en sus sueños todas las noches. Al principio eran sólo imágenes pasajeras, intermitentes y breves, muy breves. Algunas semanas después, sus apariciones tomaron forma de secuencias de imágenes, como pequeñas películas que la mostraban sonriéndose o bailando. El tiempo fue perfeccionado esos sueños hasta convertirlos prácticamente en una realidad paralela, en una película de su vida donde ella era la figura principal.<br /><span id="fullpost"><br />Así, mientras algunas veces se encontraban en una playa del Caribe o quizás en la intimidad de una habitación de un hotel de Praga, comenzó a aplacar la angustia y el dolor que le procuraba su verdadera vida. Una vida que no le deseaba ni a su peor enemigo. Una vida que lo llevó al fondo de un oscuro pozo por demasiado tiempo, sin una luz, sin una esperanza. Pero un día se cruzó ella, con su belleza, su alegría y sus propios miedos. <br /><br />Por primera vez sintió que él, un sucio cobarde como se llamaba a sí mismo en sus peores momentos, podía cuidar a alguien. Sintió que si dejaba de ser uno solo todo podía mejorar: de a dos todo tenía que ser más fácil. Ella, con su alegría de vivir, lo ayudaría a salir de su oscuro pozo y él, con todo el amor que acumuló por años, la ayudaría con sus miedos, la protegería. Pero la ponzoñosa vida, una vez más, le clavó su aguijón lleno de desilusión: ella, rebelde, no quería que la protegieran, no quería que la amaran.<br /><br />No tuvo más remedio que llevársela a su mundo onírico. Era eso o perecer en el oscuro pozo y se tuvo la piedad suficiente (que algunos llaman lástima) como para querer sobrevivir, aunque el precio fuera vivir en un mundo hermoso pero irreal o la locura misma. Con el tesón de los que no tienen nada que perder, se propuso encontrar la manera de controlar sus sueños para poder estar con ella todo lo que quisiera.<br /><br />Y al principio eran imágenes, luego secuencias y finalmente una realidad tan tangible que muchas veces se encontró con dificultades para distinguir una cosa de otra: una noche, estando abrazado a ella, sintiendo su suave respiración sobre su pecho, soñó que, inmóvil, yacía en el piso de su antigua casa. Creyó despertarse, pero ya no la abrazaba, sino que ambos bailaban alegres en la azotea de un edificio.<br /><br />De pronto creyó soñar que hacían el amor sobre una gran cama blanca pero al despertar se encontró en los brazos de un perfecto desconocido. Al rato estaba con ella, saboreando sus ricos labios y su dulce cuello. Después se vio acostado en una camilla, conectado a mil cables, sintiendo un intenso dolor en su cabeza que lo llevó a soñar para olvidarse de esa incordiosa sensación. Y soñó, o creyó soñar, que ella, con lágrimas en sus ojos tristes, le pedía perdón.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-10500219843009530142007-10-08T12:39:00.000-03:002007-10-08T12:41:27.062-03:00Descargo y sospecha de infiltración mutante<span class="dropcaps">L</span>adran Sancho, señal de que cabalgamos le dijo una vez el Quijote de la Mancha a su inseparable amigo. En la época que Cervantes escribía esas palabras los mutantes ni siquiera cabían en la imaginación de los más ilustres pensadores de entonces. Hoy, la investigación sobre ésta nueva raza avanza y comienzan a aparecer los ladridos: voces intentando ridiculizar a quienes buscamos la verdad y posibles mutantes infiltrados entre quienes queremos hacer saber a la población que los humanos no estamos solos.<br /><span id="fullpost"><br />El pasado fin de semana, este investigador se tomó un descanso en su ardua tarea y asistió al cumpleaños de Tin, su socio en esta lucha sin cuartel. El aniversario se llevó a cabo en un bar donde pululaban mesas de pool, billar y ping-pong, deporte en el cual éste servidor creía que se desempeñaba de manera aceptable.<br /><br />Y digo “creía” por lo siguiente. El partido entre Martín Casanova y yo tenía como espectador a un octogenario señor de cabello blanco y anteojos cuyas lentes tenían el grosor de una tararira adulta. Al terminar el partido, el anciano inquirió por el ganador, o lo que le respondí que había sido yo. –Juguemos entonces- me dijo y se sacó los anteojos. Tengo que reconocer que, dejándome llevar por las apariencias, pensé que el partido iba a ser más fácil que levantar la tapa del inodoro.<br /><br />La primera pelota que le tiré me la devolvió a 100 kilómetros/segundo por sobre la velocidad de la luz, haciéndome quedar como un perfecto imbécil. Luego de cuatro pelotas más, con sus correspondientes iguales devoluciones le tocó sacar. –Ahora lo cago- pensé, pero nuevamente estuve equivocado. Si bien su saque fue similar al que podría haber realizado mi sobrina de 4 años, el suyo venía con un efecto que impedía una correcta devolución y, en algunos casos, impedía la devolución directamente.