Ni bien aterricé en Cuba tuve la sensación de estar en otro mundo. Ni mejor ni peor. Otro. Era como haber viajado a través del tiempo. Y desde chico me atraía la idea de viajar a través del tiempo. La Habana me asombraba a cada paso. Me mantenía expectante, ansioso, alegre. Alegre como casi todos los cubanos y cubanas con los que me cruzaba a diario por los recovecos de la ciudad.
Las sensaciones iban mutando conforme me trasladaba por la isla, por los diferentes mundos que había dentro de ese otro mundo. Una cosa era estar en las bellísimas playas de los cayos del sur y chapotear en el Mar Caribe, y otra muy distinta era caminar por La Habana Vieja a la nochecita y tomarse un mojito en algún bar pintoresco.
Pero el mundo que más me impactó fue el de las afueras de las ciudades, lejos de los centros turísticos. El mundo de los guajiros, unos simpáticos campesinos, llenos de vida y de anécdotas de diferente verosimilitud. Las cuentan con tanta gracia y con tanta transparencia que es imposible determinar cuáles se ajustan a la verdad y cuáles no.
Todos y cada uno de los guajiros con los que me cruzaba, al enterarse de mi argentinidad, me hablaban del Che, de Maradona, de Fangio. Y otros se interesaban por el camino político de la nación que me vio nacer. Sabían de lo que hablaban. Muestra de ello es que citaban apellidos y fechas como si hubieran viajado junto a nosotros en la montaña rusa nacional por bastante tiempo.
No podía apartar mi atención de ellos por nada del mundo. Me interesaba lo que me contaban, me interesaba lo que hacían, lo que cantaban, todo. Hubiera necesitado un buen sopapo para salirme de ese mundo, pero no hubiera tardado más de un minuto en regresar a él nuevamente. Recuerdo esos días como de los más alegres de mi vida.
Juan, un guajiro de sonrisa despoblada, bigotes finos y amplio sombrero, me hablaba del periodo especial, de Fidel, de la Revolución y yo me sentía un chico al que su abuelo le está contando un cuento fantástico. Hubiera dado lo que sea por tener esa capacidad de atrapar la atención de, aunque más no sea, un argentino que ha vivido poco y nada en un aburrido barrio de Buenos Aires.
“¿Tuvo la ‘opoltunidad’ de viajar en camello?”, me preguntó. Sabía a qué se refería por camello: una especie de camión, cuyo acoplado es un vagón gigante con dos jorobas que se usa en La Habana para trasladar a la gente. Como los colectivos de Buenos Aires, pero diferente. Le respondí que no, pero que los conocía. “Esa es una buena experiencia para los turistas”, afirmó al conocer mi respuesta, y agregó: “Pero, todavía mejor, es viajar en chivichana”.
No sabía lo que era una chivichana. Jamás había oído esa palabra siquiera. Le pedí que por favor me contara de qué se trataba. “No amigo, la tiene que ‘vel’ usted mismo, con sus propios ojos, y ‘montala’ ”, me respondió, arrastrando mucho la letra ele de la última palabra. Estaba intrigado. No sabía bien que era, pero quería viajar en chivichana. Además la palabra me resultaba simpática. No podía ser tan malo.
La casa de Juan era bastante humilde: techo de chapa, paredes que acusaban el paso del tiempo y una precaria puerta de madera. Sobre el lateral de lo que nosotros llamaríamos ‘rancho’, decenas de cachivaches luchaban por alcanzar la cima de la montaña que ellos mismos formaban. En la entrada, el perro Fulgencio III descansaba como era su costumbre. Por ahí lo vi volver a Juan, con algo bastante grande en sus manos.
“Esta es la chivichana mi amigo”, me dijo sonriente. Era una especie de patineta de madera con cuatro ruedas metálicas. Tenía una parte para apoyar la cola, y otras dos, movibles, para apoyar los pies. Como si se tratara de un karting, pero ‘a la cubana’. No pude resistir la tentación de montar ese llamativo vehículo.
