jueves 14 de enero de 2010

Cartas con mi vecina



La vida en los departamentos de edificios no es fácil. Muchas veces hay que lidiar con ruidos molestos y, en el mejor de los casos, con vecinas que se lo hacen saber a uno mediante cartas debajo de la puerta. A continuación, un intercambio epistolar verídico.


Sr. Inquilino:

Sus vecinos del contrafrente le pedimos que modere el volumen de su televisor, ya que se escucha demasiado fuerte. Le recordamos también que vivimos en un edificio, no es un hotel. Es la segunda nota que le escribimos, tratemos de convivir sin molestarnos, no se puede estar pidiendo continuamente lo mismo. Usted en su departamento viva como quiera, pero no moleste a los demás con ruidos o gritos.


Sus vecinos

PD: Respete a sus vecinos



Estimada vecina:

Luego de su segunda nota me veo en la obligación de responderle. En principio porque considero que existe una posibilidad de que usted se esté equivocando de vecino. Si éste no fuera el caso, y usted estuviera tan segura de que soy yo “el ruidoso” como de que Cristina Kirchner es presidenta de nuestro país, entonces creo conveniente defenderme de sus acusaciones.

En primer lugar, debido a mi trabajo, no estoy durante casi todo el día, así que difícilmente pueda hacer ruido. Si usted se refiriera a la noche, ahí tendríamos algo sobre lo que discutir. Así que aquí vamos.

Antes de proseguir, le comento que no soy un ninja ni tampoco un monje tibetano, por lo que mis posibilidades de ser silencioso disminuyen casi hasta desaparecer por completo.

Ahora bien, o estos ruidos que produzco, típicos de alguien que vive, son muy fuertes, o usted tiene un oído biónico, que de ser así, francamente se lo envidio. De todos modos, a pesar de que tengo un oído común y corriente, sepa que también escucho ruidos y música proveniente de otros departamentos, pero que lo entiendo como algo absolutamente normal, típico de este tipo de edificaciones. Si me molestaría, en cambio, que alguien pusiera una cumbia a todo volumen a las 3 de la mañana. En ese caso podríamos juntarnos y escribirle una carta en conjunto al desconsiderado vecino cumbiero.

En sus cartas usted se refiere a mí como “Sr. Inquilino”, casi despectivamente, por lo que infiero que usted es propietaria. Déjeme decirle que si usted buscaba silencio, comprar un departamento no ha sido una buena elección.

Tiene razón usted, sin embargo, en que esto no es un hotel. Pero tenga en cuenta que tampoco es una casa en el medio de la montaña, por lo que pretender silencio absoluto peca, no sólo de infantil, sino de utópico.

Un arquitecto amigo me confió uno de los secretos que podrían explicar el porqué de estos ruidos que usted percibe. Según parece, las constructoras utilizan ladrillos huecos para levantar las paredes, ya que los otros son mucho más caros. Como sabemos, el ladrillo hueco atenta contra toda posibilidad de intimidad sonora dada su naturaleza frágil y delgada. Ya quisiera yo que nada de lo que digo o hago llegue a oídos foráneos, pero a la industria de la construcción parece no importarle demasiado.

De todos modos, para que vea que no tengo ánimos de discutir como así tampoco de entablar una mala relación vecinal, prometo redoblar esfuerzos en reducir mis ruidos todo lo posible, siempre dentro de los parámetros normales, claro está.

Aprovecho la ocasión para saludarla cordialmente.


Su vecino



Sr.:

No quiero malos entendidos ni molestarlo, simplemente la nota fue escrita para que trate de moderar el volumen del televisor o lo que sea. Si usted no es, discúlpenos y otra vez le explico que el contrafrente es muy estrecho y todo se escucha.

Nadie pretende silencio absoluto sino que los ruidos no sean estridentes, ya sabemos que hay otras personas que hacen ruido. Tratamos que entiendan que se puede poner música o escuchar televisión sin poner el volumen al máximo.

Le aclaro: le puse inquilino porque no sé su nombre. Si le molesta me dirijo a usted como señor.

No tengo oído biónico, ni pretendo que usted sea monje, le aclaro que si usted lee la hoja de expensas figura un párrafo sobre los ruidos.

No pretendo que tengamos ni malas ni buenas relaciones, sino que nos respetemos. No es fácil convivir en un edificio.

Lástima que me gusta el mar, no la montaña. Dejemos las ironías, vivamos en armonía.


Su vecina.