<br /><br />Cabe destacar que todos los puntos iban acompañados de un gestito del anciano: una guiñada de ojo a la platea femenina, un sonrisa socarrona al adversario o bien una displiscente postura como diciendo “mirá como te gozo en la próxima”. Afortunadamente no fui el único que sufrió ésta humillación, ya que Casanova también quiso comprobar su nivel con el octogenario campeón y no sólo fue humillado, sino que además quedaron registros fotográficos del suceso.<br /><br />En fin, seguramente un simpatizante de la causa mutante quiso traer a luz éste episodio que nada tiene que hacer fuera del ámbito privado de los investigadores. Tampoco tiene relación con la investigación misma debido a que el anciano jamás derramó líquido en el suelo, por lo tanto, es evidente que no se trata de un mutante, ni siquiera de los míticos mutanes generación cero, de los cuales hablaremos en una próxima entrega.<br /><br />Aclarado ésto, paso al tema de la supuesta infiltración en el seno de nuestro entorno: el miércoles próximo pasado tuvieron lugar algunos acontecimientos que nos hicieron sospechar sobre la condición 100% humana de uno de los que semana a semana comparten con nosotros amistosos partidos de fútbol.<br /><br />Esta persona (por ahora la llamaremos así), en medio del cotejo, pateó una de las redes laterales que separan una cancha de la otra, y debido a una ley física que no posee excepción, salió rebotado hacia arriba y devuelto al piso con una virulencia similar a la mordida de un tiranosaurio rex, acto en el cual se sacó de lugar una de sus falanges. Haciendo uso de una capacidad poco humana, se la acomodó como quien toca el timbre en el colectivo cuando el corpulento chofer está desquiciado por un embotellamiento en el microcentro a las seis de la tarde, segundos después de haber discutido con una señora de aguda voz porque la máquina le tragó una moneda de cinco centavos.<br /><br />Estos sucesos por si solos no hubieran sido concluyentes para la fina mirada especializada en mutantes, pero faltaba algo más. Mientras el sospechoso esperaba al costado del campo de juego, combatía la leve hinchazón de su dedo con hielo, como cualquier humano promedio. Pero debido a otra ley física que no merece mayor análisis, el hielo comenzó a derretirse y el suelo se empezó a mojar. Y ya sabemos de que hablamos cuando sucede eso.<br /><br />Vamos a seguir investigando éste y otros casos de posibles mutantes, como el que nos llegó hace poco desde Villa La Angostura, donde uno de los sospechados derramó una botella entera de 7up sobre una persona y luego, cuando le pidieron tres docenas de empanadas, sólo entregó 25 unidades. Por último, a quienes están intentando romper los cimientos de nuestra lucha les digo: no les tenemos miedo.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-28324178154192880032007-09-29T12:27:00.000-03:002007-09-30T21:43:39.881-03:00El fenómeno mutante<span class="dropcaps">E</span>n una cátedra de Semiología de la Universidad de Buenos Aires, un profesor contó delante de su clase la teoría que asegura que existen mutantes entre nosotros. No conforme con las caras de asombro de los alumnos y con el silencio sepulcral que provocó con tal afirmación, agregó que además éstos ya van por la tercera generación. Ante la estentórea carcajada de Tin, uno de los oyentes, una sombra oscureció el rostro del profesor quien con una voz más grave dijo: “no te rías, esto es algo bien serio”.<br /><span id="fullpost"><br />Luego de los episodios vividos por este servidor un par de semanas atrás (ver <a target="_blank" href="http://www.dentrodelperro.com/2007/09/posible-actividad-mutante.html">Posible actividad mutante</a>) ese profesor pasó de ser considerado un orate a convertirse en la eminencia argentina sobre esta nueva raza que convive diariamente con todos nosotros: los mutantes de tercera generación.<br /><br />Hasta ahora es poco lo que se sabe de ellos debido a que están muy bien mimetizados con los humanos comunes y corrientes. Sin embargo, el especialista, Tin y éste humilde servidor, luego de diversas observaciones, llegaron a la siguiente conclusión: existen dos rasgos característicos que distinguen a un mutante. Primero, cada una determinada cantidad de tiempo, proceden de la manera más absurda e ilógica ante situaciones de simple resolución (ver nuevamente el caso detallado en <a target="_blank" href="http://www.dentrodelperro.com/2007/09/posible-actividad-mutante.html">Posible actividad mutante</a>); y segundo, siempre derraman un líquido en el suelo.