Para llegar hasta la casa de Juan tuve que subir a través de calles asfaltadas y zigzagueantes. Para bajar, nada mejor que la chivichana, pensé. Y efectivamente para eso la usaba Juan cuando tenía que ir hasta abajo por algún motivo. Ya sea para trasladar los frutos de la tierra que él mismo trabajaba, o para ir a buscar algo tan simple como el pan de cada día.
Me fui hasta la calle. La pendiente lucía peligrosa pero atrapante. Juan me dio algunas indicaciones que no escuché por mi estado de excitación. Puse la chivichana en el suelo, apoye mi cola, luego mis pies y finalmente me largué cuesta abajo. Ni bien empecé a tomar velocidad pude escuchar el grito jubiloso de Juan. La sensación era maravillosa. El viento hacía flamear mi pelo. Desgraciadamente no supe doblar y vi la curva alejarse de mi trayectoria cuando de repente salí despedido, producto de la frenada automática de mi chivichana al transitar el espeso pastizal.
Quejándome del dolor, pero sonriente, vi venir a Juan corriendo hacia mí, entre preocupado y divertido. Al llegar nos reímos juntos por largo rato. A pesar de las lastimaduras en mis manos y rodillas, estaba contento: había viajado en chivichana y no conocía a muchos que pudieran decir lo mismo.
lunes 5 de mayo de 2008
La Chivichana
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Etiquetas: cuentos cortos
miércoles 23 de abril de 2008
La bestia pop
Marta Minujín no se pone colorada al auto proclamarse una adelantada para la época, una pionera o una arciana (habitante del planeta llamado Arte). Ni siquiera le tiembla la voz cuando se compara con Mozart o Bach. “Soy absolutamente genial”, dispara como para que no queden dudas sobre cómo se considera a sí misma ésta artista que ya lleva toda una vida dedicada a escandalizar con sus realizaciones, ya sea para bien o para mal.
Su cabellera varía siempre entre el blanco platinado y el rubio, pero sus ojos casi siempre están ocultos bajo los cristales de los más excéntricos anteojos. “Los uso como maquillaje, si no quiero que me reconozcan, me los saco”, asegura y tiene razón. Sin ellos no es Marta Minujín, por más que su mirada sea tan poco convencional como ella misma.
Estudió en la Escuela Nacional de Bellas Artes, pero había algo que no la conformaba a pesar de obtener excelentes calificaciones. “Me sacaba diez, diez, diez, ganaba premios, pero lo que me interesaba era ser de vanguardia”, afirma. Se casó a los 16 años por amor y todavía sigue casada con la misma persona: el economista Juan Carlos Gómez Sabarini. “Viaja por el mundo, hace contratos, es muy inteligente. Le encanta mi locura”, dice cuando se le pregunta por él.
Una clara muestra de la locura que tanto le gusta a su esposo Juan Carlos puede ser la vez que le pagó la deuda externa a Andy Warhol, pero no precisamente con verdes billetes. “Se lo propuse en el ’85. Fui a su casa de la calle 34, llevé choclos (para mí el maíz es el oro latinoamericano), hice una montaña, pusimos dos sillas y nos sacamos diez fotos. Yo agarraba el choclo, él subía, yo se lo ofrecía y él lo aceptaba. Así la deuda externa quedaba paga”, cuenta.
Fua considerada por muchos como la Andy Warhol argentina, pero a Marta Minujín le gusta aclarar: “Fuimos idénticos, pero nunca nos copiamos. Como él, vivo dentro del arte y creo en el arte para todos y en su diversidad. Eso es lo que nos identificaba: el mismo espíritu, el pop, que sigue vivo”.
Quizás arte sea la palabra que más veces haya pronunciado en su vida, no sólo porque es su leit motiv, sino además porque la suele repetir tres veces seguidas cada vez que la necesita. Cómo en febrero de 2004, cuando fue detenida en el aeropuerto internacional de Ezeiza por posesión de tres sobrecitos con cocaína. “Arte, arte, arte”, decía una y otra vez ante el acoso de los periodistas.