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jueves 31 de diciembre de 2009

La venganza



Ella dormía satisfecha, como sin culpa ni preocupaciones. Ocupaba casi toda la cama como siempre. Esta vez él estaba despierto, sentado en un rincón, con el mentón apoyado en sus rodillas y los ojos lacrimosos. Un haz de luz se colaba por un agujero de la vieja persiana blanca y hacía relucir, de a ratos, el cuchillo que sostenía su nerviosa mano izquierda. Debían de ser las ocho y media, no más. Afuera estaba nublado.

No apartaba la vista del cuerpo casi perfecto de su esposa. Reconocer esa perfección lo llevaba, inconscientemente, a asir con fuerza el mango del cuchillo; no advertía siquiera como se tensaban los tendones de su mano. Ese mismo cuerpo que años antes lo había seducido, ahora le provocaba odio y rabia.

Se incorporó y fue a hasta la cocina. Abrió la alacena, y detrás de unos paquetes de arroz sacó una botella de vodka. Sirvió una medida en un vaso, pero terminó bebiendo del pico, un trago, dos, tres. Sintió como un fuego líquido penetraba en su organismo. Intentó dejar de pensar, pero el alcohol era como una brisa que avivaba aún más las llamas de sus recuerdos. Volvió a sentarse, aunque para él haya sido dejarse caer. Quedó apoyado contra la heladera, agarrando la botella con las dos manos. El cuchillo había quedado sobre la mesada. Bebió un trago más y las lágrimas desbordaron sus ojos, que seguían destilando rabia e impotencia. Quiso evitar un sollozo pero no lo logró, y eso lo enojó consigo mismo. Había jurado no permitírselo.

Se levantó ayudándose con una mano. Cambió la botella por el cuchillo y se dirigió hacia la habitación. Ella estaba en otra posición. Las sábanas se habían corrido hasta casi caerse de la cama, y ahora sólo cubrían sus piernas.

Recorrió el cuerpo de su esposa con la vista nublada. Primero los glúteos, luego la espalda y finalmente el pelo y el rostro. Reprimió un nuevo sollozo. Ella, soñolienta, se movió un poco, como queriendo darse vuelta y eso lo alarmó; no quería que se despertara, no lo soportaría.

Sabía que debía tomar una decisión en ese preciso segundo, aunque no había podido hacerlo durante toda una noche. Ella despertó y se asustó al sentir la presencia de su esposo en la oscuridad de la habitación. Sus pupilas se contrajeron, como buscando una imagen más nítida. La sobresaltó el estado en el que se encontraba su marido y se quiso incorporar, pero él no toleró la intención, cualquiera que haya sido.

Levantó el cuchillo ante la mirada horrorizada de su mujer y, dirigiéndole una mirada vacía, se cortó el cuello. Mientras caía pesadamente, unas lágrimas corrían por su rostro y concluían en su boca. Justo antes de morir observó el ataque de nervios de su amada.

Alcanzó a pasar la lengua por sus labios y el sabor de la venganza le resultó agradable.

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martes 15 de diciembre de 2009

Ensayo sobre el cagar



El simple acto de expulsar del organismo aquellos residuos que el aparato digestivo ha catalogado como inservibles merece un análisis mucho más exhaustivo de lo que el ambiente médico y/o científico se ha encargado de realizar hasta el momento. Defecar, o cagar –puesto en la boca del pueblo-, es un placer que el marketing recién ha empezado a explotar, ofreciendo yogures que combaten el tránsito lento, eufemismo que roza lo ridículo, pero que sin embargo suena muy bien en boca de Pancho Ibáñez.

Antes, cuando uno escuchaba “tránsito lento” inmediatamente se imaginaba la ruta Panamericana llena de autos detenidos, unos pegados a otros, inmersos en una envolvente nube de bocinazos. En cambio ahora, al escuchar esta bendita perífrasis uno ve a una mujer (parece ser que los hombres no sufren de vientre seco) agarrándose la panza porque no puede ir al baño. Los más escatológicos –e imaginativos- llegan a ver un aparato digestivo cuyos intestinos están taponados por una masa amorfa y resquebrajada de color marrón.

Más allá de los términos que se utilicen, ir al baño es para muchos, además de una necesidad fisiológica, un placer. Sexólogos afirman que el punto G del hombre se encuentra en el recto, a unos cinco centímetros del esfínter, justamente por donde pasa la materia fecal antes de conocer la luz. De su consistencia dependerá el grado de presión que ejercerá sobre la próstata. Esta presión es la que provoca el placer que ha llevado a muchos hombres a improvisar con verduras, adminículos plásticos e incluso palos de golf con tal de repetir la experiencia que natura provee pero sólo a razón de –con suerte- una vez por día.