<br /><br />Tomemos por caso la siguiente anécdota verídica de Tin, uno de los estudiosos de este nuevo fenómeno. Sucedió un par de años atrás en la puerta de una canchita de fútbol. Tin y unos amigos estaban conversando cuando de repente se aproxima un hombre en una moto y les pide fuego para prender su cigarrillo. Casualmente los presentes no tenían encendedor debido a que ninguno de ellos fumaba. Ante la negativa, el hombre le saca la tapa al tanque de la moto, la inclina hacia uno de los lados y vierte el combustible en el piso. Sin que nadie vea de dónde, el hombre saca una pala e inexplicablemente empieza a golpear la nafta.<br /><br />Este claro accionar mutante provocó el asombro de Tin y del resto de los testigos, quienes en ese momento sólo atribuyeron lo que sus ojos habían visto a un simple homo sapiens bajo los efectos de un alucinógeno o psicotrópico de venta libre, pero sin saberlo, estaban en presencia de un mutante de primera o segunda generación. <br /><br />Cabe mencionar el desenlace y una interrogación posterior: jamás logró hacer fuego con su método, pero si aún lo hubiera logrado, ¿Cómo iba a prender su cigarrillo? ¿Se iba a acercar con el pucho en la boca a la llama generada? Un pensamiento que está lejos de nuestra comprensión por una sencilla razón: no somos mutantes.<br /><br />Este informe, que continuará próximamente con nuevos y sorprendentes casos, no pretende sembrar el pánico en la población sino por el contrario, intenta hacer saber al hombre común que existe una nueva raza que evoluciona constantemente y que por el momento, sólo por el momento, no es peligrosa.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-32311630559494390492007-09-24T11:29:00.000-03:002007-09-30T21:43:51.850-03:00Posible actividad mutante<span class="dropcaps">P</span>ocas veces en mi vida viví algo igual a lo del sábado pasado. De hecho todavía no lo puedo asimilar y sigo abatido por la sorpresa, buscando una explicación que no roce lo paranormal. He aquí la historia.<br /><span id="fullpost"><br />Como todos los sábados fui a jugar al fútbol a una canchita de Quilmes. Más que canchita es un complejo de tres canchas y un bar. Nosotros jugamos en la primera, que es de césped sintético.<br /><br />Para aquellos que no lo saben, el césped sintético es un tanto peligroso debido a que cuando uno se cae en él tiende a rasparse. Su peligrosidad aumenta como genital de caballo a punto de orinar cuando el césped está mojado, razón por la cual los dueños de los complejos deportivos con canchas de césped sintético evitan el uso del vital elemento en sus superficies para no tener el honor de abonar astronómicas sumas por indemnizaciones de cristianos lesionados por resbalones dentro de los límites de su propiedad.<br /><br />El caso más conocido quizás sea el de Ramiro “vitamina” González, un fornido defensor quien intentando salvar un córner se resbaló con un escupitajo del referí y dejó el 85% de su piel cerca del área. Luego de un publicitado juicio, González se quedó con el predio más uno de los riñones de Ricardito, el hijo del dueño del predio.<br /><br />La cuestión es que el sábado pasado, la canchita que iba a ser testigo de nuestros goles y gambetas lucía en uno de sus laterales un balde con agua recolectada de una gotera que había en el techo. Como el día anterior había llovido bastante podríamos decir que el balde estaba medio lleno (si somos optimistas) o medio vacio (si somos pesimistas).<br /><br />Alarmado por la presencia del peligroso líquido, le dije a mi amigo Tin que apenas lográramos entrar en la cancha deberíamos quitar el balde a fin de evitar un posible derrame en la superficie de juego. Tin asintió y cuando el dueño vino a abrir la puerta, se dirigió a él con la inquietud.<br /><br />José, ¿podemos sacar el balde por las dudas? Mirá si lo chocamos y mojamos toda la cancha – preguntó Tin, a lo que el dueño respondió: Si, claro. Acto seguido José, el dueño del lugar, agarró el balde con agua y sin mediar palabra ni gesto alguno, hizo algo que provocó en Tin y en mi una sorpresa sólo comparable a la que produciría el anuncio del descubrimiento de la máquina para viajar en el tiempo: lo vació en la cancha.<br /><br />Mientras José, balde vacio en mano, se retiraba contento, cruzamos miradas incrédulas con Tin. Estuvimos shockeados por algunos segundos hasta que decidimos dejar de pensar en lo que habíamos visto y ponernos a jugar al fútbol, que al fin y al cabo, era lo que habíamos ido a hacer.