Su detención no fue sólo una anécdota en su vida. “Me hizo muy bien, porque dejé totalmente todo, todo. Fue maravilloso, seee. Porque era una dependencia absurda, horrible, que te corta todo. Estaba perdiendo el tiempo. Ahora no tomo alcohol, no tomo drogas, no tomo nada. Hoy, como cuando empecé, mi único vicio es el arte”, afirma y busca cambiar rápido de tema, a uno más alegre, más Minujín.
Pensó en suicidarse en vivo en directo por televisión, pero luego abandonó la idea. Como también abandonó la idea de fundar Minujínlandia. “Sería como Disneylandia, pero todo de arte, una maravilla. Que me pongan cien millones de dólares y obreros capacitados y haría cosas maravillosas. Arte divertido”, afirma, pero no tiene el dinero suficiente, porque el que gana lo vuelve a invertir en la realización de sus próximas obras. De hecho vive prácticamente del canje. “Al restaurante le doy una escultura mía que vale 5 mil dólares y tengo cuenta abierta; a la tintorería, le doy una cabecita de 500 pesos; al taxi le pinto el vidrio”, relata divertida e hiperquinética, como cada vez que cuenta sus anécdotas.
Precursora del los happenings (obras de arte interactivas, con mucha participación del público) en sudamérica, llamó la atención del circuito con sus creaciones: el obelisco de pan dulce, el Carlos Gardel de fuego, la Venus de queso, y la obra que impactó hasta el mismísimo rey del pop-art: el Partenón de libros, realizado con ejemplares prohibidos durante la última dictadura que vivió el país que la vio nacer hace 65 años.
Son muchos los calificativos que caben en la personalidad de Marta Minujín. Adelantada, pionera y genia son sólo algunos.
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Etiquetas: perfiles
viernes 4 de abril de 2008
Elisa 1.0 Robot Sexual
Cuando me pidieron que construyera un robot sexual, los extraños ejecutivos de Axis fueron poco precisos: “queremos que se convierta en la compañía ideal del hombre”. ¿Qué hombre?, pregunté yo y todos ellos, al unísono, respondieron con carcajadas y unas cuantas palmaditas en mi omóplato izquierdo. Pero yo lo preguntaba en serio, y ahora voy a contar porqué.
¿Todos los hombres tienen el mismo gusto acaso? Como sabemos, hay quienes las prefieren rubias, morochas o negras. Están también quienes les gustan flacas, rellenitas o gordas. Pero no nos olvidemos de aquellos a quienes no le gustan las mujeres directamente: están los homosexuales, los zoofílicos y hasta los que se excitan penetrando un matambrito de cerdo tiernizado.
Entonces, ¿cómo podría yo, un simple ingeniero en robótica, construir al robot que tuviera que transformarse en la compañía ideal del hombre? No me quedó otra que basarme en mis gustos y en los de mi equipo de trabajo: Yasuhito Miyamoto, Koji Nakamura, Miro Tsuboi y Takashi Zaratrusta, hijo del presidente de Axis. Juntos emprendimos una ardua tarea que nos llevó catorce meses.
Los primeros dos meses fueron tranquilos. Prácticamente no hubo desacuerdos en la realización de los planos técnicos del robot. Sin embargo, la cosa se empezó a complicar a partir del tercer mes cuando Elisa 1.0 empezaba tomar forma. Mientras Yasuhito y Takashi se peleaban por el puesto de testeador de ciertas acciones motrices del robot, Miro perdió el 15 por ciento de su lengua al querer hacer un chiste con un prototipo de una vagina neumática.
A pesar de no poder hablar, Miro no quiso apartarse del proyecto. El puesto de testeador quedó en manos de Takashi, luego de que Yasuhito sufriera un horrendo accidente al quedar atrapado en la cinta transportadora que va a parar al soldador eléctrico. A pesar de la baja, continuamos trabajando en Elisa 1.0 sin descanso prácticamente.
Para el quinto mes ya teníamos el esqueleto del robot funcionando perfectamente. Las exhaustivas y prolongadas pruebas realizadas por Takashi rindieron sus frutos: bien valieron la penas las ojeras obtenidas, manifestó cuando le pregunté, preocupado al ver su desgastado aspecto. Según Koji, Takashi llegó a pasar hasta 14 horas seguidas probando el motorcito de la lengua de Elisa 1.0.