Para algunos, el placer no es necesariamente físico. Hay gente que invierte entre 40 y 60 minutos en cada sesión evacuatoria, por lo que diversas actividades se realizan paralelamente para aprovechar ese tiempo que de otra manera estaría desperdiciado. Unos optan por leer un libro (incluso hay personas que han leído las obras completas de Freud en tan sólo un par de meses), otros prefieren ver videos porno en sus celulares, y otros –los menos-, eligen tejerse un pullover para el invierno.

Muchas personas se preguntan cómo es posible que alguien soporte el olor al estar tanto tiempo en el baño. Muy simple. Para el que caga su olor no es un problema. Es más, para algunos, incluso, es hasta un olor agradable que recién se transforma en insoportable al mezclarlo con esos aerosoles con aromas tan estúpidos como “brisa de campo”, “aire de la montaña”, etcétera.

Había una publicidad de un niño que le pedía ir al baño a su mamá, pero cuando ésta lo quería llevar, el pequeño decía que quería ir al baño de Carlitos. Según la publicidad, Carlitos usaba un lindo desodorante. Pero la realidad es bastante diferente. Todo ser humano prefiere hacer caca en su casa y no en otra. Solamente se recurre a otro inodoro en casos de fuerza mayor, como puede ser la incontinencia, estar en un vuelo rumbo a China, o haber comido una paella en el patio de comidas de un shopping luego de haber pagado la entrada del cine para después del almuerzo/cena.

Cabe mencionar algunas curiosidades antes de terminar.
1. En Bolivia, por ejemplo, hay carteles en las calles donde expresan la prohibición de defecar en la vía pública. Según parece, “las cholas” no tienen tiempo para ir hasta sus casas y así como quien se acomoda el pelo detrás de la oreja, ellas se bajan la bombacha y a otra cosa.
2. En Estados Unidos y Europa no existe el bidet, por lo que la gente del primer mundo deposita en el papel higiénico todas sus expectativas de limpieza anal.
3. Existe una pastilla que tomada regularmente hace que la caca deje de tener mal olor y –encima- adquiera cierto perfume

En fin, en épocas de crisis económica, aumento del desempleo, surgimiento de las Electrostars y otros pesares, la búsqueda de placeres, por más nimios que sean, es una constante en la vida del ser humano. Y el cagar es un placer repleto de beneficios: es gratis, no se necesita a otra persona, se puede hacer paralelamente a otra cosa (también placentera) y viene con la periodicidad justa –un día o dos- como para que no se transforme en un hábito rutinario.

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miércoles 2 de diciembre de 2009

Conversaciones con un no creyente



Estaba sentado en el escalón de la entrada de mi casa. Invertía mi tiempo en ver a la gente pasar. Era un domingo tranquilo, tanto igual que los otros domingos, nada especial. En eso se acerca un señor muy circunspecto, con cara de buen samaritano y me pregunta: "¿Vos creés en Dios?".

Le respondí que no con la intención de no alargar la conversación, pero él no captó la indirecta. "Te propongo algo", me dijo, a lo que yo respondí con el levantamiento de mi ceja izquierda en señal de interés, poco, pero interés al fin.

"Hoy, en cualquier momento del día ponéte a orar y pedile a Dios lo que quieras, y Él te lo va a conceder. Pero pedilo con fé", me dijo, a lo que yo respondí con inquietudes que el buen samaritano evidentemente no esperaba.

- ¿Para qué sirve orar?

- Orar es hablar con Dios. Le podés pedir lo que quieras, Él es todopoderoso.

- Le hago una pregunta entonces. Si se enfrentan dos equipos de fútbol, cuyos jugadores son todos creyentes, y todos a la vez le piden a Dios el triunfo, ¿quién gana el partido?

- El equipo que Dios quiera.

- Entonces, ¿para qué pedirle algo a Dios si Él va a hacer lo que se le dé la gana?

- ...

El buen samaritano carraspeó y siguió el camino que había interrumpido minutos antes. Era un domingo tranquilo, y quería seguir viendo a la gente pasar.

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lunes 23 de noviembre de 2009

Odio ir al médico



Odio ir al médico, por eso siempre espero hasta el último momento para ir. Me tengo que estar muriendo del dolor para finalmente tomar la decisión de sacar un turno y concurrir al nosocomio –siempre quise usar esta palabra- a fin de que me curen, o, en el peor de los casos, me encuentren otra falencia de mi organismo que merezca ser tratada cuanto antes.