<br /><br />Luego del partido, y ya de regreso a nuestros hogares, intentamos analizar lo sucedido. Surgieron varias teorías, desde la poco probable “José no entendió lo que Tin le dijo” hasta la factible “José es un mutante de tercera generación (1)”.<br /><br />A lo último, dejando toda teoría de lado, nos quedó una pregunta sin responder: ¿Por qué poner un balde debajo de una gotera si después se va a vaciar el balde en el mismo lugar donde estaba dicha gotera?<br /><br />Quizás la pregunta no se pueda responder desde la lógica, o simplemente la pregunta no tenga respuesta, o peor aún, quizás sólo pueda ser respondida por un mutante de tercera generación.<br /><br /><br />(1) Teoría que explicaremos proximamente en un nuevo post.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.comtag:blogger.com,1999:blog-7091505863460285627.post-38592226646033796392007-08-31T19:23:00.000-03:002007-09-30T21:44:11.422-03:00El asalto<span class="dropcaps">J</span>uan observaba como un robusto hombre armado se acercaba a su víctima, un hombre pulcro y bien vestido de unos cincuenta y cinco años. Veía como, sigilosamente, el atacante emprendía su cobarde acto mientras el hombre contemplaba el río desde la costanera. Juan no atinó a hacer nada excepto observar. Quizás por miedo. Quizás por que no le importaba. Quizás por las dos cosas.<br /><span id="fullpost"><br />Miró su Rólex de oro, regalo de su querido padre, que marcaba las once en punto de la noche. En ese preciso momento el hombre era encañonado y su expresión de calma de hombre mirando el río desapareció. Ahora había miedo e impotencia en sus ojos. El robusto ladrón, pistola en mano, exigió sin decir una palabra las pertenencias de su víctima. El pulcro caballero sólo levantó sus manos.<br /><br />Juan, sin otra intervención que la de su mirada, sintió como su corazón pugnaba por salir apresurado de su cárcel de huesos. Mientras, el delincuente hurgaba con violencia los bolsillos de su presa y, aparentemente, no encontraba nada que pareciera calmar su morbosa ansiedad.<br /><br />Juan observó como el robusto hombre golpeó al pulcro caballero con la culata de su revólver calibre 32 y se estremeció. El pánico se apoderó de su cuerpo y comenzó a temblar. La víctima tomó su cabeza con ambas manos, como queriendo mitigar su dolor, pero sólo logró que se pintaran de rojo. El fornido asaltante estaba ido, y Juan, asustado.<br /><br />La costanera seguía desierta y el viento hacía cobrar vida a la espesa hojarasca que decoraba el piso. La luz intermitente del farol le impedía a Juan observar con detalle todo lo que ocurría. Pudo ver, durante uno de los destellos, que el pulcro caballero estaba arrodillado.<br /><br />-¿Porqué no intervenir?- pensó Juan. Pero algo en su interior le decía que no. Una poderosa y convincente voz lo llamaba a quedarse donde estaba. A no accionar. Las consecuencias de desobedecer esa voz podían ser letales, y Juan lo sabía, lo sentía. Y se quedó inmóvil, asustado, con la mirada en esas dos personas que luchaban por dos motivos bien diferentes.<br /><br />El ladrón ayudó a su víctima a incorporarse y le susurró algo al oído. Juan pudo escucharlo claramente. –Me lo das o te mato- fueron las palabras. La respuesta fue en un tono aún más bajo. –Matáme- le dijo con cierta resignación y valentía. Entonces, al mismo tiempo, un segundo de penumbra y un disparo. El cuerpo del pulcro caballero se derrumbó sobre la hojarasca.<br /><br />Un cimbronazo sacudió todo el ser de Juan. Sus ojos se abrieron hasta alcanzar su máxima amplitud y se iluminaron con la luz del farol. Arrodillado como cada vez que su alma no podía con la realidad, observó como el delincuente se alejaba corriendo y desaparecía en las tinieblas de la noche sin luna, dejando atrás el cuerpo de un hombre sin destino.<br /><br />Juan se incorporó y se dirigió al pie del farol que seguía iluminando intermitentemente el cuerpo sin vida del pulcro caballero, pero al llegar, y luego de una nueva penumbra, sólo había una hojarasca mansa. No comprendió que sucedía, pensó que quizás todo había sido un sueño, una alucinación. Recién entonces pudo calmarse.<br /><br />Miró sus perfectas uñas y frotó sus limpias manos. Sopló dentro de ellas para calentarlas un poco y, antes de guardarlas en sus bolsillos, miró su Rólex, regalo de su querido padre, que marcaba las diez y cincuenta y nueve. Calmo, se puso a mirar el río. Entonces escuchó unos pasos que se acercaban.<br /></span>Leonardo Santillánhttp://www.blogger.com/profile/01609525275293009706noreply@blogger.com