Por su parte, Koji, que en un principio se había encargado del aspecto emocional del robot, también realizó pruebas a la resistencia de las articulaciones de las manos. Sus ojeras, hacia el final del proyecto, adquirieron un color negruzco bastante llamativo. Yo, gracias a mi experiencia en el campo de la inteligencia artificial, me encargué del cerebro de Elisa 1.0 y puedo decir, sin falsa modestia, que logré un trabajo sorprendente.
Para el mes catorce teníamos todo listo: un robot sexual femenino que obedecía órdenes, no hacía cuestionamientos, cumplía todas las fantasías de su dueño con increíble ductilidad y además, como si esto fuera poco, era totalmente configurable en cuanto a su aspecto físico. También se le incorporaron funciones extra sexuales, es decir, Elisa 1.0 podía contar chistes, hacer las cosas de la casa sin quejarse, llevar una ordenada contabilidad casera y hasta podía guardar en su memoria la programación televisiva de todos los eventos deportivos del mes, entre otras cosas.
Un viernes por la tarde entregamos el producto terminado a los ejecutivos de Axis junto con un detallado manual de instrucciones. Nos dijeron que lo iban a probar durante el fin de semana y que el lunes tendríamos una respuesta para empezar la producción en serie. Mi equipo y yo, confiados por el trabajo realizado, nos fuimos a festejar a un conocido pub de Tokio.
El lunes temprano recibimos la visita de los ejecutivos, pero para nuestra sorpresa, la respuesta no fue la que esperábamos. No sólo no aprobaron el producto, sino que además nos adjuntaron una lista de todas las modificaciones que debíamos realizar para una nueva versión ya que Elisa 1.0, según propias palabras del presidente de Axis, “atentaba contra la especie humana”.
Indignado me apersoné en la oficina del mismísimo Kei Zaratrusta, ubicada en el último piso del rascacielos Yamamoto y le exigí explicaciones. Me contestó: “Elisa iba a ser un éxito de ventas. Pero yo, que me considero un hombre de Dios, no puedo permitir la extinción de la especie humana. ¿Para qué querría un hombre a una mujer si pudiera disponer de una Elisa así tal cual usted la concibió? Se acabaría el coito procreador para siempre estimado colega”.
Así habló Zaratrusta, y con un movimiento de brazo me invitó a salir por donde había entrado. Bajé los 236 pisos por el ascensor hasta mi oficina totalmente anonadado. Todavía quedaban hombres con principios, pensé y me fui a tomar un vermú con la Yamila.
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Etiquetas: cuentos cortos, humor
martes 1 de abril de 2008
Central Anti Mutantes
Al contrario de lo que cualquier hijo de doña Rosa podría pensar, durante todo este tiempo seguí investigando el tema de los mutantes. ¿Qué fue lo que pasó entonces para que cesaran los informes? Aparentemente, debido a la polvareda que se levantó con mis revelaciones, los mutantes decidieron llamarse al silencio y, sobre todo, al ostracismo.
No me quedó otra que afinar la mirada y buscarlos por todos los recovecos posibles. Sabemos que los mutantes se confunden con gran habilidad entre los humanos comunes y corrientes, pero algún paso en falso debían dar y para mi contento, lo dieron. Uno de ellos, claramente de segunda generación, se hacía el distraído mientras rociaba con un líquido a un par de turistas.
Identificar a ciertos turistas se torna una tarea demasiado fácil muchas veces. A los atacados por el mutante en cuestión, sólo les faltaba un cartel en la frente que dijera “soy turista”: sombrero como de cowboy, súper cámara colgada al cuello, bermudas beige, y zapatos con medias hasta por debajo de la rodilla. Su esposa (se notaba claramente que era su esposa) tenía un sombrero del tamaño de una pizza neoyorquina, blusa blanca, las mismas bermudas que su marido y unas sandalias, también con medias hasta la rodilla.
Pude observar toda la acción. Los turistas caminaban en dirección norte-sur tomados de la mano. En dirección sur-norte venía este mutante de segunda generación. También vestía bermudas, pero en vez de zapatos usaba unas zapatillas carnavalescas y medias, también hasta las rodillas. Acá debo hacer una salvedad: extrañamente, tanto los mutantes como los turistas no tienen buen gusto para vestir sus miembros inferiores.