Esta vez tenía un dolor en el dedo gordo del pie izquierdo que me anduvo molestando durante los últimos doce meses, culpa de un partido de fútbol. Sí, estaba mirando un cotejo del campeonato de Islas Feroe en pantuflas cuando pasó mi padre por delante y puso sus 114 kilos y 350 gramos sobre mi dedito. No sólo no me pidió disculpas sino que además hizo como si mi anatomía hubiera sido parte del mismísimo parqué.

Luego de los insultos correspondientes hacia su madre, o sea, mi abuela –que en paz descanse-, continué viendo el partido, acompañado de una bolsa de papas fritas, bebida dietética y medio kilo de helado. Aún hoy recuerdo el resultado del encuentro: Torshavn le ganó 2 a 1 a Toftir. Lo que no recuerdo es quienes hicieron los goles.

En fin, volviendo al tema del dedo, llegó el día del turno y concurrí al afamado instituto especializado en cuestiones óseas. Me atendió una señorita con evidente mal humor, quien luego de decirme el número del consultorio por el cual me llamarían, se acordó de la madre de alguien, según pude leer en sus labios.

Me senté a esperar mientras miraba pasar lisiados de todo tipo, algunos de los cuales tenían yeso en partes del cuerpo que nunca me hubiera imaginado que se podían enyesar. Al rato llegó una señora joven, muy bonita por cierto, con su pequeño hijo; éste tenía rulos negros, bermudas beige y una camisita rayada que podría ser la envidia del mismísimo muñeco Chirolita.

Mientras la madre era atendida yo la observaba con muy poco disimulo; me pude dar cuenta de esto al desviar la vista por un segundo y encontrar la mirada de asco de la octogenaria que tenía enfrente mío. De haber podido abrir ella la boca me hubiera escupido sin duda alguna.

El chiquillo jugaba a mí alrededor con un hombre araña y un autito de plástico. A los minutos ya me empezó a molestar que chocara sus juguetes contra mi pie dolorido. Si no hubiera sido por el doctor que gritó mi apellido, le habría hecho “la planchita” a cachetazos.

Una vez adentro del consultorio, el galeno me solicitó que tenga a bien descalzarme y mostrarle el dedo, y como yo soy un tipo obediente, le hice caso. Luego de analizarlo fríamente, el doctor tomó mi pie como si estuviera agarrando pañales sucios y presionando el dedo gordo hacia arriba, preguntó: “¿Te duele esto?”. En ningún momento dije que sí, pero debido al grito que salió desde mis entrañas, asumió que mi respuesta era positiva.

“¿Qué tengo doctor?”, le pregunté mientras soñaba con una inyección de morfina en el pie. “Hallux Rigidus”, dijo como si fuera Harry Potter. Comencé a reírme, dando por sentado que se trataba de un chiste, pero al ver su expresión adusta y hasta con cierto dejo de odio, me puse muy serio. “Hay que operar”, continuó diciendo y comenzó a escribir recetas en una letra que no entendería ni el más afamado de los criptógrafos egipcios.

Al rato me encontraba esperando para unas radiografías. Aparentemente el Hallux Rigidus no es moco de pavo, por lo que hay que certificar el diagnóstico con unas buenas placas. En la cola había una señora que se me puso a hablar del tiempo, y de lo mal que le hacía el calor. A esa altura yo solo quería irme, por lo que usé la táctica de respuesta monosilábica afirmativa, o sea, le decía a todo que sí.

No me fue bien con la táctica, ya que una de sus preguntas aparentemente fue “¿querés ver las ronchas que me deja el sol?”. Y acto seguido se hizo a un lado el pelo y me mostró unas cosas horrendas que tenía detrás de la oreja. Estuve a punto de vomitar, pero por suerte aparecieron las piernas de la madre del nene ruludo y me distraje felizmente hasta que me llamaron para las radiografías.

Finalmente el doctor Potter estaba en lo cierto, y mi Hallux Rigidus requería cirugía. Me dio un centenar de papeles con recetas, turnos, solicitudes de autorización y creo que hasta se le coló el pedido del supermercado. De haber entendido su letra, quizás le hubiera hecho la gauchada de ir a comprarle los víveres, puesto que aún tenía un par de horas libres.

Luego de lidiar nuevamente con la señorita del mal humor para que me gestionara todo lo relacionado a la internación, me dirigí hacia la obra social para autorizar la operación, y una señorita, también de evidente mal humor, me dijo: “Tiene que traer esto y esto sellado, completar este formulario, y en un plazo de 10 días hábiles le contestan si autorizan la operación o no. Buenas tardes. El que sigue”. Por todo esto, entre otras cosas, es que odio ir al médico.

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