La cuestión es que éste mutante, al ver a la pareja de turistas, decidió modificar su actual rumbo sur-norte para ponerse detrás de los coquetos turistas y caminar a pocos metros de ellos. Acto seguido, de uno de los bolsillos de su horripilante bermuda sacó un frasquito como de plasticola y apuntando a la espalda de quien podría ser uno de los dueños de nuestra Patagonia, lo roció con un líquido amarillo, manchándolo en el acto.
El turista, al percibir la acción del agresor, se dio vuelta y mirándolo fijamente a los ojos, le estampó una trompada seca, pasando el mutante a ocupar una posición paralela al piso. Mientras éste sufría lo que se podría describir como un ataque de epilepsia, el turista y su esposa observaron rápidamente a su alrededor y posteriormente siguieron su rumbo, sólo que a una velocidad mayor.
Pude constatar que se le había apagado la tele al mutante: permaneció en el piso por espacio de varios minutos hasta que finalmente se pudo incorporar y hasta pudo recuperar un diente dorado que se le había caído del maxilar superior producto del impacto. Buscó infructuosamente la botellita de plasticola alrededor suyo pero no la encontró; el turista se la había llevado como recuerdo de su encuentro cercano del cuarto tipo.
Luego me detuve a pensar. ¿Y si el turista no era un turista realmente? ¿Y si era miembro de alguna central de inteligencia anti mutantes? Su obvia y ridícula vestimenta certificaba de alguna manera esta teoría. ¿Y si los mutantes, en vez de estar ocultos estaban siendo exterminados? Me quedé patitieso y meditabundo. Quizás tuviera que empezar una segunda investigación.
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Etiquetas: humor
viernes 28 de marzo de 2008
Suciedad Rural
Hace 150 años aproximadamente, un visionario se dio cuenta de que había que organizar un poco las cosas en el generoso suelo argentino. Atrás habían quedado los verdaderos dueños de ese suelo: esos indios ignorantes. Los soldados comandados por el General Rock arrasaron con todo y luego, viendo que sólo se trataba de tierra, decidieron venderla porque no sabían que hacer con ella, más que caminar por encima.
El visionario Martín de Oz, Ancho Rena y muchos de sus amigos compraron esas tierras: sus objetivos no expresaban solamente la defensa de sus propios intereses. Muy por el contrario, eran la manifestación de las imperiosas necesidades nacionales de lograr el desarrollo de una economía estancada, en un territorio lleno de recursos naturales.
Manos a la obra! gritaron a los cuatro vientos y comenzaron a velar por el patrimonio agropecuario del país, fomentanto su desarrollo tanto en sus riquezas naturales, como en las incorporadas por el esfuerzo de sus pobladores.
Pero no todo podía ser perfecto. En cada historia hay un villano, o peor, varios. Algunos pobladores estaban disconformes con el lujoso trato que le propinaban estos visionarios y querían más de lo que merecían. Estos villanos comenzaron a organizar disturbios. Otros directamente no querían trabajar. Asi no se puede evolucionar, pensaron quienes intentaban forjar los cimientos rurales de la nación.
Afortunadamente, estos patriotas no claudicaron en su lucha, y llamaron a sus amigos con botas, quienes rápidamente pusieron orden cada vez que alguien interfería en la pelea diaria por llevar el país a los mismos niveles del viejo mundo.
Y es así que hoy en día, la nación disfruta de los logros que estos visionaron lograron para el pueblo todo. Una economía agropecuaria pujante, llena de beneficios para la nación y su gente y, sobre todo, organizada y distributiva.
Ahora, miles levantan las cacerolas donde suelen cocinar los frutos del campo argentino, en señal de apoyo a los queridos vanguardistas que lograron que nuestro país produzca comida para 300 millones de personas.
Que nadie intente tirar basura en nuestro campo ni en sus fundadores, porque el pueblo saldrá a limpiar la suciedad rural.
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Etiquetas: cuentos cortos